Viejo Teutón

                                        Viejo Teutón

Vestía un gabán mustio con el cuello levantado y una gorra descolorida cubría su cabello blanco. La pipa mordisqueada parecía formar parte del rostro anguloso,  gastado, de profundas arrugas. No obstante, la hosquedad del gesto no se condecía con su mirada azul. Con pasos cansinos buscó un lugar a la vera del lago, dando la impresión de ser un solitario, de esa soledad que no busca ni desea compañía, y armó parsimoniosamente su caña de pescar, como si fuera un ritual o una rutina.
Por su edad y actitud esquiva, consideré que podría haber sido uno de los actores que participara en la segunda guerra mundial.
En ese atardecer de octubre del `76, en Hamburgo a orillas del lago Alster, la paz circundante parecía no existir para él, que tal vez habría perdido todo, hasta su  Fhűrer que no pudo cumplir promesas de mil años de felicidad. La muerte del  
personaje y después la derrota de su querida patria, eran estigmas que cargaba sobre sus espaldas y la guerra continuaría para él.
Quise inmortalizar ese perfil curtido, con pasado, y al leer ese rostro grabado a  fuego, tenía la sensación de que lo había visto todo y vivido lo peor. Para lograr el ángulo apropiado y garantizar el éxito, me acerqué a él con disimulo para no desaprovechar la mínima oportunidad. Puse cara de nada para alejarlo de mi atención, y demostré  interés en las pequeñas embarcaciones que navegaban en el espejo de agua. De esta forma logré quedar muy cerca. Si el viejo llegaba a descubrir la cámara adivinaría mis  intenciones y no habría imagen. Cuando consideré el momento ideal giré 180 grados, y apoyando mi cintura sobre la baranda que daba al agua, eché el cuerpo hacia atrás   todo lo que pude hasta casi perder el equilibrio. El viejo me miró como pensando, otro loco que se quiere suicidar. Me pareció más humano y hasta pensé que podría charlar con él, pero siguió en lo suyo sin ganas de entablar conversación y mantuvo su mirada perdida en la boyita esperando el pique. Sin dudar apunté el objetivo y oprimí el  disparador de mi vieja “Pentax” un disonante clic-clac en medio del silencio apacible de ese atardecer sonó como el disparo de un fusil. El viejo dio un respingo, giró su pesado cuerpo en mi dirección y en acto reflejo, condicionado por su probable pasado bélico, enarboló una de sus cañas para golpearme. Gracias a mi juventud, rápidamente, tomé distancia del bambú que zumbaba muy cercano a mi cabeza. Mientras me alejaba, seguí disparando el obturador hasta que el ruido ya no se escuchaba, ni siquiera tuvo importancia. Algún especialista podrá opinar que la obra carece de valor artístico o tal vez documental. Para mí es historia, y ahora tengo la misma edad que tendría el viejo teutón cuando le robé la foto.
Pasaron los años. Al retrato desleído por el tiempo lo exhibía en mi biblioteca, no con orgullo, sí como una especie de trofeo. Era llamativo el gesto de enojo que mostró en el momento de inmortalizar la imagen. Estaba observándolo en detalle frente al lugar donde escribía el relato de la historia. Al llegar al final noté un cambio en la imagen, se veía diferente. De los pocos instantes en que el teutón enfrentó mi cámara para inmortalizarse,  y tal cual lo recordaba, ahora parecía más joven. Con el retrato en mis manos, fijé la vista para memorizar aquel instante, y sentí un escalofrío: el viejo papel con la figura impresa cambiaba el color, del esfumado viejo a un brillante intenso. Se rejuvenecía y mostraba una dinámica de imágenes. Ahora era un joven soldado de la Whermacht luciendo con soberbia su uniforme de oficial, y daba vibrantes voces de mando, que eran acatadas ciegamente por sus subalternos. Inflado de orgullo patrio, se lo veía formando parte del selecto grupo de las juventudes hitlerianas. Parecía sentirse uno de los elegidos y ser número de un ejército de invencibles. Pero la guerra se extendía en el tiempo y los ‘invencibles’ comenzaban a bajar su moral de lucha. El estrés producía estragos en las tropas que combatían en los frentes, y el triunfo apetecido se constituía inalcanzable. Después, como saliendo de una nebulosa apareció con un casco de combate; había dejado de ser el gallardo soldado. Dio un giro completo buscando enemigos. Ante mi sorpresa, me apuntó con su viejo Máuser. Instintivamente me eché hacia atrás, y en el momento que estallaba el disparo, el portarretratos escapó de mis manos y se estrelló contra el suelo. No sentí dolor, tampoco al palparme encontré herida alguna. Al levantarlo, a través de las astillas del vidrio roto se veía al oficial enterrado en la nieve hasta las rodillas ahora era un desesperado que luchaba por sobrevivir, estaba demacrado y parecía una fiera acorralada al ver morir a su gente presa del frío y de los francotiradores rusos. Era el asedio a Moscú, principio del fin de la aventura militar.
¿Estaría perdiendo la razón? Deposité el retrato sobre el escritorio y traté de no mirarlo, fijé mi atención en otras cosas. Obsesionado, antes de salir no pude dejar de dirigirle una mirada con disimulo. Me tranquilizó no encontrar nada extraño. Esa noche soñé raro, como si también hubiese participado de la guerra. La sensación de inseguridad se borró al abrir los ojos y acomodarme a la realidad, todo volvía a estar bien. Dejé pasar unos días mientras me dedicaba a otra historia. Pero fue imposible no podía escribir nada, el síndrome de la página en blanco me deprimía. Pensé darle un corte y volví a mirar el retrato con detenimiento, entonces la foto comenzó a vibrar en mis manos, tenía vida. La guerra parecía haber terminado y el teutón inerme intentó inspirar misericordia. Tenía el pelo rubio prematuramente encanecido, su figura desgarbada y falto de higiene. Movía la boca y hacía señas buscando mi atención para comunicarse. Al acercar el retrato a mis oídos su acento no era de Hamburgo tal vez de Bremen, ambas ciudades formaban parte de la liga hanseática de comercio, junto a los países escandinavos del Mar del Norte. Gente buena y de trabajo esforzado, relacionados con la actividad marítima y comercial.
