Buque científico “Capitán Oca Balda”

El buque oceanográfico y de investigación pesquera “Capitán Oca Balda”  tiene su base en en el puerto de Mar del Plata. Fue plasmado en un realismo casi mágico por el artista plástico Mariano Pavicic, amigo y compañero de trabajo en el mismo barco. Juntos y el resto de la tripulación domamos tormentas a lo largo y ancho de nuestro extenso litoral marítimo desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo de Hornos incluyendo las Malvinas, Isla de los Estados y Gerogias del Sur. Convencidos en la lucha por la conservación de las especies y la no contaminación. Soñándo que las generaciones futuras puedan disfrutar de un mundo mejor y más limpio.

 

Héctor Scaglione

 

Género humano

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Mujer, presencia proverbial, pasividad aparente. Naturaleza generadora de vida. Guardiana y receptora de vida que no cesa al dar a luz, continúa.

Belleza que emana del perfume de la natural naturalidad. Musa y fuente de inspiración para el artista que vuela a la altura de los sueños imposibles, donde solo el amor hace realidad la imaginación más loca.

En consonancia con una inclinación natural intrínseca definida e imparable, cada individuo es inducido como un poderoso imán a tomar contacto con un destinatario elegido o por azar. Intercambia con el/ella miradas que apuntan a los ojos, continúan hacia la boca, cuello, suben nuevamente hasta clavarse en los ojos del otro y quedar amarrados en un lazo invisible, como un hilo de plata. Mensaje en código gestual, donde un giro, un devaneo, una caricia recíproca. Palabras que brotan espontáneas acompañan e incitan a continuar el juego que los envuelve en el mutuo goce de un placer consentido e imparable hasta llegar al clímax. Deseo potente y provocador, vital regalo ofrecido y compartido con el receptor. Tan real y natural como el viejo juego, tan viejo como el mundo, la relación hombre-mujer, mujer-hombre.

Vale por comparación y complemento, uno es incompleto sin la presencia del otro, ambos se entremezclan, se complementan, crecen como crece la vida, realimentada en cada acción que se nutre de la misma raíz y se proyecta al infinito.

                                                 Héctor Scaglione

La guerra

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“Permaneció largas horas sentado sobre el casco y gruesas lágrimas se deslizaron por su rostro hasta caer en el suelo húmedo de la turbera”. 

“Esa noche el pequeño caserío cercano al pueblo, iluminado por la luna, mostraba una pátina extraña, como un sudario que lo envolvía y le marcaba senderos de luz mortecina”.

¨El ruido de la rompiente sobre la costa rocosa, se ahogaba por el retemblar de los cañones, indicando que la guerra omnipresente, continuaba, y el olor a muerte brotaba de cada rincón, desde el grito mudo de las bocas abiertas de los cadáveres, y de la tierra que, pese al frío, llegaba en oleadas de viento caliente”.

                                Héctor Scaglione

Un zapato de mujer

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                                                         “Alma que como el viento vaga inquieta

                                                             y ruge cuando está sobre los mares”

                                                                               Alfonsina Storni               

Tres días antes habías llegado a Mar del Plata y, en aquella nocturnidad de octubre tanto como en las anteriores saliste a la calle sin advertirle a nadie. Como un presagio ansiabas la cercanía con el mar que, al verlo iluminado por un anémico resplandor lunar te pareció fantástico, bestial. Mientras giraba en tu cabeza el postrer poema, “Voy a Dormir” que ese mismo día remitiste a Buenos Aires. Ahora, como acentuando designios, convertido en imágenes resonaba en tu mente, hueco, sin significado. Ya no te alcanzó con la palabra escrita. Aún así sonreíste nostálgica al recordar la juventud junto al grupo de actores itinerantes, con los sueños intactos y tantas imágenes que después convertirías en poesía.

Sin la magia del numen quedaste en tinieblas, sola y atrapada en medio de un laberinto. El dolor ahora ocupó tu tiempo.

En búsqueda de respuestas que nadie te pudo dar, elegiste el lugar amado para contarle cuitas al piélago. Le hablabas de soledades, de fracasos, del amor inconcluso junto al hombre, el de “Cuentos de la Selva” que, a pesar de su partida continuaba vivo en tu desvarío.

A la espera de algún indicio para entrar en íntima comunión, sin pudor, sin testigos ni impedimentos vagabas indecisa pero sin alejarte de la cercanía de esa inefable presencia, dejando tus huellas sobre la arena que formaban un camino sinuoso hasta la orilla y, el reflujo de las olas te lamía los pies y volvía. Ese milenario siseo sobre la rompiente fue su única respuesta. Al forzar el camino hacia él, alguien intentó detenerte, te tomó del pie, para que no avances más. Con unas fuerzas que ignorabas poseer, luchaste con ese captor inanimado hasta escapar. A cambio le dejabas un zapato, tan solo ese pequeño zapato, mudo testigo de tu insolencia que quedó entre las garras de hierros retorcidos que afloraban de la escollera. Sin notarlo o sin importarte, continuaste el camino. Y de ahí, un corto trecho, a pocos pasos, triunfal, dueña de tus actos marchaste hacia el sendero de la liberación.

