Buque científico “Capitán Oca Balda”

El buque oceanográfico y de investigación pesquera “Capitán Oca Balda”  tiene su base en en el puerto de Mar del Plata. Fue plasmado en un realismo casi mágico por el artista plástico Mariano Pavicic, amigo y compañero de trabajo en el mismo barco. Juntos y el resto de la tripulación domamos tormentas a lo largo y ancho de nuestro extenso litoral marítimo desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo de Hornos incluyendo las Malvinas, Isla de los Estados y Georgias del Sur. Convencidos en la lucha por la conservación de las especies y la no contaminación. Soñando que las generaciones futuras puedan disfrutar de un mundo mejor y más limpio.

                                                                                      Héctor Scaglione

 

VIENTO DE OTOÑO

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El primer contacto en la multitud de rostros anónimos, fue visual, duró solo un instante, suficiente para estimular el deseo de fundirse en la piel del otro, y tan vital como el aire que respira.

Ambos sintieron la descarga de adrenalina. Y desde aquel instante se instaló en los ojos asombrados de Mara, él, absorbido por la monotonía de una vida sin matices, lo expande, vuelve a vivir, sale de ese universo imperfecto, sin futuro y con cada encuentro comienza la sucesión de pequeñas muertes insoportables pero necesarias, justificando la existencia ante las esperas de esos instantes furtivos y dolorosos por lo efímero.

Son amantes y solo el viejo río Paraná lo sabe. Hablan escaso, casi no hablan, no gastan palabras. Mara prefiere que sea así, sin reproches ni exigencias y vivir la pasión mientras dure.

Esta en su cabeza, bajo la piel, corre por las venas como si fuese sangre. El corazón le late con fuerza al recordarla. Se desborda al estar con ella. Y el tiempo donde ambos se funden en abrazos hasta llegarse a las almas. tiene la virtud de escaparse entre los dedos como si fuese arena.

Anochece y a lo lejos se escuchan los autos que retornan a los hogares, mientras, por la costanera la voz rota de un borracho, desgarra el viejo y gardeliano: “Vooolveeer…con la frente marchita… ” como si cargara una pena imposible.

Oscuridad sonora de grillos, luciérnagas de linternas intermitentes, la luna fragmenta su presencia en el cauce líquido y, una chata río abajo ondula agua sobre la playa y resbala perezosa con su ”plop plop plop” monótono hasta pasar frente a él y perderse en la lejanía.

El viento salpica agua leonada sobre la rivera y tuerce los juncos que se inclinan hasta casi besar el agua, mientras la voz del borracho se va apagando hasta que la absorbe el silencio esponjoso de la noche.

Camino a sus encuentros, vibra ansioso por el sendero que pasa junto al amarradero de los viejos botes. Y va dejando sus huellas estampadas sobre la arena húmeda, como señalando el camino que después va a desandar.

Sobre la orilla, el río cómplice le devuelve la imagen amada reflejada en él, y al girar la cabeza está ahí, es real, tiene dimensión, peso. La presencia es etérea pero sólida. Lastima amarla tanto, estremecido se incorpora, embebe el aliento mojado y la tibieza de su piel desnuda. y al deslizar las manos temblorosas por cada centímetro de valles y hondonadas del cuerpo de Mara, se demora tratando de llegarle hasta el alma y prolongar la agonía de esa despedida sin fin.

En el murmullo oculto de la noche escucha el chistido de una lechuza que caza en las cercanías y el río, ahora más crecido bordejea sonoro sobre los cascos de los botes amarrados. Se incorpora lento para marcharse mientras, de entre los afiebrados dedos de sus manos se le escurren restos de arena húmeda. Y… con voz quebrada y sin esperanzas “Vooolveeer…con la frente marchita… ”

Acompañado por el viento de otoño emprende el camino de regreso.

