Buque científico “Capitán Oca Balda”

En el buque oceanográfico y de investigación pesquera “Capitán Oca Balda”, del que fui jefe de máquinas entre los años 1994 y 1999, tenía su base en la dársena Naval de Mar del Plata. Ya fuera de servicio todavía se lo puede ver entre los buques del INIDEP que ya no navegan, arrumbado y con su larga historia a cuestas. 

Mariano Pavicic, artista plástico, amigo, colega y compañero de trabajo en el mismo barco, lo plasmó en plena navegación, eternizándolo en un realismo plástico casi mágico. Juntos y el resto de la tripulación domamos tormentas a lo largo y ancho de nuestro extenso litoral marítimo desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo de Hornos incluyendo nuestras Malvinas, Isla de los Estados y Georgias del Sur. Convencidos y junto al personal de científicos embarcados, en lucha por la conservación de las especies y la no contaminación de los mares. Soñando con que las generaciones futuras puedan disfrutar de un mundo mejor y más limpio.

                    Héctor Edgardo Scaglione

La vieja casona

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Su aspecto exterior incita a la curiosidad, los ventanales cerrados le dan cierto aspecto de abandono. Quienes se atreven a traspasar los ennegrecidos muros, dicen escuchar el crujir de muebles, ruido de pasos, leve brisa como si alguien pasase muy cerca, además un olor a humedad que contribuye más a la intriga. El dueño de la inmobiliaria suele decir, a quien solicita información, que el mantenimiento del edificio es perfecto, salvo el sótano por unos trastos viejos que más adelante serán retirados, el olor seguro viene de allí, nada para preocuparse.

Los antiguos jardines, son un entorno yermo desdibujados en las tinieblas nocturnas, componen una escenografía tenebrosa y, brotan como fantasmas las historias de quienes la habitaron y se perciben al acercarse a la vieja casona.

Al entrar a la casa se escuchan, como de costumbre, ruidos que brotan del placard, golpes breves apenas audibles, como si alguien intentara comunicarse.

No pasó mucho tiempo que, el muchacho de unos treinta años recién llegado al pueblo, se mudó a esa casona que lo enamora apenas tomar contacto con ella.

Y le suceden rarezas, de la heladera bien provista, faltan alimentos. Él considera imposible que alguien pueda invadir la casa en su ausencia. El mobiliario y los utensilios están en su acostumbrado desorden, como él suele dejarlos. Pero los alimentos diezman y eso le preocupa. Cambió las cerraduras de las puertas y, por las dudas reforzó el cierre de las persianas que dan a la calle.

Una noche de tormenta, los relámpagos relumbran en las tinieblas de la habitación formando figuras fantasmales. En esa dinámica presiente que alguien lo esta observando, después, el siseo de otra respiración lo confirma.

Contiene el aliento y queda como atornillado a la cama para no delatarse. Escucha sus propios latidos y un hormigueo que le arranca desde la nuca hasta la punta de los dedos de los pies. Al tratar de encender la luz de un manotazo el velador se hace añicos contra el piso. Salta de la cama y enciende la lámpara cenital, nada, no encuentra nada, busca bajo la cama, dentro del baño, en los placares. Después no le es fácil volver a conciliar el sueño.

Un día decide alterar la rutina y regresa a casa antes de lo previsto. Lo alegra llegar justo al momento de escuchar ruidos en al baño, toma un atizador justo en el momento que la ducha acaba de cerrarse. Se acerca en silencio y al llegar a la puerta entreabierta ve a una muchacha desnuda quien, ante su presencia se sobresalta y la toalla con que se está secando cae a sus pies, da un salto y pasa junto a él como una exhalación, da un portazo y desaparece dentro de la habitación. Él corre ese corto trecho sin poder alcanzarla. Se esfuma sin dejar el mínimo rastro, ni siquiera el de los pies mojados sobre el piso.

La presencia de la muchacha, aunque fugaz lo perturbó.

Un amigo y compañero de trabajo, al verlo taciturno y con cara de no haber descansado le pregunta. ¿Qué puede contestarle? ¿Que tiene pesadillas y que alguien sin ser invitado, lo visita y le come sus provisiones? Solo lo mira sin contestar.

Pese al vértigo que le produce, desea que llegue la hora de retirarse y estar pronto en casa. La curiosidad vence al miedo que ya se le hace carne.

Al llegar, como siempre revisa la casa hasta el último rincón y nada, salvo; tras el empapelado algo deteriorado, que cubre una de la paredes de la sala principal, aparecen las marcas de haber estado colgada una de las pinturas con personajes que suele ver en sueños recurrentes.

Despega el papel de arriba abajo y comprueba estar en lo cierto, aunque cree que, tal vez haya sido una casualidad. En cuanto a los ruidos le dijeron que podrían tratarse de las tuberías de agua caliente, igual sigue preocupado.

Una noche, inesperadamente la muchacha toma contacto con él, sin decir palabra le tiende una mano para guiarlo hasta el fondo del placard. Toca una de las tablas laterales en el lugar exacto, y queda ante la vista de un pasaje. Se desliza tras ella por lo que parece ser un túnel. Lejos de mostrar vergüenza por su desnudez, sonríe con naturalidad y sus palabras suenan a música, quiere abrazarla pero ella lo rechaza con suavidad. Al llegar al final del pasadizo mal iluminado, se encuentra en una habitación desconocida, aunque parece ser en la misma casa pero con otros muebles.

Vuelve a desaparecer, queda solo, comienza a buscarla por salas y habitaciones como si formaran parte de un laberinto. No puede dar con ella, tampoco encuentra el camino de regreso.

Al abrir una de las tantas puertas, un vacío inapelable se abre bajo sus pies. Cuando comienza a caer lanza un grito. Logra despertar, se levanta temblando, cubierto de sudor mira el placard y no encuentra ningún indicio de puerta.

Intenta dormir sin conseguirlo, se levanta y enciende todas las luces, incluso la que hay dentro del guardarropa y lo inspecciona en sus mínimos detalles sin encontrar nada, la pared es muy sólida, nada hace suponer que alguien pueda haber pasado por allí.

Después de varias noches sin experiencias oníricas, o como se las quiera llamar, sin ni siquiera escuchar los ruidos acostumbrados, piensa que todo deberá haber sido fruto de la imaginación. Se siente solo y sumido en cavilaciones, sin poder conciliar el sueño.

Esa noche en estado de sopor, siente el aliento de alguien cerca suyo, abre despacio los ojos creyendo que sueña, y la ve. Es de una belleza conmovedora. Esta vez no lo rechaza, deja que la tome de su talle, la piel es tibia, y una sonrisa llena de promesas lo trastornan. Sin perder tiempo se levanta y tomándolo de la mano, lo guía hasta el hueco. Ambos se introducen por el largo pasadizo.

Dejó de concurrir al trabajo y a los lugares que solía frecuentar, parece haberse esfumado. Sus compañeros, después de unos días van donde dijo que vivía. La casa tiene aspecto tétrico, a pesar de ese detalle, entran. Todo esta revuelto y parece abandonado. Se miran sin comprender. Verifican que la dirección fuese la correcta y al ver las ropas que él solía usar, no tuvieron dudas.

El retrato antiguo, desprendido del clavo roto por el paso del tiempo y el herrumbre, esta apoyado a la pared, al darlo vuelta, después de quitarle el polvillo ven la figura de una hermosa joven y en segundo plano alguien que, pese al rostro algo esfumado se parece mucho al amigo desaparecido.

                                       Héctor Edgardo Scaglione

El río en llamas

Chatarra espacial

 

En la comodidad del departamento Pablo escucha música con los auriculares puestos y a todo volumen. Según él, pierde la noción del tiempo y se inspira en la creatividad de los diseños gráficos.

Por costumbre, antes de ir a descansar sale al balcón, se distiende, aspira la brisa fresca que viene del río y goza de la belleza del cielo nocturno, donde resaltan los astros de primera magnitud, las extrañas y titilantes pulsares y las estaciones orbitales que trazan vectores luminosos sobre la cúpula celeste.

En el instante que comienza a asomar el sol por el horizonte, culmina el goce estético junto a una noche de desvelos, y se desliza en sueño reparador hasta la hora del almuerzo, tipo dos, tres de la tarde o más.

Pero esa madrugada sucedió algo inusual. Al comienzo de la noche un apagón general asordó el hervidero de coches por Libertador en el regreso a casa. En medio de un silencio denso y sin sudestada como en otras oportunidades, el río rumoroso invadió la avenida.

Una hora antes, patrulleros de policía y bomberos pasaron raudos con altavoces y sirenas instando a la población a evacuar la zona. Pablo, por razones obvias, desde el noveno piso de Libertador y Vergara en Vicente López, no escuchó nada.