El mar había dejado de ser la desmesurada boca negra que quería tragarte, ahora era tuyo, un amante incondicional y como si sellases un pacto con él, tu extremidad herida fue dejando una senda púrpura que se mezclaba con el agua. Mientras te salpicaban las olas, sentías que eran manos con ansias de poseerte, ser de ese mar tan amado, solo suya, de nadie más. En ese instante un fuego interno te consumía inundándote de placer. Esbozaste una sonrisa y ese gesto, te dulcificó. Al llegar al extremo del espigón, las gotas de agua que se deslizaban por tu cuerpo te hicieron relucir como si fueras una diosa de alabastro. En concordancia a tan supremo instante, presa del clímax que te hizo estremecer, avanzaste hasta el borde, detuviste los pasos frente al mar y el viento, esperaste unos instantes, y como si fueses una gaviota extendiste las alas. Tus duendes te estaban esperando.

Esa madrugada del día veintiséis, desde la costa, a los pesqueros amarillos que zarparon al alba se los veía negros en esa luz incierta del amanecer, y a los pescadores, como sombras resaltadas por la claridad que se insinuaba hacia oriente.

Quien recorría los límites de su posesión playera, vio entre los hierros retorcidos del espigón, enfrentado a la calle Hipólito Yrigoyen, un pequeño zapato de mujer. Quitarlo fue trabajoso, pero una vez en sus manos trató de imaginar a la dueña, caminante nocturna y solitaria, caída en la trampa de ese boquete traicionero como tallado a propósito para robárselo, y que luego continuase su camino. La huella sangrienta de su pie descalzo fue testigo que sucedió así.

                                                                   HÉCTOR E. SCAGLIONE

                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

 

LAS PALABRAS Y EL AUTOR

 

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Para el autor un gran interrogante levita sobre la hoja en blanco que espera indecisa, con las palabras invisibles y enredadas entre las microscópicas fibras del papel, como un diamante en bruto en busca de las facetas que liberen la luz de sus entrañas, como la mujer que desea ser poseída pero que aún no escuchó la frase justa para entregarse al amor, al desenfreno, ser un desafío. Duda existencial que el autor busca develar, simplificando detalles y llegar al meollo del relato para que sea veraz y quede picando en la cabeza del lector con un variopinto panorama de interpretaciones.

Nunca hubo tanto esfuerzo para hacer fácil lo difícil, hacer que las palabras se agrupen, se ordenen, que obedezcan al ritmo adecuado a medida que se las va sacando a la luz, que comiencen a decir y tengan vida como una ecuación matemática, donde agregar, quitar signos o alterar cifras sin análisis previo, desdibuje el cálculo buscado pero aparezca otro como desafío.

Que representen imágenes, al ahora, al pasado, animarse a elucubrar el futuro, y como resultado arrancar risas, lágrimas, pergeñar una idea, emocionar con el amor, con la justicia, ser filosas como una daga y herir hasta matar, hacer que otro mate en pos de esa misma idea y cobrar vida en las criaturas que, muchas veces disconformes con el escritor deambulan por su mente que, hasta puede verlas merodear al costado del cuaderno de notas, o detrás de una pila de libros y asoman las cabecitas de energúmenos para hacerle morisquetas. En los aciertos desaparecen y eso alarma un poco al autor que debe esforzarse en guiarlos a tientas, pero llega a la conclusión de que necesitará haber un acuerdo tácito con el personaje principal, quien desde el liderazgo, le señale el camino al conjunto y guíe su mano.

Al llegar al punto final, acabará definitivamente el vínculo social autor-personajes, aunque algunos salten a otras historias, estos terminaron y para siempre. Luego, hasta que ese mismo libro, a la espera de ser leído, permanezca cubierto de polvo en un rincón apartado de ignota biblioteca, alguien lo tome, sople esa nube de tiempo que lo cubre y al recorrer las páginas amarillas, lo tornará a ser como cuando esas mismas palabras fueron recién impresas y vuelvan a transmitir emociones o provoquen alguna reflexión. Entonces cobrará vida y seguirá justificando su razón de ser como una pequeña llama hacia la eternidad.

SONIA

SONIA

 Un lunes de febrero de 1996, alguien te dejó en el parque de casa. Apenas podías caminar pero a fuerza de voluntad y con las ganas que le puso María, biberón hecho con el dedo de un guante y langostinos que me encargaba de proveerte. Por elección propia te adueñaste del nuevo universo que pasó a ser tu casa y nosotros la familia que adoptaste.

