Buque científico “Capitán Oca Balda”

El buque oceanográfico y de investigación pesquera “Capitán Oca Balda”  tiene su base en en el puerto de Mar del Plata. Fue plasmado en un realismo casi mágico por el artista plástico Mariano Pavicic, amigo y compañero de trabajo en el mismo barco. Juntos y el resto de la tripulación domamos tormentas a lo largo y ancho de nuestro extenso litoral marítimo desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo de Hornos incluyendo las Malvinas, Isla de los Estados y Georgias del Sur. Convencidos en la lucha por la conservación de las especies y la no contaminación. Soñando que las generaciones futuras puedan disfrutar de un mundo mejor y más limpio.

                                                                                      Héctor Scaglione

 

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Mactolio

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Juntó cajas de cartón, ruedas chicas, lámparas de linterna, latas de jugo vacías, pegamento y comenzó a adaptar una pieza a la otra hasta que apareció la forma de lo que él buscaba en su imaginación. Dante siente que lo mira como preguntando ¿quien soy?¡Tiene que ponerle nombre! Mactolio. Le sale de una, no podía llamarlo de otra manera, el muñeco que él fabricó, se lo dijo en secreto.

Dante, de seis años, lo tiene junto a su cama por si necesita charlar con él, hacerle preguntas, acompañarse mutuamente, pero nada, ni se mueve, solo Dante, para no aburrirse le cuenta qué hizo en la escuela ese día, qué le enseñó la maestra, los juegos con sus compañeros, todo lo que pueda ser interesante.

Un día al llegar de la escuela ve al Mactolio sentado diferente a como lo había dejado y, al preguntarle ¿que pasó Mac? ¿Me escuchaste? las lamparitas que simulan los ojos se prenden y apagan dos veces, es un “si” en código de Mactolio.

¡Bueno! me voy a jugar con Gus ¿querés venir? Le dice por decirle algo. Al salir de la habitación cuando va a cerrar la puerta, Dante ve el parpadeo de los ojos de Mac y cuando, lentamente comienza a levantarse para seguirlo.

                                                    Héctor Scaglione

EL RÍO Y SUS BAQUEANOS

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El Amazonas visto desde el aire es una vena de sangre bermeja que fluye sobre el inmenso cuerpo verde de la selva. Con pronunciados meandros, en partes recto o de márgenes ensanchadas, capaces de ocultar la vista de la otra orilla. Es un curso cambiante hasta llegar al corazón de su origen donde se alza la ciudad de Manaos. Después de surcar el Atlántico sur era nuestro destino final.

Los baqueanos, conocedores del río por ser parte de antiguos mitos y haberlo navegado desde sus orígenes; procedían de las tribus de la misma cuenca. Los elegidos ancestrales, los más aptos y dignos, los únicos que podían aprender el oficio y enseñárselo a sus hijos y a los hijos de sus hijos. A pesar de demostrar aparente sencillez, emanaban una fuerza que traspasaba sus rostros impenetrables. Embarcaron en Belen Do Pará, delta de las bocas del Amazonas que desaguan al Atlántico.

En el puente de navegación, lugar de trabajo, para traspasar las tinieblas que circundan al buque, en noches cerradas se ayudan con binoculares, confiando más en los propios ojos que en la pantalla de radar. No permitían fumar en la timonera. Los cigarrillos eran puntos luminosos que, reflejados sobre los cristales podrían dar señales erróneas en la ruta, y las voces de una conversación trivial confundirse con las de mando. Ellos, con un anémico horizonte lunar, atendían el avance del buque oteando más allá de la proa, intuyendo las mínimas alteraciones del curso fluvial. “Ezquerda-direito-ezquerda” (1) eran órdenes precisas impartidas al timonel de guardia, sin agregar comentarios. Silencio sordo. Solo se escuchaba el murmullo lejano en las entrañas del buque y alguna charla a media voz. Cuando algún aguacero tropical arreciaba y disminuye la visibilidad, entonces ordenaban detener máquinas y echar el ancla, fondear. Al quedar libres de actividad náutica, cobraban otra dimensión. Se distendían o permanecían sumidos en un silencio hermético, cerrados al diálogo, enfrascados en alguna actividad difícil de interpretar. En cada viaje, rara vez eran los mismos, pero, entre todos parecía haber un acuerdo tácito. Durante el remonte del río que duraba unos cinco días, no usaban el camarote asignado, salvo los baños y no se desprendían en ningún momento de los bolsos de mano. El libre de guardia dormía junto a la bitácora, enroscado como un perro con el bolso de almohada. El otro cubría su turno y al final se relevaban al pie del timón. Comían frugalmente y no tomaban alcohol. Era razonable pensar en un exceso de responsabilidad. La bajada del río, desde el último puerto de recalada, insumía la mitad del tiempo hasta el delta, a lo sumo tres días.