Ahora siente su propia respiración. El silencio es sólido y se borran las luces de la ciudad. Después, unos golpes en la puerta del departamento lo traen a la realidad, es Tamara vecina de piso y azafata de “Austral” apenas entra lo abraza con fuerza y, al mirar hacia fuera, una masa de fuego pasa vertiginosa dejando el resplandor rojizo. Parpadean como para aclararse la vista ya que es lo único luminoso que resalta. Al acercarse al ventanal que da al río una estruendosa explosión los sorprende. Pablo mira a Tamara tratando de comprender:

¡Qué está pasando, Pablo!

¡No lo sé! escuchaba música cuando se cortó la luz.

Aterrorizada, dirige sus ojos al río se apreta más a su cuerpo.

¡Qué es eso!

¡Qué sé yo! será alguna boludez. Cuando se cortó la luz empezaron a pasar cosas.

¡A mí no me parece una boludez, Pablo! Es muy raro, se escucharon gritos y corridas en los pasillos, después, a pesar del silencio no me pude volver a dormir.

Tenés razón, algo se oía, pero no le di bola, tal vez en ese momento habían comenzado a irse todos.

En vez de tranquilizarse por la cercanía mutua, están cada vez más alarmados, Pablo trata de disimularlo.

¡Los vecinos fueron avisados que algo iba a pasar y se retiraron todos, debemos ser los únicos tarados que quedamos en el edificio! Golpean a la puerta con inusitada fuerza. Sin preguntar quién es, Pablo abre, es Manuel el encargado del edificio quién al verlos comienza a llorar con desesperación. Cuando se recompone un poco:

Mi señora salió al cine con los chicos y no volvió ¡Es un desastre, no sé qué hacer! Lo miraban con curiosidad. Cuando logró calmarse un poco, preguntó incrédulo:

¡Cómo!… ¿no saben qué está pasando?

¿Qué sé yo, serán fuegos artificiales, sino qué carajo va a ser?

Parecían aviones envueltos en llamas. Venían del sur, algunos caían al río, que ese atardecer lo vieron extraño, no había viento pero sí olas y de las grandes. Algunos de los objetos se precipitaban al agua, otros seguían en vuelo rasante para caer, casi seguro, más al norte.

Aviones tampoco son, aunque parezcan —dijo Tamara con una vocecita apenas audible.

Y que son Tamara ¿monstruos que llegan del espacio? Le pregunta Pablo.

Al interrumpirse el circuito de Internet y telefónico, se sienten realmente solos. Son vulnerables.

Esta noche tenía un vuelo a Rosario ¿Ahora qué hago?

Nada, boluda ahora miremos el espectáculo, mientras esperamos ver qué pasa. Ella lo mira incrédula. En tono risueño Pablo le dice:

¡Debe ser el fin del mundo, Tamara!

Sin contestarle le clavó la mirada, como queriendo descubrir algún mensaje oculto, ya que no era momento para bromas. Levemente iluminado por la luz de una vela, Manuel se persigna y parece rezar, les dio lástima y un poco de risa.

Oriundo de Tucumán, había llegado a la gran ciudad y siempre conservó su tonada y sencillez provinciana. En ese momento no sabía qué hacer, ni cómo le explicaría a su familia no haberla podido proteger. Tomándose de la cabeza, solloza:

Ay diosito mío ¡por qué me dejaste venir a Buenos Aires!

Desde el lado del puerto vieron acercarse una bola de fuego a velocidad impresionante, luego otra y otra que caían a la altura del canal Mitre, donde por suerte en ese momento no habían buques en navegación. Al tomar contacto con el agua desprenden olas gigantes y nubes de vapor que empañan los vidrios del departamento.

¿Qué lo parió? ¿Vieron esa mierda que cayó?

Al tocar el agua parece incendiarla y produce el ruido de un trueno que retiembla en los vidrios de las ventanas. Pablo, que rara vez ve televisión ni se informa de las noticias. Tamara tampoco porque cuando duerme puede hacerlo por 24 horas seguidas sin enterarse de nada.

Manuel intenta explicarles, pero el miedo que siente no lo deja coordinar con claridad. Tamara y Pablo lo ignoran en silencio. Miran por la ventana, cada tanto cae una bola de fuego y siguen otras en la misma trayectoria hasta perderse de vista con rumbo norte.

El cielo esta opaco, no se ven las estrellas. Los puntos luminosos de las esferas perforan la capa neblinosa y antes de chocar con el agua, se expanden en chispas y lenguas de fuego. El río crecido cubre la avenida y casi tapa los autos abandonados.

Se sobresaltaron al escuchar ruidos en los pasillos justo frente a la puerta del departamento. Pablo va a abrir pero se contiene al ver un resplandor intenso que se filtra debajo de la puerta. Instintivamente va a la cocina y se arma con un cuchillo de los grandes, Tamara, que llora en silencio sin despegarse de su lado, lo contiene.

Manuel salta como impulsado por un resorte, cobra nueva dimensión, ayuda a correr los muebles hasta hacer una pared sólida frente a la puerta de entrada. Las voces del pasillo, ahora son ruidos ininteligibles. Ellos, para no delatarse jadean en silencio por el esfuerzo.

La adrenalina les acelera el pulso y los hace transpirar. Encima, los rezos de Manuel parecen taladrarles la cabeza, en vez de ayudar les contagia su miedo hasta hacerlos sentir incapaces de enfrentar lo que fuere.

¡BASTA Manuel! ¡TERMINALA de una vez!

El encargado hizo mutis, cerrando la boca como si lo desconectaran. En medio del silencio escuchan sus propias respiraciones, y nada más, abajo ya no rumorea el río y deja de caer fuego, pero casi no lo notan. Tamara y Pablo, con mucho cuidado se asoman al balcón…

el agua que un rato antes inundara la avenida, se escurre por las alcantarillas.

Algunos vecinos comienzan a reunirse en la calle o vagan sin rumbo, parecen aturdidos. Buscando estar acompañados para mitigar aprensiones y entender qué pasa. Algún coche, lentamente, comienza a circular a contramano por la gente entorpece la cinta asfáltica. La luna llena intenta translucirse a través de un delgado manto de nubes que corren como si hubiese viento de altura. Abajo los caminantes parecen sombras.

Tamara y Pablo, tensos, esperan nuevas explosiones, tal vez las mayores y que alguna masa ígnea, la mayor de todas pudiera alterar su trayectoria y dar de lleno contra el edificio donde viven, es una posibilidad.

Se miran y la elocuencia de sus silencios habla del desasosiego que los embarga. Al consumirse la única vela, ya no pueden ver la cara de Manuel, pero lo escuchan gemir en silencio. Mientras, aguardan el cataclismo mayor como una fatalidad inevitable, el silencio se mantiene sólido, a pesar de prolongarse se resisten a creer que hubiese acabado todo o que la vida después pudiera continuar como si nada hubiese pasado. Otro resplandor entra por la ventana y los saca del ensimismamiento, instintivamente se agazapan como esperando el golpe, y que la esfera impacte contra el edificio.

No pasó nada, después ni siquiera se asomaron a ver dónde caía porque estaban fuertemente abrazados. Los vidrios de las ventanas se empañaron por un vapor que parece invadirlo todo. Ellos en una comunión que los fortalece, como un fuego diferente al de afuera, les crece adentro. Transcurrieron las últimas horas sentados en el suelo, charlando, haciendo proyectos.

Faltaba poco para el amanecer cuando notaron que la niebla se había disipado totalmente. A lo lejos, por la línea de la costa, hacia la capital, comenzaron a encenderse las luces de los edificios y las del propio departamento. Se miran las caras, pálidos por la tensión. El teléfono vuelve a tener tono y comienza a sonar pero nadie sabe nada. Encienden el televisor y la voz de un locutor, denotando fatiga, intenta transmitir alivio:

La esperada chatarra espacial, finalmente cayó… en el Río de la Plata… entre Vicente López y San Isidro…todavía no se han reportado víctimas… Manuel, que parece continuar preso del pánico sacude los hombros convulsivamente. Pablo se agacha junto a él y trata de serenarlo.

Tranqui loco, ya pasó todo.

Pero no lo escucha, al tomarlo de los hombros y rozarle el cuello sin querer, lo nota frío, un frío intenso que irradia la piel. Y, al sentir las manos de Pablo da un respingo como si despertara mal o hubiese recibido un choque eléctrico. Sorprendidos por esa reacción se retiran a una distancia prudencial y lo observan sin perder detalles de sus movimientos, es lo único que pueden hacer. Intentan pedir ayuda, pero en vano, las líneas telefónicas están colapsadas. Tampoco es aconsejable salir del departamento. Al fondo de Vergara, sobre el paseo de la costa, un vehículo anfibio llegó desde el río y acaba de estacionar.