La ronroneada ternura que compartías con nosotros, fue por diecinueve años y cinco meses, cuando tu pequeño cuerpito un 16-06-2015 dijo basta.

Con todo nuestro cariño, estás presente en la memoria. 

TEMPORAL EN MADRYN

ANITA

 

Con un cielo azul profundo y vientos en calma, nada hacía presagiar que se produjese  un desequilibrio pero, el barómetro, testigo silencioso e inexorable, al marcar cada vez más bajo los niveles de la presión atmosférica, anunciaba la furia climática que se avecinaba.

Con el ¨Cabo San Juan´ al finalizar la campaña de pesca, arribamos a Puerto Madryn en ese atardecer del 10 de diciembre de 1991. Ahora, en pleno proceso de descarga, nos llamó la atención una calma chicha absoluta, rareza que, cuando hacía su aparición en la zona, no anunciaba nada bueno. De todos modos, los oficiales libres armamos las guardias de puerto para disponernos a disfrutar de una buena cena en tierra firme, olvidarnos un poco del barco y conectarnos con nuestras familias pero, en ese momento, sin saber qué sucedía en el  exterior del edificio, tuve una sensación extraña sobre la piel, y fue en el preciso instante en que se desataron los vientos con una violencia inusitada.

Aunque con cierta duda, nos encontrábamos felizmente sentados a la mesa del restaurante, mientras, al paladear una copa de buen tinto irrumpió frente a nosotros, pálido y desencajado el capitán de armamento.

—¡Muchachos, la marejada está destrozando los buques, tienen que zarpar de  inmediato!

Bien amarrados como estábamos, en el muelle Almirante Storni,  principalmente utilizado por la fábrica de aluminio Aluar, sólido y dispuesto para las rigideces del clima patagónico, tratamos de pensar que las veleidades climáticas no nos afectarían como ya ocurriera en otras oportunidades pero dada la magnitud podría provocar sorpresas. Ahora, al salir a la calle medimos que el meteoro que se había desatado lo hacía con toda su potencia y la rapidez de un rayo. Formó una nube de agua y arena que cubría desde la costa a gran parte de la ciudad impidiendo la visibilidad. Nos era vital llegar rápidamente al buque, nuestra herramienta de trabajo. Solo por costumbre, López el capitán de armamento al comando de su camioneta, encontró el camino, pese a que varias veces estuvimos a punto  de volcar o volar por los aires. Encaramos el largo viaducto del muelle barrido ahora por una cortina de espuma y agua que se desprendía de las olas. Pese a los riesgos previsibles logramos embarcar en el momento justo en que una de las gigantescas grúas cigüeña caía frente a nuestra proa al mar con gran estruendo. Uno de los buques sin gobierno se nos vino encima, en lucha para poder liberarnos de quedar aprisionados, al retroceder a plena máquina, el roce metálico entre los cascos produjo una chorrera de chispas pero, gracias a la destreza del capitán y la buena respuesta de máquinas, pudimos zafar y alejarnos rápidamente del muelle.  A suficiente distancia nos pusimos a la capa enfrentados al viento y el oleaje como si estuviésemos en medio de un temporal de altura pero a la vista del poblado, ahora ignoto por el fenómeno provocado por los apagones.

Esa noche no durmió nadie, los vientos del sudeste se fueron incrementando y alrededor de la madrugada llegaron a un pico máximo superior a los 200 kilómetros por hora. Con la marejada resultante, los buques que no cortaron amarras, comenzaron a destrozarse al golpear contra el muelle, destrozándolo a su vez. El oleaje alcanzó su pico máximo en las primeras luces del día once.

Desde los buques violentados por el turbión, brotaban gritos lastimeros de quienes estaban a bordo al cuidado y no les había alcanzado el tiempo para abandonarlos. Por el canal 16 VHF de emergencias, como único medio para solicitar ayuda, pedían por Dios que los rescaten y, tal vez escuchados por quien clamaban, estos buques fueron arrastrados por el viento, y sin peligro para nadie vararon en las playas cercanas, salvo una embarcación sin tripulantes, que naufragó. Al mediodía siguiente comenzó a ceder la fuerza del meteoro y ese atardecer, uno de los pocos buques que quedamos a flote y con máquinas, como si no hubiese pasado nada, enfilamos a un sector confiable del muelle para amarrar y efectuar algunas reparaciones. A pleno sol y extendiendo la vista en derredor resaltó el caos. Buques hundidos, varados en la playa, el enorme muelle de Aluar, ahora destrozado en gran parte por los embates de los buques que no habían alcanzado a zarpar ni soltarse, provocaron el daño mayúsculo al desalinearlo respecto al plano longitudinal. De diseño especial adaptado a la profundidad que de inmediato se toma desde la costa, constaba de largas columnas basadas en el fondo.