                                                                                                   Héctor Scaglione

EN SOMBRAS

Una sombra alargada por la luz oblicua del sol, avanza contra el viento frío que cala los huesos, y a su paso las hojas arremolinadas intentan frenarlo, a su pesar continua hasta toparse con un paredón. Sin tener conciencia de sus actos, lo trepa. Desde el coronamiento, a la luz pálida del atardecer, un terreno tras los muros ennegrecidos y rezumantes de humedad.
El paisaje no lo sorprende, algunas flores marchitas penan por el olvido tiradas sobre el sendero barroso. Con las últimas fuerzas se deja caer sobre un cantero de hortensias que amortiguan el derrumbe. Un gato, amo y señor del lugar, al verlo ni se inmuta.
Sin saber porqué, deambula por esos caminos penumbrosos y al ver una lápida se detiene. Desde la foto incrustada en la piedra y en sintonía con viejos recuerdos le sonríe, está ante el sepulcro de su padre y evoca la niñez cuando sentado en sus rodillas le contaba historias. ¡Cuántas palabras quedaron encerradas, sin destino! El viejo lo sabía todo ¡Era un grande! Siempre tenía la respuesta adecuada y, ante las dudas una caricia salvadora evitaba que el mundo se le desplome. Una extraña angustia le provoca convulsiones, intentos de llanto que no puede concretar, sus canales afectivos están secos de lágrimas.
Con Graciela, su esposa, había quedado en pasar por los chicos a la salida del colegio, con la idea de encontrarlos despiertos alguna vez. Eran sus demandantes silenciosos y esas ausencias le impiden verlos crecer. A partir de hoy voy a remediarlo, se dice, esperando que no fuese demasiado tarde.
─¿Que vine a hacer a éste lugar? ¿Qué fuerza extraña guió mis pasos hasta aquí?
Ensimismado, trata de encontrar alguna respuesta y al no hallarla, queda abatido.
─¿Cómo explicarle a Graciela que no pude encontrar a los chicos? Que no hice a tiempo, que me demoré ¡Que me olvidé! Buhé, a cualquiera le puede pasar!
Quiere desandar el camino para llegar a casa pero la debilidad extrema se lo impide, además la oscuridad es otro obstáculo y ya no pudo trepar al otro lado. Mientras repone fuerzas esperará a que amanezca.
Para protegerse del frío, se recuesta en posición fetal junto a la lápida del padre y trata como cuando era niño, de dormir apretando fuerte los párpados, pero apenas se aletarga un poco. Tantos recuerdos, desde los antiguos que creía olvidados hasta los más recientes acuden en oleadas, repetidos una y otra vez; se ve manejando el auto a gran velocidad, tan suave como si volara sobre de la ruta. Le parece estar soñando como relámpagos de viejos sucesos. Cuando al fin un rayo de sol se filtra entre las largas agujas de los cipreses, y comienzan a escucharse voces de quienes ingresan al lugar, pudo escapar del sopor.
Desde el cortejo que ingresa alcanza a ver a sus amigos, compañeros de trabajo y entre ellos a Graciela que tiene los ojos enrojecidos como si hubiese estado llorando. Con energías redimidas corre hasta el grupo agita los brazos y les grita con todo lo que le dan los pulmones para que puedan oírlo, verlo.
Graciela y sus amigos ¡no lo escuchan!… ni siquiera le dirigen la mirada.

                        Héctor Scaglione

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UN BUQUE AL ATARDECER

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Al atardecer en medio del mar, sin amarras que lo limiten, un buque flota  en libertad sobre las aguas.

En las entrañas de ese acotado universo, vidas y bienes conviven. Late la vida en su interior.

Al acortar distancias hacia las lejanías comienza la aventura y llega a destino. Es su trabajo y razón de ser.

Con el perfume del amor que quedó en tierra, seguido por la estela que deja a su popa, pone rumbo a las aguas profundas, formando camino al navegar hasta perderse tras el horizonte.

Los toques de sirena que emite cuando se aleja suenan apagados, traslucen tristeza, dejos de nostalgia.

Ahora la inmensidad marina, sin calles ni señales, lo acoge en su seno. Es el misterio a descubrir y el arte de navegar guiado por los astros. Día a día el avance en ruta se manifiesta en las cartas náuticas, que marcan los cambios geográficos y los vuelca al libro de bitácora.