 

Los vecinos reunidos en la calle, ahora se dirigen hacia la costa para abordarlo. Manuel comienza a moverse con vigor, levanta la cabeza y los mira a los ojos. Ya no es el encargado sonriente que limpiaba los pisos por las mañanas. Éste es muy diferente al de hacía unos instantes. Emana autoridad y en sus gestos demuestran resolución:

Eh, ustedes, liberemos la puerta. Tengo que salir.

Acompañando las palabras a los hechos, con energía y velocidad desconocidas, casi sin ayuda quita los obstáculos. Al salir dejando la puerta abierta, unos personajes se le acercan, y al rodearlo emanan un extraño fulgor, el mismo que Pablo había visto filtrarse debajo de la puerta.

Rápido como la luz nota que una de las siluetas que parecían sombras, se abre del grupo dirigiéndose resueltamente hacía el departamento hasta casi lograr su objetivo. Alcanza a cerrar con llave y colocar las trabas. Muebles y colchones volvieron a tapiar la puerta. Si en un principio habían servido… Televisión y radios dejaron de transmitir, internet y teléfonos vuelven a quedar mudos.

Tamara y Pablo se preparan para resistir.

                 Héctor Edgardo Scaglione

Destinos cruzados

Destinos

 

Sale de la consulta con el resultado de los estudios médicos que acaban de darle, y se siente cortado al medio. Tantos proyectos en familia junto a sus hijos, quedarán ahora frustrados. Sin saber qué hacer ni donde ir se demora en llegar al estacionamiento.

Como escritor amateur, justo a él le pasa lo mismo que a uno de sus personajes, tiene cáncer y va a morir en poco tiempo. Sube al auto sin saber hacia donde ir. Sumido en sus pensamiento maneja mecánicamente, cuando lo sorprende un fuerte impacto sobre capot y parabrisas. Clava los frenos. Sobre el cristal astillado hay salpicaduras de sangre que le impiden en parte la visión. Sin bajar del vehículo ve que atropelló a alguien y ese alguien permanece sobre el asfalto muy quieto, desparramado como una marioneta desarticulada.

De niño fantaseó con ser astronauta. Pero, al terminar la secundaria comprende que no será posible cumplir semejante sueño. A pesar de todo, en su afán era volar lo hizo sin salir del ámbito de la tierra. Llegó a piloto comercial, profesión que ama, colma sus expectativas, y vive muy bien de ello. Ahora, ante la realidad que lo golpea, no puede demostrar esa seguridad que suele esgrimir ante tripulantes y pasajeros. Un abismo brutal se abre bajo sus pies, siente miedo.

Con 54 años que no representa, de estatura mediana, cabello entrecano, sonrisa seductora, amigo de sus amigos. Buen carácter, natural y campechano, aunque hay algo en él que no trasluce en sus charlas, salvo con los íntimos.

Está casado con Marta desde hace 25 años y al decir de sus amigos es el matrimonio perfecto. Si tiene defectos no se los conoce o los disimula. Es generoso y buena persona, no guarda rencores a pesar de ser un apasionado discutidor. Tal vez por su trabajo, tuvo entreveros amorosos, Marta, de haberse enterado nunca lo llegó a confesar ni a recriminarle nada. Es agnóstico a pesar que en momentos de peligro suele encomendarse a Dios. Por naturaleza promueve su propia anarquía de negar toda autoridad, pero es solo una utopía que guarda muy adentro. Es respetuoso de las leyes pero no desea tener que dar explicaciones a nadie.

Sin salir del estupor, queda muy quieto en el interior del coche, su refugio. hasta que se encargan de traerlo a la realidad:

Señor, estacione y acompáñenos a la comisaría —le dijo con determinación, un oficial de policía.

Juro que no lo vi.

De acuerdo, no podría haberlo visto porque se arrojó desde el puente —le contesta lacónico.

Saber ese detalle no le hizo sentir alivio ni alegría, pero sí un poco de envidia no haber sido él quién logró hacerle un clic a la vida. Poder pasar al olvido de una vez y para siempre hubiese sido maravilloso. Cuando al percibir una fuerte vibración sobre la tetilla izquierda cree que le esta sobreviniendo un infarto, se alegra que por fin se adelanten los tiempos, pero no, es el celular en modo vibración que suena en el bolsillo de la camisa. Antes de reaccionar y atenderlo escucha casi toda una sonata de Mozart:

Lo llamamos del sanatorio señor Sánchez.

Si, lo escucho. —¿Podría venir ahora? Es urgente le debemos algunas explicaciones.

No, no puedo ¿de qué se trata?

Lo lamentamos pero ha habido un error en los análisis. Advirtiendo el tono compungido de quien habla.

¿Quiere decir que no tengo cáncer?

Exacto.

Cortó la comunicación, no supo si gritar de contento o enojarse por la falta de profesionalidad de los responsables. Comienza a reír primero entre dientes, después rompe en una estruendosa carcajada. En la comisaría piensan que se está volviendo loco.

Deben ser los nervios —dice un oficial.

Disculpen. Me acordé de algo muy gracioso —mintió Sánchez.

Ahh menos mal —dicen a coro, y parecen quedar aliviados.

Puede retirarse Sr. Sánchez, el accidentado va a vivir, solo se rompió una pierna.

Queda como tildado, y cuando, ante la falta de reacción, el oficial, con el ceño fruncido mira al hasta recién imputado de homicidio culposo que, por lógica debería saltar de júbilo, no lo hace. Sánchez le contesta:

Yo también voy a vivir comisario, gracias.               

                          Héctor Edgardo Scaglione

La película que no pude ver

La dolce vita

Aquel anochecer mi vuelo desde Ezeiza, debió arribar a Roma por razones técnicas. Y desde el Fiumicino me trasladan a la ciudad, me alojan dentro del casco histórico justo frente al Forum. Como un milagro a pocos pasos del hotel, me enfrento a parte de las nutridas y profundas historias de aquel imperio más poderoso de la tierra.

Aunque cansado por el viaje, una vez alojado salí a dar una vuelta por los alrededores. Sin premeditación, aparezco frente a la Fontana di Trevi, desierta de paseantes y turistas a esa hora. Me acomodo frente a la fuente, mientras se escucha a lo lejos la voz de Doménico Modugno que modula “Dío, come ti amo” y siguen otras que brotan de esa noche mágica y nostalgiosa.

El ruido del agua de la cascada suena como un arrullo. Y en la paz de esos momentos viene a mi memoria la película que en mi juventud no me dejaron ver.

A los pocos minutos, se silencia el ruido del agua, se apagan los reflectores y queda el lugar en semi penumbras, salgo del ensimismamiento, pero… ¡Es igual que en la película! Fuerzo la vista y me sobresalta al ver a alguien dentro de la fuente ¡que avanza! Me da un escalofrío. ¡Es Anita Ekberg con su vestido negro y viene directo en mi dirección! creo que voy a desmayarme ¿estaré soñando? La diosa sueca, al momento de levantar una pierna para salir de la fuente… quedo duro como una tabla y pese al esfuerzo no alcanzo a ver su piel de porcelana.

Vuelvo el tiempo atrás; Buenos Aires, década de los años ´60, linterna mágica de sueños de celuloide plasmados en la calle Lavalle. El destacado cine “Metropólitan” exhibe sus marquesinas con figuras del estreno, tan esperado como prohibido: “La Dolce Vita” dirigida por Federico Fellini.

Corre el año 1961; espero en la cola junto a mis dos amigos para sacar las entradas. Mientras admiro los afiches gigantes. Anita Ekberg de tan blanca parece pertenecer al grupo escultórico de la Fontana, pero no, es real, su piel se puede tocar, sus labios entreabiertos como susurrando besos, los pechos turgentes y generosos pugnan por asomar rebasando el escote del vestido negro. En segundo plano Marcello Mastroianni se integra a la escena predominante y absoluta de Anita Ekberg. La ansiedad no me da tregua y continúo alimentando la imaginación.

No veo la hora de pasar la ventanilla inquisidora y sacar la entrada de una vez. Paciencia, dentro de unos instantes estaré cómodamente sentado en la platea, soportando el número vivo hasta que termine, se apaguen las luces y comience la magia. Mientras, imagino a la Anita de carne y hueso que en un instante parece cobrar vida y corresponderme con un movimiento de labios. No puedo con mi ansiedad, al llegar por fin a la boletería, trato que no se me note tanta angustia acumulada:

Me da una platea

¿Cuántos años tenés, pibe?

Esa voz desagradable y autoritaria, resaltó lo de pibe que me preció inadecuado pero, era Dios vigilando quién podía y quién no.

Dieciocho

Dije en tono desafiante.

¡Mostrame la libreta de enrolamiento!

No la traje, pero tengo cédula.

A ver.

No hacía calor pero comencé a transpirar, me faltaban tres meses para cumplir la gloriosa mayoría de edad y no podía ser que por esa insignificancia me fueran a rechazar.

