CANAL DEL INFIERNO, una historia

                      CANAL DEL INFIERNO, una historia

Desde antes que la comarca insular fuese incorporada al Virreinato del Río de La Plata, Martín García ya era prisión militar. A partir de entonces los intentos de fuga fueron consigna permanente en la piel de los convictos. En improvisadas embarcaciones hechas con troncos semi podridos, a nado o con la ayuda de caballos salvajes amansados a espaldas de los carceleros. La meta era cruzar a la cercana ‘Banda Oriental’ pero pese a los intentos nadie lo había podido lograr. La aventura siempre acababa en desastre. Eran descubiertos y vueltos a capturar o morían ahogados. La furiosa correntada del Canal Del Infierno, que separa la isla del continente, era el guardián natural que impedía los sueños de libertad de sus forzados huéspedes.

Continuó siendo cárcel hasta después de la independencia. En octubre de 1838, al ser atacada por franceses y gente de Fructuoso Rivera. Su comandante, al frente de once reclusos armados logró expulsar a los invasores. A raíz de ese incidente y a las malas condiciones de vida, plagas y enfermedades que diezmaban a guardias y prisioneros por igual. La falta de médicos y de una alimentación adecuada, aceleraron el cierre del presidio.

En plena dureza de régimen colonial, dos de los condenados habían puesto sus ojos en una yegua salvaje que acostumbraba abrevar a la vista de los prisioneros. Sobresalía por su recia estampa y mayor alzada que los demás equinos. Semejante ejemplar se perfilaba para el soñado escape. Una vez elegida no desperdiciaban oportunidad para acostumbrarla a sus presencias. Se congraciaban dándole pasto tierno en la boca, le hablaban en susurros y ella se dejaba acariciar, pero hasta ahí nomás, si intentaban mayor acercamiento la colorada se elevaba sobre sus patas amenazantes y en estentóreo relincho. El potrillo que amamantaba era parecido a ella, vivaz, altivo y del mismo pelo que el resto de la tropilla silvestre. Hijos de una pareja que Juan Díaz de Solís había implantado en la isla en nombre de la corona de España. Reproducidos naturalmente y en total libertad convivían cercanos a los hombres sin temerlos.

El tiempo urgía, debían apurar el plan de fuga antes de levantar sospechas. Si fallaban, duplicarían la vigilancia en la colonia penal y al ser descubiertos serían confinados en celdas de castigo, estaqueados y a merced de alimañas que se alimentarían de sus cuerpos. Tortura imposible de soportar. Era preferible la muerte.

 Al cabo de las largas jornadas de trabajo forzado, no dejaban de mostrarse delicados en presencia de ella, era la única vía posible a la libertad y no querían oler a miedo. Con infinitos cuidados se acercaban con alguna golosina. La yegua se dejaba mimar y poco a poco fueron ganando su confianza, pero de ahí a quitarle las cosquillas del lomo aún no era tiempo, todavía se encabritaba; hasta que lograron amansarla lo suficiente. Era el momento oportuno. En la oscuridad de la noche elegida escalaron los muros y como dos sombras se dirigieron a la pantanosa ribera este. En el camino recogieron unos restos de maderos de antiguos naufragios y los aguzaron como si fuesen lanzas. Llegado el caso las usarían para pelear por su libertad.

Desde la tarde anterior la habían dejado bien sujeta a la vera de los pantanos en medio de la fronda. Ella olisqueó el aire al detectarlos y al recibir la acostumbrada ración de azúcar, demostró una mansa alegría zapicando el suelo con su casco.

Después de torpes caricias y de hablarles con toda la suavidad que podían, le pasaron por el cogote unos tientos viejos que improvisaban las riendas. Ella los dejó hacer y comenzaron a guiarla, al principio cautelosamente para convencerla de enfrentarse con el río. Cuando lo sintió cerca, reculó en un corcovo y casi sale a la carrera, después pudieron calmarla. Bien sujeta parecía que la suerte no dejaría de acompañarlos. La acomodaron con el hocico apuntando a la Banda Oriental. Las pocas artes que tenían como jinetes las suplieron por el miedo a ser descubiertos. Le taparon los ojos con un trapo y la montó el más sabido. El otro ayudaba a encaminarla esperando su oportunidad y con uno de los maderos recogidos, comenzó a golpearla hasta lograr que se enfrente a lo desconocido. La noche ayudaba. Ausencia de viento. Una luna llena que iluminaba el sendero y los detalles costeros que se perfilaban en sombras fragmentadas por las aguas, ahora negras. Su instinto la mantenía alerta para luchar o escapar…pero ¿a dónde? Si reculaba la apaleaban. Tenía un solo camino y hacia él se dirigió. El río caudaloso salpicaba sonoro y potente entre sus patas amenazando voltearla. Ya no escuchaba nada más que los gritos de sus cancerberos que la castigaban sin piedad.