Con el buque fondeado salían a cubierta tanto de noche como de día. Elevaban el rostro y los brazos al cielo. Distanciados uno del otro observaban la selva y al parecer, más que hablar, emitían sonidos. Verlos hacer cosas extrañas, ya no asombraba a nadie, es más, nos divertía.

Desde la selva, en la negritud impenetrable resaltaba el brillo fosforescente de los ojos de las onzas y jaguares en plena cacería nocturna. Y, a quien estuviera cómodamente sentado en la toldilla de popa, se le exacerbaban los sentidos, el olor a humedad y el que despedían las fieras nocturnas. Depredadoras y depredadas estimulaban el instinto para el ataque o la huida. El ronroneo tranquilizador de las máquinas en las profundidades permitía dejar fluir las fantasías sin peligro.

De día, el panorama era otro. La humedad hacía más sofocante el calor. Tucanes, guacamayas y una variedad increíble de pájaros de plumaje multicolor surcaban el firmamento. También lo hacían los urubúes al detectar la muerte, y volaban en círculos, exhibiendo, desplegado su entorchado azabache. El río, abundante de vida, delfines de agua dulce cruzaban la proa en un despliegue de audacia y velocidad como si jugasen con un pez más grande pero menos veloz aunque inofensivo. Los simpáticos monos aulladores huían despavoridos y saltaban de árbol en árbol hasta alejarse de la amenaza del gigante que se deslizaba por las aguas.

En uno de los viajes promediando el remonte del río, nos sorprendió una tormenta tropical. Fondeamos en el punto indicado por ellos. Con el ancla firme, el buque se acomodaba a la corriente hasta alinearse sobre la costa, tan cerca de tierra que se podían tocar los árboles, con el peligro de embarcar alimañas, y de hecho muchas veces sucedía, cuando, desde el cielo se escurrían toneladas de agua, por las puertas laterales con sus bolsos y los secretos dentro, encaminados, uno a proa y el otro a popa mientras miraban hacia la selva. Sus voces imitaban a las criaturas salvajes. Desde la fronda surgían sonidos similares como si contestaran. Después los truenos, como una tropilla de caballos salvajes que se alejan, se fueron apagando, y el aguacero así como comenzó, cesó. Se levantó el ancla y continuamos viaje. Los aborígenes, herméticos, sonreían, si alguien les hacía preguntas. Las evasivas eran sus respuestas. Pero el que se comunicaba con mayor facilidad, ante la exigencia del capitán, con voz carente de emoción reveló el secreto:

—Comandante, a esta altura del río, nuestros hermanos están de cacería y podría ser peligroso para nosotros.

—Hay animales que tienen el espíritu de los muertos y no deben ser cazados.

Una corriente eléctrica pareció paralizarnos en el lugar en que estábamos. Si alguien hizo un amago por sonreír, quedó solo en eso. Él continuó:

—Los dioses del río y de la selva nos dicen qué hacer para no atraer maleficio —dijo locuaz al principio, pero al ver el interés que despertaba, guardó silencio.

—¿Matan a los cazadores? —lo interrogó el capitán. Esperando una respuesta, volvió a sondearlo con la mirada, pero, por el gesto cerrado, supo que no volvería a abrir la boca.

En ese mismo momento, como si se develaran secretos muy bien guardados, se escuchó un aullido que brotó de la selva. El que había hablado se puso rígido, ocultó la mirada tras su renegrido flequillo, y con voz monocorde comenzó a pronunciar unos vocablos extraños. Su compañero llegó corriendo desde la popa y antes de entrar, se detuvo en seco. A pesar de la agitación, le hizo eco con expresiones parecidas. Del bolso terciado a su espalda, pude ver asomar un trozo de caña, parecía una cerbatana para arrojar dardos, las mismas que los jíbaros usan para inmovilizar a sus víctimas y después cercenar sus cabezas.