En medio de la nada el sol avanza o va quedando atrás, el sextante que ayuda a trazar el rumbo, es el testigo fiel ante sus habitantes.

Durante las travesías y en cada entrada o salida de puerto, las esperas de quien no está como la de quien queda, intentan atenuarse, pero la nostalgia, omnipresente, ejerce una pulsión afectiva que se volcará en las cartas de amor, narrando el transcurrir de la vida, los hijos, los afectos, lugares comunes con vivencias rememoradas, leídas y releídas una y otra vez.

Al cabo de un tiempo ante la dulce espera del próximo regreso, los sueños renacen.

Al arribar a puerto, ante la proximidad del reencuentro con el amor, los toques que emite ahora son estridentes, suenan alegres, transmiten el preludio del goce por venir.

Las distancias ya no existen, se desvanecen, engrosarán sí las páginas de lo vivido y de las ausencias. Abrazos, copas que entrechocan, risas, placer con gusto a mar que se derrama sin límites.

                                                     Héctor Scaglione

LA TORMENTA “Angelito” y “Amapola”

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Desde el puerto de Mar del Plata, un 12 de abril de 1990 en el pesquero de altura “Joluma” zarpamos rumbo al encuentro de cardúmenes de merluza, situados a diez horas de navegación.

A esta distancia por las noches se percibía el resplandor de las luces de la ciudad, y a los tripulantes nos quedaba la sensación de cercanía de nuestros seres queridos, nuestro hogar.

El día 16, el parte meteorológico a los navegantes da aviso de temporal pero, hasta que las autoridades no procedan a cerrar el puerto, los buques de altura continúan haciéndose a la mar.

A la mañana siguiente, al iniciar la jornada de trabajo, el barómetro bajó líneas en forma pronunciada, mostrando una calma chicha y el mar planchado, además otras señales del fenómeno climático que se avecina. El horizonte no puede distinguirse, el cielo confundido con el mar, igualan tonalidades. El océano semeja ser un espejo tridimensional y los barcos que alcanzan a observarse en la zona, en medio de una extraña calima parecen suspendidos en el espacio. El cielo fulgura en relámpagos y el olor a ozono desciende nítido desde la alta atmósfera presagiando la dureza climática que se cierne sobre nosotros.

El capitán Miguel Sidorín, pegado a la radio escucha los partes meteorológicos emitidos en forma contínua por “Costera Mar del Plata”. Las autoridades ya habían cerrado el puerto cuando los vientos huracanados comenzaron. De común acuerdo los capitanes deciden suspender las tareas de pesca, levantar las artes para estibarlas, preparando a los buques ‘a son de mar’, que es amarrar objetos sueltos y clausurar herméticamente todas las portas y escotillas al exterior. Los buques comienzan a ponerse a la capa, poner proa al viento y a tomar distancia para evitar el peligro de colisión entre sí.

Al principio creemos que es una tormenta pasajera con vientos locales y de corta duración, estamos en pleno abril y no se dan fenómenos estacionales de esta naturaleza, razón por la cual dos de las embarcaciones de menor porte, el “Angelito” y el “Amapola” que estan en la zona no le dan demasiada importancia al fenómeno en ciernes, y sus capitanes, hasta que la tormenta amaine optan por quedarse y resistir para no perder la cercanía de los cardúmenes.

El comienzo de los vientos es repentino, desplegando fuerza rápidamente. En un par de horas se generan olas de más de diez metros de altura que, al romper, sobrepasan las superestructuras de los buques, golpeandolos con violencia. Los tripulantes libres de guardia se refugian en los camarotes, acomodándose trabajosamente en las literas para no salir despedidos, otros (los menos) prefieren quedarse en el puente de mando para ver el comportamiento del mar y sentirse acompañados con los que velan.

Ya nadie cree que la tormenta será de corta duración. Con el correr de las horas empeora hasta un punto en que el piloto automático no puede mantener el rumbo y hay que gobernar manualmente. El capitán, para tal fin, decide organizar guardias de timoneles entre la marinería.