Me juego, la cédula tenía un poco borroneado el año de nacimiento, por ahí hasta podría pasar.

El tipo mira el documento, me compara con la foto, lo cambia de perspectiva, después se la muestra al compañero, y entonces hacen la seña fatal, el movimiento acompasado de la cabeza a ambos lados y yo que me desmorono, sino lloré fue por pura vergüenza. El joven es menor, comentan entre ellos.

Uno de los taquilleros resaltó lo de menor y lo de pibe, sentí como una puñalada en el pecho y ya iba a comenzar a discutir, hasta que alguien de vigilancia me toca suavemente la manga del saco para disuadirme.

Lo siento muchacho, no puede ingresar.

Uno de mis amigos, el que me precede en la cola, y me espera en la puerta para entrar juntos. Al ver que no me dejan se le pinta un gesto de conmiseración pero, el muy desgraciado entró igual.

Me resigno, no me queda otra. A la espera que transcurran las casi tres horas que duraba la película, deambulo como sonámbulo por Florida, Corrientes, Carlos Pellegrini y Santa Fe, la vuelta al perro y mirar chicas mientras transcurre el tiempo.

Al finalizar me paro a la salida de la sala, los espectadores comienzan a brotar a través de las puertas batientes, parecen todos iguales, con un gesto estúpido de felicidad, provocado por las imágenes que acaban de ver y que todavía desfilan ante sus ojos. A mis amigos, recién pude verlos cuando escuché sus risotadas y pegándome a ellos, no los dejaría hasta que me cuenten la película.

Ante mi insistencia me hablan de las escenas predominantes una mil veces, de última tratan de evitarme para que no los importune más.

Lo que más me interesaba y quería saber en detalle era de la escena cuando Anita Ekberg se introduce en la fuente y desde allí lo llama a Marcello.

Pasaron los años y nunca se me dio ni busqué la oportunidad de ver “La dolce vita” o tal vez preferí que fuese así para seguir recordándola, y esas escenas estarían en mi corazón para siempre.

Igual que en mis lejanos 18, ahora en el mismo escenario y sin moverme del lugar frente a la fontana, fuerzo mis recuerdos para soñar y hacer de ese sueño una realidad.

La veo calzada con botas y cubierta con una negra capa que le llega debajo de las rodillas. Sale chapoteando agua. Pero… ¡ahí se rompe el encanto! Desde la fuente brota una recia voz de barítono que deja escapar algunas maldiciones. Evidentemente no se trataba de Anita.

Es el empleado encargado de mantenimiento que, momentos antes había apagado las bombas de agua y las luces que se volverían a encender al principio de la próxima noche. Al ver mi gesto interrogante y de sorpresa, pasa cerca, sonríe afectuoso y me palmea el hombro:

Tutti i sognatori come te, mi confonde sempre con un fantasma, jajajaja.

Se fue alejando mientras tararea una canción de Doménico.

Habían pasado catorce años de la película que no pude ver, aunque me hubiese gustado continuar siendo un “sognatore”

Solo, lejos de la familia no me quedaba mucho tiempo para soñar. Estar fuerte ahora es mi premisa, al otro día debía retomar un vuelo a Bengazi (Libia) para embarcar como primer oficial de máquinas en un mercante argentino.

                     Héctor Edgardo Scaglione

Casandra y el mar

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Subo a cubierta, y después de adaptar mis ojos a la oscuridad, la descubro.

La brisa mueve levemente su cabello, es etérea, como si flotara.

Está apoyada en la borda, mira el mar y parece disfrutar de la travesía.

Me detengo a observar el extraño fulgor que le transfiere la fosforescencia marina. Para no importunarla con una aparición abrupta, rodeo el castillaje en silencio y, ayudado por las tinieblas de la noche, aparezco muy cerca de ella. Esbozo un saludo aludiendo a la bonanza del clima. Ella, con la mayor naturalidad, como si me hubiese estado esperando, responde:

Noche perfecta, para soñar.

Está sola y parece no esperar compañía, pero no siento rechazo, todo lo contrario:

Contemplo la belleza de ese rostro perfecto y me presento.

Soy Martín.

Yo Casandra.

Con delicadeza, rehúsa extender su mano al momento de presentarnos. Pero, después de unos instantes y de común acuerdo, caminamos por cubierta mecidos por el suave balanceo del buque. Emana una sensualidad natural, su voz es clara y se sincroniza con el murmullo que produce el mar al ser embestido por la proa.

En ese primer encuentro habla los temas que parecen encantarle: mares borrascosos, largas ausencias a bordo, naufragios, olas gigantes y tsunamis demoledores. La escucho embelesado. Así sucede noche tras noche ante un angustiante rechazo-aceptación.

Después no son necesarias las palabras, nos entendemos por gestos y miradas en una placentera forma de comunicar.

Estar con ella se convierte en una obsesión que se suma al tormento de las largas esperas para encontrarnos al finalizar mis guardias nocturnas.

Habíamos zarpado de Buenos Aires rumbo al Mar del Norte, y al comienzo de los trópicos, punto de nuestro primer encuentro, nunca dejó de imponer una barrera marcando límites. Pero, una vez frente a frente casi pegado a su cuerpo, sin tocarlo según sus deseos, me impregna la fragancia que la rodea, ejerciendo un control y autocontrol que me abarca.

A medida que nos adentramos en el hemisferio norte, la temperatura comienza a bajar en forma considerable, ya no es placentero estar a la intemperie y menos cuando sopla el céfiro, pero ella nunca accedió a encontrarnos en un lugar más cómodo como ser mi camarote o el suyo, por ejemplo.

Sus ropas demasiado holgadas, a pesar de presentirlas no dejan transparentar las formas. El mantener siempre distancia, me hace dudar de la autenticidad y pensé en un holograma escapado de la “Invención de Morel” Y por alguna razón desconocida se oculta tras un velo de misterio. A pesar de desconocer su identidad, aquellas noches fueron intensas e inolvidables.

En el ajetreo previo a la zarpada, no pude ver cuando embarcaba junto a los demás pasajeros. Para despejar dudas me dirijo al puente de mando a revisar las referencias del pasaje. Después de varias lecturas minuciosas no encuentro a ninguna Casandra, y entre las fotos de los pasaportes, a nadie que se le pareciese. Podría ser una polizón como ya nos había ocurrido en otras oportunidades, y revisé los botes salvavidas por si se hubiese ocultado en uno de ellos. En el comedor, los turnos de almuerzos o cenas pasaban sin que ella apareciese.

Tratando de demostrar una seguridad que no tenía, una noche le pregunto al mayordomo, quien me miró raro, y sin encontrar la respuesta adecuada esbozo una sonrisa tonta. Desaparezco para evitar preguntas. Estoy desolado aunque sin perder las esperanzas, aunque tengo seguridad, que no habría lugar en el buque donde pudiera permanecer oculta y que yo no conociese.

El momento del arribo estaba tan cercano que me hizo sentir un escalofrío pero lo disimulé.

La última noche, al despuntar el alba estaríamos en el delta del Elba, después remontar el río, y una vez en puerto, amarrados, tal vez nunca más volvería a verla.

A la última cita, como en las anteriores, llega después de la medianoche. Pero esta vez es diferente, me rodeo estrechamente con sus brazos como si intentase atenuar la inocultable tristeza que comienza a invadirme. El contacto con su piel es tan real que olvido mis fantasías. Huele a mar como el más sublime de los perfumes y una húmeda calidez brota de su cuerpo. Encepado entre esos brazos, tengo la sensación de que son tentáculos que buscan sofocarme pero, su voz, susurro hipnótico, mantiene una realidad a la que me aferro.

El ronroneo amigo de las máquinas vibra bajo mis pies y me ayuda a conservar la cordura. Después, sin tiempo para reaccionar, se aleja un trecho, permanezco observándola. Ella, con una vaga sonrisa donde parece esconder secretos ancestrales, me clava su intensa mirada azul atravesándome como si fuesen saetas. Quedo inmovilizado sujeto a su voluntad.

Hace un movimiento imperceptible y el atuendo de tonalidades marinas cae a sus pies. Envuelta en la bruma y a la luz difusa del amanecer se delinean sus curvas que superan con creces a las que había imaginado. Ahora en exultante desnudez es una belleza que vulnera los sentidos. Tal vez fuese un sueño pero no, es muy real.

Continuamos una especie de diálogo donde las palabras son gestos a interpretar. Ondula incitante a modo de invitación para que la siga por un sendero que finaliza en el mar. Carente de voluntad me encamino hacia ella, y al momento de alcanzarla, un violento golpe de mar, seguido de pronunciado rolido, hace que deba tomarme con firmeza del barandaje para no rodar y ser devorado por las aguas heladas.