Como si el tiempo se hubiese detenido y ellos no pudiesen escapar a la fatalidad grabada en sus genes, el mito ancestral emergió en un acto espontáneo. En la media oscuridad del alerón del puente, el cuerpo del que estaba al mando, recortado contra el fondo de la selva, se veía más grande. El grueso cuello surcado de venas y el pecho lampiño tras la camisa entreabierta parecía una estatua monolítica. Con voz grave y profunda continuaba modulando en lengua aborigen. Mientras, el buque con buena velocidad descontaba las últimas millas y parecía volar sobre el agua. En el cielo nocturno reverberaba ya el resplandor de la cercana Manaos.

Ante la inminente entrada a puerto, la imagen del aborigen pasó desapercibida para la mayoría de los que estábamos en el puente, no para mí.

Hasta el momento del amarre no volvieron a hablar, limitándose a atender las órdenes dadas al timonel, ahora impartidas por el capitán.

Al arribar a puerto y embarcar las autoridades de puerto, los baqueanos sonrientes contrastaban con el blanco impecable de sus uniformes náuticos tropicales: camisa y pantalón bermuda, descalzos y luciendo con orgullo las hombreras de oficiales de cabotaje.

En ese instante, de uno de sus bolsos entreabierto, alcancé a ver dos canutos vegetales, eran cerbatanas. No me fue difícil identificar el pequeño pote de madera conteniendo la pócima paralizante de <curare>. Al sentirse descubierto, por la mirada que me lanzó el dueño de la <evidencia> supe que debía callar.

               Héctor Scaglione

LA PALABRA ESCRITA

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Es como las semillas arrojadas al aire, a algunas se las lleva el viento, otras caen para alimentar a los pájaros, otras, como causa y efecto prenden en tierra fértil, echan raíces, crecen, se hacen árbol, dan sombra, alimentan con sus frutos.

A partir de la memoria colectiva, como necesidad y sin solución de continuidad hará que otros muchos siembren semillas, palabras que, al verlas impresas penetren intelectos ávidos de conocimiento, y así lograr la libertad de elección a través de métodos analíticos propios de la imaginación de cada uno, en suma serán formadoras.

La palabra escrita puede ser incisiva, a veces lacerante. Cuando los objetivos a lograr son claros, no tiene límites de penetración y es más poderosa que las armas.

A veces el texto, sin intención del autor, puede dar lugar a interpretaciones diversas. Pero, acompañado del calificativo apropiado será convincente, provocador, obligando al ensayo de quien lo escucha o de quien lo lee. La profundidad de su llegada será imposible de ocultar.

La contrapartida es, cuando se manipula intencionalmente o se modifica por el rumor, provoca pánico, enciende pasiones y pervierte ideas, muchas veces al sublimarlas a través de la manipulación intelectual, por ley del menor esfuerzo, esas mismas ideas son tomadas sin ahondar por el vulgo, como una cuestión de fe, y cumplen el objetivo de llevar a cabo acciones planificadas por otros.

Cuando las palabras son expresadas en prosa embellecen, se convierten en arte, son caricias para el alma, despliegan la esperanza, conmueven, enamoran, arrancan sonrisas, provocan lágrimas e igual que el fuego transmiten calidez, impulsan la comunicación entre los hombres de buena voluntad para fusionarlos en la primacía de la cordura, que aleja la violencia, por ende y como consecuencia, la destrucción de la humanidad. Esa sabiduría intangible e inocultable, puede verse transmitida como el humo provocado por ese fuego que cubre el horizonte.

Desde la antigüedad brota la voz de Séneca, el gran pensador romano que dijo: “Solo el arte en cualquiera de sus manifestaciones salvará al mundo”

                                                        HÉCTOR SCAGLIONE

EL REGRESO

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Los adolescentes se miraron. Él se derretía. Ella aceleró el pulso. A él se le agolpaban las palabras pero su lengua era en un trapo seco. Mudo, no le pudo decir. Ella, con las ganas de saber se limitó a mirarlo para adivinar qué. Después de un tiempo sin respuestas ni reacción, aburrida, se alejó de él. 
Cuando la vio con otro no lo pudo soportar, se sintió culpable por no haberse dado cuenta y también la culpó a ella. Entonces desertó. Su meta fue un lugar tan lejano y grande como la desesperanza. 
Se quería excluir de ese amor ignoto, aunque él sabía que no lo era pero quería creer lo contrario y repetía a la distancia el nombre de la amada, como si ésta, por arte de magia fuese a perdonarlo por la cobardía de no haberse animado.