Finalmente consiguieron hacerla llegar a la parte más profunda y peligrosa. Hundida en la correntada absoluta comenzó a remar manteniendo la cabeza en alto para no ahogarse. El agua en torbellino entraba por belfos y nariz. Avanzaba metro a metro a los resoplidos pero sin dejar de bogar. El frío del agua y el viento que se había levantado, hacía temblar a los fugados, ella no sentía frío. El torrente belicoso sumergía a los fugitivos. Uno, asido de las crines, el otro de la cola. Se sumergían y volvían a aflorar al borde del ahogo. Con las manos agarrotadas por la tensión, las cerdas mojadas cortaban como cuchillas al escurrírseles entre los dedos, no las sentían pero se aferraban como pinzas. El reto nunca llegaba a su fin. En esa penumbra infinita donde los minutos duraban siglos, creyeron alucinar al ver unos árboles que parecían proyectarse muy cercanos, pero nunca los alcanzaban. Después, con los ojos desorbitados por la sorpresa, pudieron verlos, eran tan reales como la suerte. La primera en hacer pie en la playa fue la yegua, recién ahí comprendieron que habían llegado. Se sentían libres y daban alaridos que retumbaban en ese silencio espectral, después dejaron de oírse y desaparecieron. La yegua quedó quieta en la playa, sola y resoplando. El cansancio le estrujaba los músculos para poder trotar, alejarse y evitar nuevos castigos. Pero su condición silvestre repuso energías rápido. Dejó pasar un tiempo prudencial, sacudió la cabeza varias veces para liberarse del trapo que la cegaba. Al sentirse fuera de peligro olfateó el aire. Con su instinto de conservación intacto, sin el lastre de ida, enfrentó el desafío del retorno. Al llegar a la isla otros la esperaban. Para evitar más castigos demostró una mansedumbre que ya no era tal, pero intentó el nuevo cruce de otros dos condenados. Quienes en mitad del Canal del Infierno no soportaron la baja temperatura del agua ni el esfuerzo, soltándose del único ser que podía haberlos salvado. La correntada se llevó los cuerpos a la parte más turbulenta, adentrándolos en el estuario. Ella, libre de carga otra vez en titánica lucha enfrentó el retorno.

Con los primeros albores del nuevo día apareció en la costa pantanosa de donde había salido. Se tambaleaba como si estuviese herida. Un centinela de a caballo que rondaba los alrededores, al verla salir del agua creyó estar confundido, pero no, aparentemente había llegado nadando desde La Banda Oriental, no podía haberlo hecho desde ningún otro lugar.

En tierra firme, sólida en sus cuatro patas, sacudió el agua que chorreaba de sus crines y aspiró con fuerza el aire que inflaba sus pulmones. Había triunfado en la lucha contra el canal y se sintió libre de los hombres que pertenecían a ese otro infierno. El agua del río mezclada con sudor se le escurría del cuerpo en goterones, y despedía un vapor tenue que al envolverla semejaba ser una bestia de fábula. Lanzó un potente relincho que fue contestado por otro pequeño, más joven, y con sus últimas fuerzas galopó a encontrarse con su potrillo.

Al recuento de reclusos descubrieron las fugas, y la yegua, que fuera sorprendida por el resguardo al salir del río, fue considerada cómplice de las evasiones. En juicio sumarísimo se la declaró culpable y fue condenada. Los guardias marcharon a apresarla donde acostumbraba a abrevar. Al sentirse rodeada, enfrentó a sus enemigos para proteger a su cría. El castigo de los desesperados lo tenía grabado en su memoria y la llenaba de furia. A los corcovos casi alcanza con potentes patadas a los guardias que intentaron enlazarla. Después la pudieron reducir. La amarraron en el centro de la plaza de armas y le vendaron los ojos como dictaba el reglamento. Formó el pelotón de fusilamiento frente a ella, a pocos metros. Un furriel leyó el bando condenatorio escrito por él, dictado por el comandante de la prisión. Al escuchar las voces de los hombres la yegua recordó el castigo que aún dolía, pero, impedida de movimiento, pareció resignarse.

—Atttención…apunnnten… ¡FUEEE…go!

La voz del jefe se quebró al dar la orden y los fusileros, al momento de disparar voltearon la cara para no ver. La lúgubre descarga se produjo. El jefe del pelotón, al acercarse a darle el reglamentario tiro de gracia, tembló su mano y la posta de plomo del trabucazo se enterró inofensiva a medio metro de la cabeza. La yegua ya estaba muerta. Un único y certero disparo le había partido el corazón.

Cercanos en el tiempo, al promediar el año 1958 habían acabado de construir la pista de aterrizaje sobre la costa este de Martín García. Cuando unos obreros en su tarea de inspeccionar la fronda costera, descubrieron una lápida cubierta de moho, tal vez por una larga exposición a la intemperie, le quitaron el verdín pegado y apareció el relieve tallado de un equino. Dado por lo tosco y la antigüedad, muy probablemente hecho por los convictos. Convertido en ofrenda lo habían colocado sobre un túmulo de piedras en el lugar elegido para sepulcro, oculto a la vista de los carceleros y no muy profundo porque la cava se anegaba rápido.

Mientras admiraban el hallazgo, desde el río avanzó una niebla rotunda, espesa cubrió parte del horizonte y comenzó a invadir a la isla, en ese instante escucharon un potente relincho y cascos sin herrar que repiqueteaban sólidos sobre la arena mojada.

                                   Héctor Scaglione

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