Tal vez a partir de este incidente se rompe el sortilegio y yo dueño de plena movilidad pude haber continuado pero no lo hice, algo me detuvo. Ella no insistió. Después hubo un último guiño a modo de adiós, o quizás no definitivo, y se fue transparentando hasta desaparecer.

A punto de arribar al destino de nuestra primera recalada, ya titilan las boyas de la embocadura del canal. Las nubes corren a baja altura como llevándose las últimas briznas de la noche y el mar, que rodea nuestro microcosmos comienza a encresparse por el soplo del céfiro.

Busco a Casandra pero ya no esta. El vestido de tonalidades marinas quedó en el mismo sitio de la cubierta en que la vi por última vez. Lo tomo entre mis brazos como si fuese un tesoro o para aferrarme a algo de ella, pero comienza a diluirse, se escurre entre mis dedos como si fuese agua, el agua helada del Mar del Norte.

Después de embarcar práctico para remontar el río, un pálido sol de invierno nos recibe al arribar al puerto de Hamburgo.

          Héctor Edgardo Scaglione

Un soplo de vida

Aquella tarde de domingo, aburrida y sin saber qué hacer, se pone a revisar trastos viejos arrumbados, y, entre ese revoltijo de vejeces, encuentra un cachivache extraño. Cuando logra sacarlo a luz comienza a limpiarle la mugre pegada. Y, a fuerza de fregarlo le aparece una piel reluciente con algunos manchones de óxido.

Los ojos son dos lamparitas y la boca con forma de banana muestra una sonrisa medio estúpida. Después del peso que le sacaron de encima parece contento de haber sido liberado y volver a ser.

La anciana recuerda. Allá lejos, entre las brumas de la memoria de cuando los chicos, ayudados por el padre y unos planos del colegio industrial, lo construyeron. El logro que los llenó de orgullo

fue esa maravilla mecánica. Ahora es como tenerlos a ellos y al José otra vez en casa, todos juntos. Emocionada por los recuerdos, gruesos lagrimones corren como ríos por sus profundas arrugas, y sonríe por las buenas cosas vividas. Las manos rugosas acarician esos objetos queridos, por el poder que tienen de revivir el pasado.

Recordó que al caminar producía ruidos raros y le salían chispas. ¿Cómo lo llamaban?… “Coco” ¡eso! le pareció un nombre bastante tonto. A ella no le gustaba nada pero, ver a ‘sus hombres’ tan felices le contagiaron la alegría.

A José, el último agosto se lo llevó después de una gripe complicada. Los chicos, ya hombres, viven fuera del país y ahora se sienten cada vez más lejanos. Amigos, pocos por esa mala costumbre de llegar a viejos y perder las ganas. Los vecinos, más o menos, cada cual en lo suyo sin tiempo para conversar o hacerle un poco de compañía. De los parientes mejor ni hablar, ya ni la visitan.

A José siempre le reprochaba haberse ido así, de pronto, dejándola tan sola.

¡Si no eras tan viejo para morirte! —le decía a su omnipresencia.

¿Cómo era que andaba esta porquería? ¿Dónde se enchufa?… Cuando llamen los chicos les pregunto.

Sonándose la nariz, busca el cable que no tiene, y en eso, de la espalda metálica se abre una tapa y aparece una ruginosa batería de auto.

Llama al mecánico del taller de enfrente para que trate de arreglarlo y lo ayuda a cargarlo en una carretilla,

Cambiale lo que haga falta, nene, quiero que esta cosa ande.

Está bien abuela, cuando lo tenga listo se lo traigo (esta vieja debe estar medio chiflada) —pensó.

A las pocas horas:

Doña Maruca, aquí lo tiene, le cambiamos la batería nomás y… camina ¿Quiere verlo? —le dijo el mecánico, ahora maravillado.

Milagrosamente el Coco funciona, puede andar, mover los brazos. Prende y apaga los ojos como si los guiñara y le salen chispas de la mollera.

Está bien, dejámelo en el patio bajo techo; que no se me moje por si llueve ¿viste?. Por ahí hasta puede servir para compañía al menos.

Lo mira al “Coco” y se reprocha haber gastado tanta plata en esa porquería. Si solo es un recuerdo, encima de flaco, feo y petiso como un enano.

¡Qué cara de boludo tenés, podían haberte hecho mejor! —le dijo bastante disgustada.

Casi imperceptible, el muñeco hizo un pequeño movimiento y un chirrido “cri-cri” como un grillo o un crujido metálico.

¡Me pareció verlo moverse, pero si yo lo apague de la llave!

Aullidos nocturnos, como siempre, de los gatos que no la dejan descansar, ella los soporta resignada sin animarse a espantarlos, no sea el caso que se le fuera a meter un chorro por la ventana que daba al patio…nunca se sabe.

Pero esa noche después de una ruidosa barahúnda se hizo silencio, ella lo consideró extraño. Al otro día al salir al patio ve algo raro en el piso, parece una oruga grande y no se atreve tocarla, se acerca con mucha precaución. Al moverla con el palo de la escoba, descubre que es el minino de al lado.

Pobrecito ¡Qué salvajes los gatos, cómo lo dejaron! Por las dudas no le digo nada al vecino, a ver si cree que se lo maté yo.

Bueno, por lo menos ahora podía descansar tranquila. Y, como si nada lo tiró al tacho de basura.

José, desde la imagen fotográfica le sonríe. Solo a veces, al notarlo serio lo reta porque la pone triste y le estropea el día. Como de costumbre, antes de acostarse le comenta las novedades del día, y al hablarle del “Coco” le pareció que a José se le iluminan los ojos y ensancha una sonrisa. Incrédula, segura de ser fruto de la imaginación, lo mira a través de la niebla de sus propias lágrimas,

¡Qué raro si yo lo dejé bien derechito! —enderezó el retrato que colgaba en la cabecera de la cama y quedó pensativa— ¡qué raro! —volvió a repetir, pero sonrió como si la esperanza fuese posible. Esa noche los gatos no le dieron el acostumbrado concierto y Maruca pudo dormir como un lirón.

Demasiado tiempo frente al televisor y tanta sangre en hechos violentos la llenan de espanto condicionándola a vivir con miedo.

Una tarde después de ir a cobrar la jubilación, tiembla como una hoja al subir al colectivo para ir a casa. Ocupa uno de los últimos asientos con feo presentimiento. Se abraza a su cartera, mira horrorizada a los pasajeros que la rodean y piensa:

Seguro adivinaron que llevo plata y me la quieren robar.

Al bajar camina rápido como si la corriese el diablo. Antes de llegar a la casa, varios muchachos sentados en la esquina, gesticulantes y a los gritos, toman cerveza y se fuman unos cigarrillos raros que comparten. Uno, que parecía conocerla, la mira desafiante y burlón como quién se siente intocable, inspira miedo y lo sabe.

Desocupados y con todo el tiempo del mundo, observan los movimientos del vecindario. Esa noche fue la elegida, Tulio, el que lleva la voz cantante, junto a un cómplice deciden ir a robarle.

Cuando la vieja esté dormida, rompemos la ventana del patio y entramos a choriarla, si grita la cagamos bien a palos.

Parece que cobró la jubilación —dijo su compinche con una sonrisa cruel, mientras se limpia la boca con la manga mugrienta como si le cayera un hilo de baba.

Es medianoche y la vieja duerme profundamente. Colarse por los techos les resulta más fácil de lo esperado y, al llegan al patio Tulio se concentra en cómo encajar la uña de la barreta en el lugar apropiado. Mientras el cómplice lo alumbra con un fósforo para ver donde debe aplicar el golpe a las bisagras que reventarán con un ruido seco. Rápidos y silenciosos, se relamen de gusto al pensar que no habría resistencia. Será más fácil que robarle caramelos a un chico.

¿Escuchaste ese ruido? —preguntó el Tulio a su compinche.

Apagó el fósforo y, al oler el peligro quedan atentos hasta escuchar sus propios latidos y una respiración que ya dejaba de ser tranquila.

No jodas, son los grillos —dijo el cómplice

El cri-cri viene del lado del garaje, ahora pueden escucharlo con claridad.

Es un grillo te digo ¿no te das cuenta, boludo?

Se abocan de nuevo al trabajo, pero el silencio parece tener peso y transpiran sin que haga calor. El Tulio ya colocó la palanca bien en la hendidura, entre el marco y la hoja para darle el golpe de gracia. Mira al socio que se le apagó el fósforo y le llama la atención que no hubiese encendido otro. Queda tanteando en la oscuridad para terminar de una vez. En medio del silencio se siente observado. En ese momento Tulio sintió que mil aguijones de hierro le laceran el cuerpo, después, con un dolor imposible de soportar lanzó un alarido tal que quiebra el silencio de la noche.