Pasaron veinte años y regresó en el mismo tren que había partido. Nadie pudo reconocerlo después de tanto tiempo. Ignoto, recorrió el viejo barrio, averiguó y supo de ella.

— La señora Mabel es la dueña de la farmacia — le dijeron

Andaría cerca de los cuarenta, un poco menos tal vez. La recordaba adolescente, rubia, espigada de grandes ojos negros. Al seguirla desde lejos sin que ella lo supiese, la veía contoneando al caminar mientras dejaba una estela perfumada que él bebía, soñaba y sufría.

Ahora, ante el paso gigantesco que estaba por dar le temblaron las rodillas pero igual se animó. Como cualquier cliente bienintencionado se dirigió a la botica:
Lo atendió una voz áspera que nada tenía del melodioso antaño.

— ¿Qué desea el señorrr?

De apariencia descuidada, emanaba vahos de cebolla frita y otros aromas tan indefinidos como desagrables. No podía haber cambiado tanto. Qué fue de aquel grácil cuello de cisne que él recordaba, éste de piel engrosada con pliegues y arrugas exhibía unos collares grotescos y gruesos lentes culo de botella, daban marco al otrora bello rostro. No, no era posible que fuese ella, no la de sus sueños.

— ¿Me da un sobre de aspirinas?

Pagó y se marchó. Ella ni siquiera lo miró.

Con el alma hecha jirones fue directo a la estación a seguir soñando recuerdos en soledad y desde la lejanía. 
Pero el destino, tejedor de urdimbres inexplicables y fuera de todo razonamiento le tenía preparado otros planes:

¡Jacintooo!…Después de tanta ausencia le extrañó escuchar ese olvidado nombre de flor. 
Había llegado en secreto, sin que nadie se enterara, pero esa misma palabra se repitió imperativa y con una vibrante claridad: ¡JACINTOOO! 
Dio media vuelta, estaba a pocos pasos justo detrás suyo y ésta sí, era como la había imaginado pero mejor y el tren partió sin él.

                                           Héctor Scaglione

Una leyenda demasiado real

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Norte de Puerto Rico, Cayo Hueso y el archipiélago de Bermudas. Allí convergen rutas marítimas desde y hasta la costa este de EE.UU. Quienes solíamos cruzar habitualmente por el llamado Triángulo de las Bermudas, redoblamos la atención a los cambios climáticos. Aunque siempre subyacen sentimientos encontrados, pese a los adelantos de navegar con instrumental preciso y contar con máquinas confiables, eran de un valor relativo. Llegado el caso no alcanzaría para contrarrestar los avatares de un destino implacable.

El Triángulo del diablo o el limbo de los perdidos, así se lo denominaba, al decir de más de un historiador alocado, emitía líneas de fuerza que arrojaban rayos desde las profundidades donde, supuestamente estaba sumergido el continente desaparecido, la Atlántida. Otros lo llamaron coto de caza de alienígenas. Cada autor incluía su propia teoría, de dudosa o imposible verificación. La cuestión es que estaba en nuestra ruta y en unas pocas millas más comenzaríamos a atravesarlo por la parte sur. En broma pero no tanto, nos encomendamos al dios Neptuno, y el capitán, como todos los capitanes de buques mercantes, llevaban monedas de cobre antiguas para arrojarlas al mar por barlovento para calmarlos y, a veces lo lograban.

En una noche de charlas de sobremesa, uno de nuestros ingeniosos oficiales comenzó a contar historias de viejos naufragios, tema tabú porque podría atraer a la mala suerte, pero él pareció ignorarlo y se refirió precisamente al Triángulo de las Bermudas, donde nos dirigíamos. Peroraba como al desgano, pero en seguida atrapó a la audiencia:

El número de naufragios es mayor al conocido, porque hay temor entre los armadores. Si se supiese la verdad elegirían otros puertos para recalar (22) sus buques.

Nadie respiraba, esa aseveración era creíble.