El buque ´Anita´ pasó por debajo del viaducto perdiendo arboladura, la chimenea y parte del puente de navegación, a su vez destrozando los coronamientos de las columnas además de seccionar una viga longitudinal, destruyó el canal de servicios que corría por la vereda sur del viaducto cortando la cañería de agua potable, la red de lucha contra incendios y el cable de 33,2 KV que alimentaba la subestación del muelle dejándolo a oscuras y sin energía para las grúa de pórtico VKE  instaladas en el sitio 3. Parecía una postal de la guerra después de un bombardeo.

Reseña de los sucesos:

El sitio 2 estaba libre, ya que los barcos amarrados al iniciarse el temporal, uno  a uno fueron zarpando para ponerse a la capa, entre ellos ´Cabo San Juan´, ´Dalian´, ´Scombrus´ y otros.

En el sitio 3 estaba amarrado el buque frigorífico ´Artic´, que soportó todo el temporal en el lugar dado que, por la dirección e intensidad del viento le fue imposible despegarse del muelle.

El sitio donde más afectó el temporal fue el Nº 4, donde estaban amarrados varios buques pesqueros sin máquina o personal suficiente a bordo. Se encontraban el ´Po An´ (Ex Estrella de Mar) ¨María Dolores´, ´Anita´, ´Antonio Miralles´ y el ´Jorge Antonio´, ´Joseph Duhamel´ de Ventura S.A, el ´Guillermo Daniel´ y un pesquero de bandera española ´Cabo Mayor´ que estaba interdicto por haber sido encontrado pescando dentro de las 200 millas sin permiso. Tenía a bordo un sereno  de nacionalidad uruguaya que ni siquiera era marinero.

El ´Antonio Miralles´ por una mala maniobra cortó el cable de remolque y terminó en la costa a un metro escaso del viaducto del muelle. Este barco fue hundido hace unos años al SE de Punta Cuevas donde pasó a formar parte de un parque submarino.

 El ´Anita´ (foto) al quedar al garete fue llevado por el temporal hacia el muelle, como ya se dijo, después de destrozarle el puente de navegación, lo hizo pasar por debajo del viaducto y vararlo en la playa a unos 200 metros al norte del mismo donde permaneció por mucho tiempo.

El ´María Dolores´ se hundió en el lugar, en el rincón que forman el sitio 3 y 4 de donde fue reflotado y tiempo después remolcado, varado y abandonado luego a unos 30 metros al sur del muelle. Existía un proyecto para hundirlo como atractivo para los buzos deportivos.

El ´Joseph Duhamel´ soportó el temporal amarrado, destruyendo un dolphin del sitio 4 y su popa, al poco tiempo fue remolcado y varado en la costa a escasos metros del ´María Dolores´.

El ´Guillermo Daniel que había salido a capear el temporal quedó sin propulsión y fue llevado por sus tripulantes a la costa donde lo vararon.

El ´Jorge Antonio´ capeó el temporal en rada hasta que quedó sin combustible y sus tripulantes intentaron vararlo en la playa pero el temporal lo arrastró hacia el muelle que, antes de embestirlo, los marineros se lanzaron al agua y alcanzaron embarcar en un bote salvavidas, el viento los llevó a la playa y, el buque fue a dar con los restos del pesquero griego ´Koustouriaris´ que le produjo rumbos en el casco y la fuerza del temporal lo hizo pasar por debajo del viaducto, encontrándose hoy hundido al norte del mismo y a unos 700 metros de la costa.

El ´Cabo Mayor´ fue el que más daño le provocó a la estructura del muelle en su supersetructura, además de colaborar en el hundimiento del ´María Dolores´, a raíz del fuerte oleaje sus popas estuvieron golpeándose en forma constante hasta el hundimiento de éste último. El pesquero español, cortados sus cabos de amarre se posicionó transversal al viaducto, golpeándolo sistemáticamente, provocando la rotura de una de las vigas transversales del mismo llegando a dañar una segunda. Luego de múltiples intentos de ponerlo en marcha y dado que no contaba a bordo con personal idóneo, gente de la empresa Harengus lo abordó y con la ayuda del pesquero ´Scombrus´ lograron remolcarlo a rada.

A pesar del desastre provocado por el temporal, sin precedentes en Puerto Madryn, donde los daños materiales fueron cuantiosos, milagrosamente no hubo que lamentar víctimas fatales, salvo algunas heridas leves, contusiones y el susto mayúsculo de embarcados y pobladores.

                                                                                      Héctor Scaglione