A las corridas urgentes escapan trepando paredes y techos como si fuesen alimañas. El ruido de la barreta al caer rebotando en los mosaicos del piso, alertó al vecindario, después nada, silencio absoluto.

Doña Maruca se despierta sobresaltada por el barullo, cree que son otra vez los gatos y ni se movió de la cama. Pero a la mañana al salir a echarle agua a las plantas ve al “Coco” bajo el alero del garaje. Le sonríe como siempre pero no está como ella lo dejó. Lo nota medio inclinado apoyándose en el codo derecho. Entre los dedos de su mano metálica tiene un trozo de algo manchado con porquería que parece sangre.

¡Las cosas que traen estos gatos de mierda! —dice Maruca y frunce la nariz con asco.

La inmundicia que parece ser un dedo, lo barre y lo tira a la basura.

            Héctor Edgardo Scaglione

 

La primera cita

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Al cruzarse con ella, como habitualmente lo hace, le dirige un tímido saludo y la rabia de no animarse a más. Pasa el tiempo y, en su realidad virtual, la ve más bella pero más lejana.

Sumergido en agónico suspenso espera hasta el próximo encuentro. Cuando se produce, al saludo acostumbrado le agrega una pequeña conversación y renacen las esperanzas pero, cuando la ve alejarse queda flotando con la sensación de no sentir la tierra bajo los pies. Siente que es su mitad para estar entero y los deseos de tenerla cerca acrecientan el poder de atracción.

Un día la ve aparecer con aire casual y una sonrisa iluminada. Se detiene muy cerca, percibe el aura y un calor que emana de su presencia. Sin hablar se beben con los ojos mientras los latidos se aceleran. La invita a salir, sin sorprenderse, antes de responderle deja pasar unos instantes que a él le parecen una eternidad. Sus largas pestañas revolotean como si lo acariciara, gesto donde estan todas las respuestas al misterio de la vieja atracción de los sentidos. Acentúa la sonrisa y acepta con un sí absoluto.

Quedaron en encontrarse en un petit restaurant en pleno corazón de Belgrano. Sentado a la mesa previamente reservada, aguarda su llegada tratando de pasar desapercibido y ocultar los nervios, mientras la música ambiental lo envuelve, el aroma a especias acorde con el lugar, perfuma el aire en un remedo de comarca exótica. Pocos comensales charlan distendidamente sin elevar la voz, gozando como él del sitio acogedor. Forman parte de la discreta escenografía, las camareras solícitas que encienden velas en los candelabros de las mesas mientras, con delicadeza toman los pedidos. El ambiente intimista aflora en pequeños detalles, la luz tenue contrasta con el rojo de los muros finamente decorados con pinturas asiáticas, y unos pétalos de rosas esparcidos sobre las mesas, envuelven el aire con su fragancia.

La ve aparecer, apenas impuntual. El cabello oscuro le enmarca el rostro perfecto como una pintura de Modigliani. El vestido negro que resalta sus formas en contraste con la nívea blancura de la piel. Ondula al caminar, delicada, apenas perceptible. Sabiéndose observada demora en llegar. Con un tenue y dilatado beso, percibe la tibieza de su aliento mezclado con el perfume sabiamente elegido.

Sintonizados en igual frecuencia, realimentan la intimidad de un universo de dos. Sus largas piernas bajo la mesa se encuentran al descuido, se rozan, se mezclan. Las manos se demoran, se buscan. Las miradas en un lenguaje propio, lo dicen todo deleitados en descubrir cada gesto. Ella, como preludio de la sinfonía de amor que se avecina, muestra un leve temblor en su labio inferior. El juego de la seducción los envuelve en una vorágine de sensaciones. Ambos receptivos, hacen crecer un fuego que parece exceder los límites.

Estudian brevemente el menú. Se deciden por las exquisitas ostras frescas del Pacífico y a continuación sushi en diferentes variedades, aderezados con salsa de soja o un wasabi agradablemente picoso. El burbujeante extra brut recomendado, es estupendo con los productos del mar, un maridaje perfecto, dejándoles una sensación de liviandad lograda por el disfrute culinario y la buena atención recibida.

La noche mágica inmoviliza el tiempo casi sin darse cuenta, después de varios cafés en extendida sobremesa, son los últimos comensales y las miradas inquisidoras de las camareras instan sutilmente la decisión de cerrar la última mesa. Al final, y con una sonrisa cómplice, se acerca la chica que los atendió y les trae la cuenta no solicitada.

Sin romper el sortilegio de la cita perfecta, sin apuro van caminando por Juramento. Como si hubiese habido un acuerdo tácito, no necesitan de las palabras. Llegan frente al edificio donde ella vive. Sonríe, baja la mirada y lo toma suavemente de la mano.

En el ascensor, al cerrarse la puerta con rumbo al departamento, la urgencia de los instintos los transforma. Las respiraciones húmedas, aceleradas. Aletas nasales dilatadas. Manos frenéticas que exploran y se dejan explorar, valles, hondonadas, monumento fálico. Ella toma la iniciativa y comienza a bajar el cierre trasero de su vestido negro, gira 180 grados él, completa la diligencia, sus manos suben acariciando senos y cintura, recorriendo cada centímetro de piel del aplanado vientre y la diminuta prenda íntima que se va deslizando por las largas piernas hasta caer rendida. Vibra y susurra al oído apretándose sinuosa a su cuerpo incitando prolongar la dulce agonía.

Parece que nunca llegarán al departamento. Él pulsa el botón que los lleva al último piso y, al detenerse, traba la puerta, ella lo impide y el ascensor arranca nuevamente. Al alcanzar el piso correspondiente bajan, pero la prisa les impide llegar a la habitación y las ropas quedan esparcidas por el suelo del living. La espesa alfombra los cobija al caer desmoronados sobre ella. Ahora sin urgencia, cada movimiento se demora sabiamente en respuesta al placer que aumenta hasta los umbrales del clímax.

Entre tinieblas creen escuchar el chirrido de una puerta al abrirse. Piensan: tal vez fuese una corriente de aire. Pero al sentir pasos se alarman. Una presencia cercana se manifiesta al percibir la respiración jadeante. La luz atenuada de la lámpara les impide determinar la ubicación del intruso y el temor a ser atacados los prepara para la defensa.

¡Mamá, soy yo! ¿Qué pasa? —pregunta la voz de niña adormilada.

Ganados por la sorpresa alcanzan a cubrirse. Él interroga a su partenaire con un gesto. La respuesta de ella no se demora:

¿Se puede saber qué haces acá? Inmediatamente lamentó ser tan dura al preguntar.

Sin esperar respuesta, se dirige a él:

No sé qué decirte, olvidé que el regreso de mi hija pudo haberse adelantado.

Plantada ante su madre, la joven insiste:

Mamá, ¿Quién es él? Como única objeción, dos lágrimas oportunas comenzaron a escurrir el rimel por sus mejillas. Bella y ahora distante se abraza a la hija, y dirige una mirada a quién ahora, discretamente se va retirando de la escena.

Frente al espejo del palier se acomoda las ropas, respira hondo el aire cálido de la noche y emprende el regreso lento y solitario por las calles de Belgrano. Con una semisonrisa, evoca con deleite el sabor de las ostras frescas del Pacífico aderezadas con gotas de limón que aún le palpitan en la boca.

             Héctor Edgardo Scaglione

Atardecer de primavera en Piazza Spagna

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Ella sale de la iglesia y camina cruzada de brazos, está como ausente y con el gesto hosco.

El muchacho de espaldas, al verla, lo hace en sentido contrario desde la base de la escalinata.

Ella que baja, él que sube. Cuando están frente a frente, se plantan como estacas, se miran con intensidad. Resaltan los gestos duros, se dicen algo, buscan lugar para sentarse en los escalones apartados del paso de la gente; él, con los puños apretados, igual que un mascarón de proa con el mentón que parece cortar el aire al avanzar. Esgrime el índice como si fuese un arma. Sus brazos parecen aspas de molino. Gesticula, se para y se vuelve a sentar. Escupe palabras que parecen graznidos.

Cuando la violencia del muchacho parece ir en aumento, tuve la intención o el impulso de ir a protegerla, pero no llegó a ser necesario.

Ella, con la mirada baja lo escucha sin decir nada. Él, no correspondido en su furia, se siente impotente y hace movimientos espasmódicos que culminan con un puñetazo contra las piedras de la balaustrada. Ella, continúa cruzada de brazos y sin levantar los ojos del suelo, agita levemente los hombros como si llorase, al cabo de unos instantes de indecisión comienza a rehacerse, sus manos se sueltan y seca las lágrimas a manotadas.

Después, más serena y bastante distendida lo enfrenta. Comienza a hablarle, al principio muy quedamente.