Las fuerzas del mal, dicen, están concentradas en ese punto geográfico y de tanto en tanto cobran víctimas, como si fuesen criaturas destinadas a ser inmoladas.

Afirmando sus dichos con gestos ampulosos como si estuviese en un escenario y actuase para nosotros, sonreímos solo para la foto, pero en los rostros había un gesto de zozobra, el mismo que se manifestaba al iniciar cada cruce. Aunque el resto de la audiencia dijera no creer en hechizos y fantasmas, quedamos reflexionando. Estaba cansado y no quise seguir escuchando. Me retiré a decansar. En la intimidad del camarote, quedé mirando las figuras fantásticas que la fosforescencia del mar reflejaba en el techo. Demoré en dormir imaginando criaturas que surgían de las profundidades para devorar barcos y hombres, no pude conciliar el sueño.

Habíamos zarpado del puerto de Montevideo en agosto del setenta y seis, rumbo a New Orleans. En el comedor de oficiales, después de la cena, mientras nos acompañaba el ronroneo lejano y amigo de las máquinas, hacíamos planes para el arribo al próximo puerto: comunicarnos con nuestras familias a través del radioteléfono, visitar algunos puntos de interés y disfrutar del buen jazz en la Bourbon Street.

Navegando en ruta se nos fue acercando un buque que había zarpado de Buenos Aires y se dirigía a Norfolk. Al tomar contacto radial nos enteramos de que era de bandera panameña y la tripulación uruguaya. Luego quedaron a vista de prismáticos. Nos deslizábamos suavemente en un mar bastante calmo. Navegaríamos juntos el largo trecho de nuestras rutas coincidentes, hasta los límites del triángulo. Eduardo, nuestro capitán era conocido del otro, así que haríamos el viaje en compañía las casi dos semanas que demandaba. Sincronizamos velocidades para igualarnos o quedar próximos. La travesía se haría más corta. Intercambiamos diarios y revistas viejas, discos de tango y de jazz, bien embalados para que no se mojaran y atados a una boya que desde un buque se arrojaba al mar y, al aproximarse el otro, lo recogía con un gancho. Nos separaban 7200 millas náuticas de nuestro destino, gran parte insumidos en el rodeo del territorio de Brasil, hasta llegar al Mar Caribe con sus brisas cálidas. A lo lejos las Antillas Menores eran como joyas engarzadas en un mar esmeralda, en contraste con el cielo azul profundo. ¿Ante semejante espectáculo quién podía pensar en tempestades? El otro buque picó máquinas para adelantar camino, y nos despedimos con pitadas prolongadas, deseándonos buenos vientos en la travesía y buenos arribos a puerto. Ese atardecer tomamos sol en cubierta mecidos por el suave y acompasado rolido. Más adelante corregimos rumbo para pasar por el norte de Puerto Rico. Navegamos sin novedad en un mar apacible cuando apareció el jefe de radio, corriendo al encuentro del capitán que se encontraba en cubierta.

¡Capitán, el último parte indica que un huracán se está formando al sur del triángulo!

El oficial, al entregar el parte, delató un leve temblor en sus manos, que no pudo ocultar. Con el papel en mano se le pintó un gesto de preocupación. Sin responder, subió al puente en cuatro zancadas, quitó el piloto automático e hizo caer al buque ciento ochenta grados el cual, con muy buen tino modificó el rumbo para llevarlo a fondear a sotavento (23) de Santo Domingo y aguardar el tiempo necesario a que amainara. Mientras, esperaríamos fondeados y al reparo. El buque panameño al cambiar de rumbo nos sacó una ventaja de varias horas, y ya estaría atravesando el triángulo mucho más profundamente. Eduardo se comunicó con él, pese a los ruidos de la estática y las malas condiciones atmosféricas. El uruguayo contó que navegaba en medio de una calima (24) profunda, y por momentos, cuando aclaraba un poco no podía distinguir la línea del horizonte. A babor de una de las Antillas mayores, que estaba ante su vista, le pareció que flotaba en el aire. Ilusión óptica que, sumada a la lectura del barómetro que precedía a los huracanes. Él, conocedor de estas señales bien podía haber evitado quedar atrapado y dentro de sus posibilidades intentar resguardarse en las islas, pero el armador, por cuestiones económicas, lo había instado a apurar la marcha para llegar a tiempo para la descarga. Después se desvaneció la comunicación con nuestro buque pero, nos quedó la esperanza de que la hubieran podido captar y ajustarse al mensaje meteorológico. El tiempo pasa, inexorable.