Anochece rápido y el panorama se muestra lúgubre, la oscuridad es una boca de lobo que amedrenta al marino más veterano. Las montañas líquidas amenazan con sepultar a la nave y rompen en un tumulto de espuma sobre cubierta y costados del buque, provocando un ruido atronador. Las toneladas de agua embarcadas barren la cubierta y escapan por las bocas de tormenta, sabiamente instaladas. En cada arremetida de mar, el buque trema casi sumergido, pero aflora triunfal demostrando sus cualidades marineras.

Con cada bandazo rogamos que los parabrisas del puente sigan intactos, y no se dañen los puntos vitales que pudieran comprometer aún más nuestra relativa seguridad.

El tiempo pasa y las olas aumentan de tamaño y parecen inflarse, ya son de quince metros. En estas circunstancias los marineros que empuñan la rueda de timón comienzan a bajar los brazos y declararse incapaces de continuar. No era el momento para cuestionar esta falencia, donde ‘el mal de mar’ causaba estragos.

En una reunión de oficiales, el capitán, jefe de máquinas y el primer oficial decidimos timonear por turnos de dos horas para seguir manteniéndonos a la capa. Completamente solos en cada uno de nuestros turnos, aferrados a la rueda de cabillas con la vista clavada en el girocompás y en la pantalla del radar; ésta última prácticamente inútil, por los falsos ecos que hacen imposible detectar obstáculos o a otros buques. Tenemos solo la posición geográfica que nos brinda el GPS, y las comunicaciones con otras embarcaciones, sin soltar la rueda de timón y con el micrófono a la altura de la mano las hacemos por VHF. Dar unos pasos en esas condiciones equivale a hacer una caminata lunar o a terminar estampado contra un mamparo, perder el sentido y dejar al buque sin gobierno.

El huracán ya genera olas que superan los veinte metros y el viento a más de 200 kilómetros por hora que resuenan en los cables de la arboladura, mástiles y antenas de radio, como un lamento enervante que taladra los oídos y el chiflete helado se filtra por todos los resquicios de la estructura haciéndonos tiritar de frío.

El barco trepa las gigantescas olas como si escalara montañas y una vez en la cúspide, queda suspendido. De pronto vuela, la proa y la popa asoman al vacío. La hélice gira enloquecida fuera del agua. Luego, en vertiginoso descenso por el tobogán fantástico y orlado de espuma, se desliza hasta el fondo del seno donde impacta en tremendo choque contra la masa líquida, el estruendo hace retemblar el casco, que descompone el agua del mar en millares de gotas que se desparraman por efecto del viento y golpean el frente del puente de mando como perdigones disparados por un arma descomunal. El ciclo se repite sin solución de continuidad. Mareo y vértigo son nuestros amos y señores, pero tercamente nos aferramos a la rueda de cabillas, sabiendo que de esa acción depende la vida de todos.

No queremos pensar que cada golpe de mar puede ser el último y sobrevenir el desastre. La vista panorámica desde el puente muestra un cuadro dantesco; crestas fosforescentes que por el soplido infernal desprenden espuma de sus penachos y las incorpora a la atmósfera saturada de agua en suspensión, dificultando la poca visión que tenemos. A nuestro pesar, es un paisaje de rara belleza y produce efecto narcótico que serena los espíritus y nos convierte en espectadores privilegiados de primera fila, más aún cuando percibimos que la embarcación se comporta en forma más deseada que previsible.

En el interior del buque, se sienten los efectos del vendaval. Rolidos y cabeceos hacen volar objetos mal amarrados que, convertidos en armas, provocan cortaduras y golpes violentos. En esos momentos, como una necesidad intangible, la solidaridad brota siempre entre los hombres de mar. La mano amiga del compañero extendida para curar o consolar. Los oficiales con nuestra formación en primeros auxilios, debemos suturar o entablillar. Después de bastante experiencia acumulada, no nos salía tan mal y los pacientes agradecidos.