Desde mi puesto de circunstancial observador a unos escalones más arriba, me llaman la atención algunos detalles de los movimientos gestuales de la pareja, aunque no pueda escuchar qué se dicen, no dejo de considerarlos interesantes.

Los paseantes anónimos, ignorantes de lo que no fuesen sus propios egos, no les prestan la mínima atención, pasan muy cerca de ellos, como si no existiesen.

El gesto torvo del muchacho comienza a suavizarse, afloja los puños y sin parar de hablar apoya su mano lastimada en la rodilla de ella, quien al verla herida, se la lleva a su pecho y comienza a llorar nuevamente, ahora en forma distinta, tal vez estimulada por su natural instinto maternal, en busca dela reconciliación. 

El joven, un poco confundido, no sabe qué hacer; parpadea como para quitarse alguna molestia en los ojos. Con torpeza estira una mano al descuido, le acaricia el cabello. Ella sonríe. Sonríen los dos. Se miran intensamente y se despejan los últimos nubarrones, después se enredan en un abrazo que los funde en uno solo y encaminan los pasos escaleras arriba.

Ignorantes de mi existencia, pasan muy próximos, casi rozándome y se pierden entre la multitud.

En esa tarde romana de fines de abril, bajo los rayos de un sol irreprochable, todo parece renacer. Las risas jóvenes que invaden el punto de encuentro, perfecto para enamorados, estudiantes o paseantes solitarios (como en mi caso) que me deleitó observar a la parejita rubia de Piazza Spagna.

Tal vez turistas escandinavos o alemanes. En realidad poco interesan los orígenes, pero esa tarde luminosa de primavera hubo una tormenta de verano. La vivieron ellos, yo desde mi pasividad pude sentirla, sin que lo supieran compartí la reconciliación y me alegré por ellos.

Estoy de paso por Roma, corre el mes de abril del ´76, al otro día tengo vuelo a Libia para embarcar en un mercante en el puerto de Bengazi.

Con las nostalgias a flor de piel por mi familia lejana continúo el camino, y también puedo sonreír. 

                           Héctor Edgardo Scaglione 

NIKOLAI KIRCHE, una premonición

Amarrados en el puerto de Hamburgo, en uno de mis días libre salgo a dar un paseo por la ciudad. Cruzo el río Elba a pie a través del túnel subfluvial hasta la llamada milla más pecaminosa del mundo, Sankt Pauli. De allí caminando unos kilómetros bordeando la Autobhan Este-Oeste se llega al centro de la ciudad Hanseática.

A mitad de esa distancia, se encuentra la aguja de la iglesia de San Nicolás, negra por la pátina del tiempo y bastante dañada por efecto de los bombardeos durante la segunda guerra mundial. Cuando la ciudad y el puerto quedaran reducidos a escombros. La torre, se conserva tal cual quedó, como ícono para la memoria colectiva.

La cinta asfáltica pasa entre las ruinas, bifurcándose para preservarlas y los autos circulan en rededor en constante fluir.

Dentro del templo, el sonido amortiguado transforma los ecos del pasado como si perforaran las piedras. Es un silencio raro, sobrecogedor. Por ser día laboral estoy solo. La ausencia de gente para compartir o ser puntos de referencia, me hacen más pequeño ante la grandiosidad del monumento y, literalmente me siento aplastado por el peso de la historia.

La impresionante mole de piedra y mármol, pese al deterioro se erige triunfal proyectando la aguja a los cielos. La nave central sin techo en la bóveda,  muestra el interior a cielo abierto. Las paredes cascadas y ennegrecidas a causa de las explosiones, exhiben esas heridas todavía sangrantes.

Eriza la piel pensar en los fieles que, al ser sorprendidos por las bombas, oraban como se menciona en una placa de bronce, y resultaran todos muertos. Los pilotos que arrojaban las bombas, seguro tan cristianos como los condenados, a su vez ruegan a Dios no ser alcanzados por el fuego de los cañones antiaéreos, que defendían las posiciones en tierra.

Como un eco lejano imaginé el bramido de los aviones arrojando las cargas letales, mientras, dentro del templo los feligreses indefensos, esperaron la protección divina que nunca llegó.

Esa noche, a pesar del cansancio por la extensa caminata traté de desentrañar la conmoción que me produjo esa visita, y no pude conciliar el sueño. Al lograrlo irrumpieron pesadillas extrañas, profusas; el templo en ruinas, los bombardeos por parte de los ejércitos aliados. En la ferocidad de los ataques a través de la techumbre destrozada de la nave central, las bombas caen en mi dirección. Mientras trato de protegerme de la muerte que llueve del cielo, me despierto transpirando, sin sosiego, aún al saber que es solo un sueño, al conciliarlo nuevamente, se repite la visión en el mismo lugar, pero ya no hay bombas ni gritos. En esa serenidad total aparece en escena un niño pequeño, rubio, de ojos claros, bonito, con una sonrisa maravillosa, y que al parecer recién comienza a caminar.

¡Ese chico podría ser mi hijo! ¡Es mi hijo! —me dije seguro de no estar equivocado.

Sonríe mientras escapa con el gesto travieso de saber que no lo iba a alcanzar. Cuando casi lo logro, intento tomarlo en brazos pero, veloz se me escurre a través de la columnas truncas del templo. Su voz clara puedo oírla todavía aunque sin entender qué dice, pero no hay temor en sus gestos. Cuando al fin logro atraparlo y sentir el calor del pequeño cuerpo, desperté. ¿Era solo un sueño? Para mi fue una premonición, un mensaje de mi hijo aun no nacido, mágico, conmovedor.

Con María, por anticipado nunca se nos ocurrió saber el sexo de nuestros hijos. Al primero, Matías, lo intuimos y no nos falló. Al segundo, nada ni la más remota idea. Pero pensamos en una niña. Tal vez por eso, completamente desvelado, para que el sueño no se fuera a evaporar como un perfume, le escribo a María contando la experiencia onírica en caliente. Ella, tal vez por su preñez avanzada pudo haberme predispuesto y contagiado a la distancia su dulce ansiedad.

La Paula de nuestras esperanzas no será —le dije después de contarle el sueño —seguro va a ser varón.

El primer nombre, Pablo, el segundo, me gustaría Nicolás por lo de la iglesia que me pegó fuerte  —le dije y María lo aceptó de inmediato.

Un atardecer, con los primeros fríos europeos del 8 de noviembre del `77 zarpamos rumbo a la Argentina. Dejábamos el Mar del Norte en navegación franca por el Cantábrico con sus profundidades abismales, las costas de Galicia, Portugal, la isla Madeira, Canarias. Continuamos bajando hasta el archipiélago de Cabo Verde, punto donde comienza el alejamiento del continente africano y a acometer el cruce del inmenso Atlántico. Cerca del mediodía (hora de Greenwich)  del 17 de noviembre, cuando pasamos al sur de las islas, me avisan que tengo un radio llamado. Sobrecogido y temeroso, tan común entre los marinos en parecidas circunstancias, corro a la sala de radio donde el jefe operador me previene:

¡Tranquilo, tu suegra te llama —comencé a temblar.

Sí, aquí Héctor, qué tal abuela, cambio

Silencio, un poco de estática y otro de temor al micrófono por parte de mi suegra.

¡Héctor Héctor, nació, es un NENE, es un NENE!… —se me aflojaban piernas.

¡Que alegría abuela! ¿Están bien? cambio… —no me cabía un alfiler.

¡Héctor Héctor, es un NENE, es un NENE!… —Abuela ya sé, le pregunto cómo están María y el bebé, cambio…

Esperé en vano una respuesta, pero nada, no me contesta y yo cada vez más desesperado.

En Argentina, el operador de Pacheco Radio, interviene risueño.

Quedate tranquilo, dice que están bien pero no puede seguir hablando, está muy emocionada.

Bueno abuela ok, estoy muy contento, les mando un beso grande, los quiero mucho y los abrazo a todos —cambio y fuera.

Muchas gracias “Pacheco” por tu gentileza.

Al contrario, te felicito y que disfrutes de tu hijo a la llegada.

Él también, según me había dicho, recientemente fue padre de una niña.

Siempre me quedaron las ganas de conocer en persona a éste operador por su calidez y buena atención pero, la oportunidad de concretarlo pareció perderse en el tiempo.

Con antelación habíamos calculado cuánto me quedaría en tierra a mi regreso, donde tomaría las vacaciones acumuladas después de un año de intenso trabajo, y quedar el mayor tiempo posible en familia, en casa.

Si todo hubiese sido normal el tiempo para llegar alcanzaba pero, por esas cuestiones del destino, el nacimiento se adelantó y fue, para todos la sorpresa no esperada. Pablo irrumpió antes, ese sería, por siempre, uno de los rótulos de su fuerte personalidad. 