Eduardo, a los gritos ante el micrófono, trata de continuar una comunicación, evidentemente imposible. Los nudillos de su mano derecha están blancos de tanto apretar el pulsador del micrófono del BLU (25), y las venas de su cuello a punto de reventar cuando fuerza la voz. Después de un débil contacto, la mala emisión del capitán del buque uruguayo se desvanece totalmente y otra vez la estática surge más ruidosa.

Pasan las horas, el cielo se torna plomizo, y comienza a soplar el viento en un acompasado incremento hasta convertirse en una máquina infernal. Con las dos anclas de proa firmemente fondeadas, el buque bornea (26) hasta alinearse con la proa al viento. El agua del mar, pese a estar al reparo de la isla, volaba de las crestas de la olas y se mezclaba con el viento formando una cortina impenetrable.

Cruzamos una mirada con Eduardo y un gesto de desaliento se pintó en su rostro. —¡Si así estamos al reparo!… La radio dejó de emitir chirridos y después de un turno de guardia sin novedad, la voz del colega uruguayo, salió con toda potencia, emitiendo el pedido de auxilio que da escalofríos escuchar. Se hundía:

¡MAYDAY MAYDAY MAYDAY!

Al no contar con la información exacta de su posición geográfica, transmite el pedido de auxilio con datos estimados.

¡Estamos en medio de una tormenta, los instrumentos dan marcación confusa!

¡No puedo precisar rumbo… ni posición!! ¡¡No tengo visibilidad!

¡Estamos envueltos en un torbellino de agua y vientos endemoniados!

¡¡Tenemos una vía de agua en las bodegas de proa, se están inundando!!

La última vez que pudo escucharse la voz del amigo uruguayo, fue emitiendo el pedido internacional de socorro, con fuerza y desesperación:

¡MAYDAY MAYDAY MAYDAY!

La voz se distorsionaba y empequeñecía. Por momentos se corta unos instantes y después se silenció por completo.

En el puente del B/M ¨Luis Ferro¨ contuvimos la respiración. Rodeados por la inmensidad oceánica, ante los designios de la naturaleza o de Dios nos sentíamos más pequeños e impotente. Hubiésemos sido preferible seguir escuchando, aunque sea el patético pedido de auxilio, pero desde los parlantes solo brota un zumbido sordo alterado por la estática. Un silencio de sepulcro se instaló en el puente de mando, nadie, ni siquiera Eduardo se animó a arriesgar una hipótesis sobre lo que pudo haber ocurrido. En la intimidad todos lo presentimos.

Esa noche continuamos fondeados y al reparo, con la vana esperanza de que los uruguayos hubiesen alcanzado a resguardarse en alguna isla. Mantuvimos el VHF y BLU encendidos y sintonizados en su frecuencia a todo volumen. Solo se escuchaba el molesto chirrido atmosférico. Después el capitán, con pesar, decidió dejar habilitado solamente el canal 16 usado para emergencias.

A la mañana siguiente, con un vibrante reporte radial de la Guardia Costera norteamericana, levantaban las restricciones a la navegación en la zona. Dando aviso del posible naufragio de un buque de bandera panameña y comunica la posición estimada. Aviones y buques de la misma guardia salieron en su búsqueda, rastrearon la zona en cuadrículas y no encontraron sobrevivientes. Solo algunos restos sin identificar.

Cada cual permaneció sumido en sus propias reflexiones. Nos fue difícil aceptar el mandato del destino. Se habían perdido las vidas de nuestros colegas. Jamás serían encontrados como sucedió casi siempre con las víctimas de triángulo. Nos recogimos en silencio como elevando un responso por los camaradas que ya no estaban. La vida continuó pero no fue la misma, el antes y el después la habían modificado.

Con una leve y desganada resaca el huracán perdía fuerzas como si nunca las hubiese tenido. Levamos anclas para continuar rumbo a nuestro destino. Ahora el mar parecía inocente.

Publicado en “MAR, historias de vida”

                                                                  Héctor Scaglione

SER NIÑO

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Ser niño es ser dueño de un poder que se perderá al dejar de serlo.

Una imaginación sin límites donde se concretan sueños imposibles.

