Ella con un gesto osco, como ausente, cruzada de brazos, venía caminando desde la iglesia. El muchacho lo hacía en sentido contrario desde la base de la escalinata, ella que baja, él que sube. Cuando estuvieron frente a frente, se detuvieron plantados como estacas, se miraron con intensidad, se dijeron algo. Endurecidos y adustos, buscaron los escalones apartados del paso de la gente y se sentaron; él con los puños apretados y el mentón que cortaba el aire como un mascarón de proa. Ella con la mirada baja, triste, escuchaba sin decir nada. Él, crispado, esgrimía el índice como un arma admonitoria. Sus brazos parecían aspas de molino, gesticulaba, se paraba y volvía a sentarse. Le escupía palabras que parecían graznidos. El movimiento espasmódico culminó con un puñetazo que dio contra las piedras de la balaustrada.
Ella continuaba cruzada de brazos y sin levantar los ojos del suelo agitó levemente los hombros como si llorara, después, más serena, le habló muy quedamente.
Desde mi puesto de observación unos escalones más arriba, aunque sin escuchar qué decían, no perdía detalles de los movimientos.
Los paseantes anónimos, ignorantes de lo que no fueran sus propios egos, no les prestaban la mínima atención, pasaban muy cerca de ellos como si no existiesen.
Después de la eternidad en que parecía que la violencia de él iba en aumento, tuve el impulso de ir a protegerla, pero no hizo falta. Al cabo de unos instantes de indecisión comenzó a rehacerse, sus manos se soltaron para secarse las lágrimas a manotadas, luego lo enfrentó, alterada al principio, después se fue calmando. Sus ojos revolotearon como pajaritos asustados, se mostró apaciguada. Ahora podía verla distendida, mucho más tranquila.
El gesto torvo del muchacho comenzó a suavizarse, aflojó los puños y sin parar de hablar apoyó su mano lastimada en la rodilla de ella, quien al verle la herida, la llevó a su pecho y comenzó a llorar nuevamente, pero en forma distinta, estimulada por una reconciliación que comenzaba a ser o tal vez exacerbada en su instinto maternal.
El muchachito, un poco confundido, no sabía qué hacer; parpadeaba como para quitarse una molestia de los ojos. Estiró una mano al descuido, con torpeza le acarició el cabello, ella sonrió, sonrieron los dos.
Esa tarde romana de fines de abril, en que todo renacía, con un sol irreprochable y las risas jóvenes que invadían el punto de encuentro, perfecto para enamorados, estudiantes o paseantes solitarios; como en mi caso, que me deleitaba en observar a la parejita rubia de la Piazza Spagna. Tal vez turistas escandinavos o alemanes, en realidad poco interesaba sus orígenes, pero esa tarde de primavera hubo una tormenta de verano, la vivieron ellos y pude sentirla desde mi pasividad.
Se miraron intensamente para despejar los últimos nubarrones, después se levantaron liados en un abrazo prolongado que parecía fundirlos en uno solo. Encaminaron sus pasos escaleras arriba ignorantes de mi existencia, pasaron muy próximo y se perdieron entre la multitud.
Esa tarde luminosa, sin que lo supieran, compartí la reconciliación y me alegré por ellos. Cuando continué el camino, pensé en mi familia lejana y también sonreí.
Héctor Scaglione
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