Lórenz Stewart, el capitán, enojado por no haber sido el primero en enterarse para las formalidades de dar las felicitaciones, me llama a su cámara y, con “efusivo” abrazo de oso acompañado de flemático discurso de circunstancia, descorcha un “Dom Perignón” y saca un enorme habano que me ayuda a encender. Entre el humo del cigarro, el champán y la emoción de la nueva paternidad, mezclado con la agridulce tristeza de estar lejos, se produjo la mezcla fatal. Lorenzo servía copa a copa, y sin darme cuenta se me fue a la cabeza. Mientras permanecía sentado, charla va charla viene, todo iba bien, al levantarme se me movió el piso, en medio de las calmas chichas de los trópicos pero me pareció como si navegara en medio del peor de los temporales. Trato de mantenerme derecho y presentable hasta llegar a mi camarote, donde me derrumbé. Una terrible descompostura me dejó literalmente fuera de combate, hasta que Primitiva Chorolqui, la enfermera, con sus medicinas apropiadas, a pesar que la resaca me levantó, y volví a ponerme nuevamente en pie.

Moría de ganas por estar en casa, y los días que faltaban para el arribo se hacían eternos. Hablamos con María por radio pero no alcanza, hasta que finalmente como a todo se llega. Estamos a la espera de práctico fondeamos frente al pontón Recalada en el Río de la Plata. No lo podía creer, se había dado todo justo y en tiempo. La marea alta apropiada y la autorización, no se hicieron esperar. Navegamos rumbo al destino, final del viaje.

El capitán, a cualquier precio estaba dispuesto a pasar bajo el puente “Zárate Brazo-Largo” que, según ordenanzas, debía hacerse antes de la puesta del sol. Anochecía ya, pero Stewart negoció con el práctico y la Prefectura Naval. En atención a mi reciente paternidad, adujo, por supuesto otro motivo. Bajo la entera responsabilidad del capitán, excepcionalmente autorizaron el paso para descargar en “Somisa” el carbón que traíamos desde Polonia.

¡El Señor oficial Scaglione debe llegar rápidamente a su casa por razones familiares ineludibles! —le dijo al representante de la autoridad de Prefectura Naval.

Dirigiéndome un guiño acompañado con el gesto de ok.

Finalmente llegamos a San Nicolás ¡Oh coincidencia de nombres! Una vez amarrados al muelle, Apuro los trámites de ingreso al país (Aduana, Sanidad de Fronteras y Prefectura) Viajé a casa llegando a la mañana del 29 de noviembre, doce días después del nacimiento.

Pablo, al cumplir su primer año de vida resultó ser igual al niño de aquel sueño. Fueron momentos imborrables que guardo entre mis recuerdos con mucho cariño. El día de su primer cumpleaños, tomado de mi mano comenzó a caminar.

Después pasó mucha agua bajo los puentes. Me jubilé, buscando seguir haciendo cosas para disfrutar de la vida junto a la familia y, como si fuese un milagro, siguen siendo muchos años, ver crecer a los hijos hasta que los ayudamos a que les nacieron alas y con la bendición familiar, verlos volar en busca de sus destinos.

Quería dedicarme a la literatura. Al llegar a una reunión de escritores a la que pensaba adherir. Todos noveles pero veteranos en las lides de la vida como yo lo era.

Entre los concurrentes escuché una voz que reabre mis emociones más profundas. Le pregunto su nombre y a qué se dedicaba antes de curtir el vicio de escribir, soy Roberto Paniagua y me jubilé como operador de Radio Pacheco, me dijo, un tremendo nudo en la garganta me dejó sin habla, a él también.

                                     Héctor Edgardo Scaglione

 

 

Ella y el mar

Puerto de Brest, norte de Francia, estoy a bordo en la cubierta de botes, apoyado en la barandilla mientras observo a los estibadores en el fluir de sus labores, cuando en plena actividad de descarga la descubro paseando por los muelles. Es esbelta, camina con cadencia y con el hermoso pelo negro suelto al viento. Con una elegancia innata parece deslizarse entre los trabajadores de la estiba. Muy segura de sí, enfila en dirección a nuestro buque, enfrenta la planchada real como si fuera una experta marinera dueña del lugar donde pone el pie, y embarca sin pedir permiso.

Al trasponer la cubierta principal, dirige una mirada risueña conquistando no solo a mí sino a todos, desde el capitán al último marinero, que en ese momento la observamos, y pasó a ser el centro de atención. Ella, sin dudarlo al dirigirse resueltamente hacia nosotros, prefirió a los oficiales.

Su presencia a bordo fue una gratificación extra y con el tiempo llegamos a quererla entrañablemente.

Una de las características notables de su personalidad, era la de ser muy observadora. Nunca quiso pecar de maleducada ni equivocarse en cuestiones de protocolo, pero al capitán lo miraba de lejos, vaya a saber porqué prefería no tener tratos con él. Con la marinería no mucho tal vez por ser más ruidosos. Ella prefería la tranquilidad de los oficiales y nosotros encantados, era nuestra un poquito más que de los demás. ¿Celos por acapararla? ¡Nada que ver! Con un poco de dolor la compartíamos y aunque tenía sus límites, se podía multiplicar para conformarnos a todos.

Desde el último puerto de Europa hacia Argentina, recalamos en el nordeste brasileño, Bahía. Donde un atardecer bajó a tierra y no retornó al anochecer como acostumbraba.

Una lógica inquietud se instala en la tripulación. Desconocemos su paradero y no sabemos dónde buscarla. De todos modos cada cuál sale en su búsqueda por diferentes caminos y nada, pasan las horas y no aparece. Esperaríamos un poco más para hacer la denuncia policial.

Pasada la media noche, un hombre de la Prefectura Naval se presenta a bordo y pensamos lo peor. No estamos tan equivocados.

¡Unos señores encontraron a la perdida! y ¡quieren hablar con ustedes! dijo el agente, feliz de podernos ser de utilidad, o no, siempre nos quedó esa duda.

Allá fuimos y los “señores” resultaron ser unos facinerosos que pedían rescate para entregárnosla sana y salva.

No avisen a la policía si quieren recuperarla, porque sino… —dijo uno de los forajidos, pasándose el canto de la mano por la garganta.

Sentí un escalofrío como si la navaja rasgara mi piel.

¡La tienen secuestrada! —les comunicamos a nuestros compañeros.

Es inevitable que tener que negociar con gente tan desagradable como peligrosa, deberíamos tener cuidado, no fuera a haber un malentendido por la cuestión del idioma y que pase lo peor.

Tratando de mantener el aplomo les dije a los tripulantes:

Señores, la cosa es seria, hagamos una “vaquita” para juntar el dinero necesario.

Pasamos la gorra y todos colaboraron espontáneamente, completando el monto del rescate pactado con los delincuentes. Cantidad que, a pesar del regateo consideramos bastante elevada, pero ella bien lo valía.

Al ir al sitio acordado para el intercambio; lugar desolado, con casuchas de mala muerte, llegué a temer por nuestra propia seguridad.

El delincuente negociador, mulato torvo y de mediana edad, a pesar de la fea cicatriz que le cruzaba el rostro, sonrió al contar el dinero. 

Cuando fue liberada, corrimos a encontrarnos. La emoción que nos embargaba fue tan grande que no hallamos las palabras para expresarla.

Fuimos todos a nuestro refugio, que era casa, punto de reunión y lazo con nuestros afectos lejanos: Donde estábamos seguros, el barco.

Un día, no pregunten cómo… ¡Quedó embarazada! 

Pasa el tiempo y su panza crece, es enorme aunque sin perder su prestancia, el embarazo la dulcifica y le sienta bien. Pero ya no disfruta el placer de las caminatas por cubierta en plena navegación que hacíamos para estirar las piernas, casi dos cuadras hasta la proa otro tanto de regreso, y en los trópicos, por el calor nos zambullirnos en una “pelopinchogigante que había a proa.

Bien parada sobre cubierta, a pesar de haberle variado su centro de gravedad, puede seguir con el cuerpo los vaivenes del movimiento del buque, sin provocarle mareos. Se muestra lejana y ensimismada en su gravidez, nosotros respetamos esa variante de su carácter y tratamos de no molestarla.

Próxima al momento culminante y durante el proceso de parto, contó con la asistencia de nuestro excelente médico de a bordo que la trató como se merecía, además de amiga, era una pasajera de lujo.

Pensando en las consecuencias por arribar a tal situación, concordamos en algunas conclusiones: 

En una de las arribadas a puerto -urgencia del sexo mediante- había logrado eludir nuestros cuidados y sin empacho, desoyendo sensatos consejos concertó el encuentro casual con algún europeo desconocido y plebeyo.

Fruto de esa unión express, nuestra inseparable y querida “Catrielade linaje manto negro, parió cuatro cachorros de diferente pelaje.

            Héctor Edgardo Scaglione