En presencia de otro niño, solo con mirarse se conocen y casi de inmediato detectan las afinidades que pueden unirlos o no, ser amigos o no.

Antes de aprender a hablar, lee los labios de quien lo hace.

Interpreta gestos antes que palabras.

Descubre las intenciones de los mayores y se resguarda de ellos rechazándolos cuando, por falta de tacto o afinidad, no pueden comprender sus actitudes, aunque ellos, para justificarse los crean unos pequeños “bandidos” y “malcriados” la realidad es que no pueden conectarse, no pueden acceder, no les pueden llegar.

En ese universo el niño ve en los mayores a quien les pone límites, según dicen, para que no se conviertan en pequeños dictadores, pero la educación es un ida y vuelta, el niño con su rapidez mental da respuestas inesperadas, esa espontaneidad también enseña.

Por estas razones hay que volver a lo original, aprender otra vez a ser niños, contarles cuentos es una de las tácticas para introducirse en el mundo interior, compartir sus fantasías, hacerlas crecer.

Y los mayores despojarse de la supuesta “sapiencia” adulta, y buscar la adaptación sin rebusques para que no haya barreras que les impida pasar, entonces, no deberán justificar el fracaso simplificando la cosa, juzgándolos ¡Y… son chicos, no se dan cuenta de lo que dicen o hacen! Nada más falso.

Crecen rápido, aprenden de la misma manera pero, alrededor de los ocho años, inducidos tal vez por los adultos que, desesperados para que los emulen y sean *competitivos en la vida* les obstruyen esa especial sabiduría en rápido crecimiento, y a partir de allí los niños comenzaron a perder la cualidad.

Después, ya adultos aunque lo olviden, continuará latente en el subconsciente de cada uno, y cada tanto volverá a aflorar, muchas veces se sentirán, nos sentiremos otra vez niños pero, con una sonrisa cómplice y, un poquitín de pudor, lo ocultaremos a los demás.

Haber visto crecer a los hijos, desde pequeños hasta que tuvieron sus propios hijos, nosotros ya abuelos recién llegamos a comprender esa brillante sabiduría que, ante temores infundados les limitamos y, a partir de allí comenzaron a ser parecidos a nosotros.

Tal vez por eso, como un retorno a los orígenes, y porque comprendimos el misterio, sin buscarlo retornamos a la originalidad de la belleza de las relaciones humanas que, pese a la diferencia generacional o a raíz de ella, la afinidad entre nietos y abuelos sea tan cálida y excepcional.

                           Héctor Scaglione


La onda fugitiva, carta al poeta

 

En aquel patio de Sevilla donde transcurrió tu infancia, desentrañaste el misterio de los recuerdos hasta convertirlos en magia, ahí apareció la belleza y te brotaron las palabras en manantial inagotable.

Después, esas mismas palabras, como el orfebre en búsqueda de la forma, lastima sus manos al batir los metales, vos con la pluma te desgarraste el alma en cada verso, y brotó la musicalidad de la prosa. Convertida ahora en obra de arte como ofrenda y sacrificio, para penetrar en el alma de quien le llegue.

En soledad encontraste el camino lejos de la pompa y el boato, único capital que pagó tu alimento y tu vestido, no acumulaste riquezas, a nadie debes. Solo, en compañía de las palabras, comprendiste que quien acumula atesora, y quien atesora pierde el bien más preciado, la libertad.

Intuyes que una vida no alcanza para expresar la vastedad de los instantes, e Intentas capturar la onda fugitiva para eternizarla. Aunque la trágica España de tus amores no te de tregua. Desde el exilio piensas en esa tierra que se desangra y, en marcha macabra silencia la voz de los poetas, ora encarcelados, ora fusilados ora muertos de tristeza.

Cuando el horror, rodeado de destrucción y muerte te haga olvidar de la belleza, los bramidos de la guerra ocuparon con intensidad la prosa, y antes de que acaben los recuerdos, las voces de tu mente brotarán en torrente, y la pluma volará con urgencia hasta agotar la tinta y el papel.

Desterrado y enfermo de agonía, cuando llegues al fin de tu camino y estés casi olvidado, desde una España redimida, libre, tus versos vibrarán plenos, hechos música en boca del trovador, y renaciendo en cada estrofa en los labios frescos de alguna muchacha enamorada.

                                                                             Héctor Scaglione