Recordaba que antes de acabar la guerra, el acoso a los judíos por parte de los alemanes, se había extendido dentro de sus FF.AA. llegando hasta a algunos de los miembros más encumbrados del partido Nazi para descubrir nidos de traidores. Rastreaban las genealogías hasta la tercera o cuarta generación. Eran los últimos estertores del régimen y cautivos de una delirante manía persecutoria apartaban a los ‘contaminados’ los enviaban a campos de concentración o directamente los eliminaban ante la imposibilidad física de mantenerlos.
Con mi rudimentario alemán mechado con inglés básico, pudimos entendernos.
-¡Usted me robó la foto por eso le disparé! -dijo cortante, casi a los gritos.
-Nunca creí que pudiera interesarle tanto, además fue una travesura de muchacho.
-¡Usted tuvo miedo y escapó cuando lo iba a atacar!
Me hablaba irritado y con los puños crispados.
-Si escapé es porque no quise golpearlo, yo era más joven y usted podía tener razón -le contesté.
Sentí un rechazo visceral hacia el personaje y lo que de él emanaba, su voz cortante sonaba cascada, de ultratumba. A mi pesar siguió el extraño dialogo. La curiosidad me empujaba a mantener la conversación y ver hasta dónde podíamos llegar.
-¡Tomó la foto sin mi consentimiento!…Y si pudo escapar es porque se lo permití
-insistió con rencor.
Parecía querer traspasar el tiempo, con sus manos se tomó fuerte del marco roto e hizo un esfuerzo titánico por saltar donde yo estaba. Pude respirar tranquilo, la imposibilidad física logró disuadirlo y continuó:
-Voy a comunicarle un secreto de Estado y no olvide que, por haberme robado la imagen, usted me debe un servicio.
Me dio una orden tajante de neto corte militar:
-¡Usted será mi vocero!
El asombro que me causaba no impedía que siguiera escuchando, y le dije, por decirle algo:
-Ustedes perdieron la guerra y todavía son un país ocupado por los aliados.
-La guerra nunca terminó, quedó inconclusa.
-No sea delirante, por favor -el diálogo de locos me impacientaba
A continuación, clara y pausadamente me dijo:
-Usted deberá correr la voz, que todo el mundo se entere.
Parecía taladrarme con los ojos y, con un grito destemplado:
-¡El Fhűrer no ha muerrrto!
Semejante confesión me dejó sin habla. Con un ademán de rechazo alejé la foto. Ahora el teutón gesticulaba impotente. Su extrema delgadez le acentuaba una mirada patética que parecía emanar desde cuencas vacías, irreales y fantasmagóricas. Las palabras ya no me llegaban, ni quería escucharlas.
Su figura se recortaba contra un cielo ennegrecido por los incendios. Las aguas sucias del lago y la ciudad tapada de escombros a sus espaldas, acentuaban su patetismo.
Tratando de encontrar la forma de romper esa especie de hechizo, deposité la foto en la parte más alta donde están los libros que no leo ni consulto. Pensaba deshacerme de ella más tarde, quemarla fuera de casa y arrojar sus cenizas lejos, no sé, desaparecerla en el olvido. Me sobresaltó ver pasar una sombra por la puerta del living, y quedé erizado a la espera de lo que fuera a suceder. Respiré aliviado al ver a mi hijo mayor que recién llegaba de la calle. Al notarme raro, como atacado por extraña enfermedad, me preguntó:
-¿Te sentís bien? ¡Estás transpirando!
-Perfecto, estoy bien ¿por…?
Él, mirándome inquisitivo, no respondió.
-Estuve caminando, recién llego -le mentí.
-¿Le notas algo extraño a la foto del alemán? -me animé a preguntarle.
-No, lo de siempre, el viejo amargado que te amenaza con una caña de pescar ¿Hay algo que yo no veo, además del vidrio roto?
Sin contestarle tomé de nuevo el retrato entre mis manos, vi que estaba igual que siempre. Le quité el armazón inútil y lo devolví a la pila de fotos viejas. Pero la curiosidad no me iba a abandonar con tanta facilidad y, estaba plenamente convencido de que no la iba a destruir.
Nuevamente solo me dejé llevar a lo desconocido por la fascinación que parecía poseerme. El contacto visual producía un efecto invocador en la foto, y el teutón comenzaba a moverse urgido por continuar hablando. La imagen emanaba una fuerza irresistible e intentaba poseer mi voluntad, fundirse en mi cuerpo para vivir en la dimensión real. Temí convertirme en su esclavo y no poder escapar. A pesar de intentarlo no lograba encontrar la forma de romper el hechizo. Aproveché que estaba desarmado y no podría dispararme, lo vi permeable, tal vez accesible. Con sarcasmo fingiendo el mayor de los cinismos y para romper el juego, sorprenderlo, le hice una pregunta a ‘boca de jarro’:
-¿Usted es judío?
Sin contestar se descubrió el brazo derecho para mostrarme su identificación tatuada en un número de cinco cifras. Pareció aliviarse quedó en paz conmigo yo con él. La imagen se desdibujó. Tornó a aparecer el viejo congelado en el tiempo. No volvió a manifestarse.

 Mención de Honor “Juninpais 2008″

                                                             Héctor Scaglione

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s