En nuestro buque, también nuestro universo, estamos solos de toda soledad, como una hoja al viento, donde la tecnología puesta al servicio del hombre, sirve de muy poco y los que tenemos la responsabilidad de mantener la nave a flote, debemos jugarla como una partida de ajedrez, estar serenos y no cometer errores. Las tripulaciones de los demás buques permanecen en idénticas condiciones, con los efectos del ‘mal de mar’ y la sensación de tragedia que se cierne.

Yo, como tantos, estoy decidido a pelear hasta el último esfuerzo, es la premisa. Nuestras familias en tierra también luchan, pero con oraciones para vernos regresar sanos y salvos.

En lo peor de la tormenta la radio sale de su letargo con los primeros pedidos de auxilio. Eran ocho los buques de altura con problemas de máquinas que, al embarcar agua por las chimeneas hacen detener los motores y la estabilidad se compromete por la falta de propulsión, no poder mantener el rumbo o atravesarse peligrosamente a merced de las olas. La situación de estas embarcaciones se torna delicada. Ningún buque está en condiciones de prestar ayuda a otro. Todos en pugna, no tenemos otra disponibilidad.

El “Amapola” embarca agua en forma peligrosa y su capitán comienza a emitir pedidos de auxilio. Esta sin máquinas ni energía eléctrica… Se hunde.

El capitán del “Angelito” (del mismo porte) decide adoptar una actitud heroica -ayudar al hermano en desgracia- y opta por intentar tomarlo a remolque, maniobra que implicaría enormes riesgos.

Al aproximarse, un buque queda en la cúspide y el otro en el seno de la ola. Suben o bajan en movimientos constantes, espasmódicos e imprevisibles, fuera de control, hasta que las dos naves se tocan accidentalmente provocando un rumbo en la obra viva del “Amapola” y su situación empeora.

Después de varios peligrosos intentos, alcanzan a pasar el cable de acero para remolcarlo, una verdadera hazaña. Todos seguimos los detalles de estas maniobras a través de las radios, alentándolos para que la suerte los ayude y logren lo imposible. A los pocos minutos los del “Amapola” no pueden controlar la inundación y comienza a hundirse. El cable de acero unido a quien intenta salvarlo se tensa sobre las cornamusas a las que esta amarrado, apretándose cada vez más por efecto de la tensión extrema.

Del “Angelito” tratan de cortarlo con los elementos que tienen, pero no les alcanza el tiempo. El gran peso del buque siniestrado, va camino al fondo marino, unido firmemente al que le tendió la mano amiga y entre las olas tumultuosas también se lo traga el mar.

Después de una eternidad, de gran tensión y del grito desgarrador del último instante; sigue un prolongado silencio. Las radios enmudecen, nadie osa hablar ni puede salir del estupor. Mutismo general, elevado y ofrecido como responso a los que, envueltos en las olas partieron rumbo a las profundidades.

Continúa el viento que suena como música de fondo a manera de saludo. Ya no están. Su partida deja un vacío indescriptible. Conocíamos a los tripulantes. Eran todos hijos de familias marplatenses que vivían en el puerto, muchos amigos, la mayoría padres de familia, hijos o novios a punto de casarse, procedían de la banquina chica, hombres de chacotear con todo el mundo, de hablar a los gritos, de hacer bromas, de risa fácil.

A los que continuamos en la lucha por mantenernos a flote, aunque secos y a resguardo, un sentimiento de culpa nos atenaza el pecho. Seguimos vivos y con la impotencia de no haber podido ayudarlos; solo mantenemos la esperanza de que el temporal reduzca su fuerza y que pudieran haber alcanzado a abordar las balsas salvavidas. Los que no, seguro hubiesen tenido una muerte rápida y misericordiosa.

El viento furioso sigue bramando como si el Hacedor quisiera demostrar quién manda y que él puede hacer su voluntad como con todas las criaturas. Nos deja un regusto amargo y la pregunta sin respuesta: ¿Dios es omnipotente, justo o compasivo? Es solamente Dios y debíamos acatar su voluntad.

Al término de mi turno de guardia antes de retirarme a descansar, quise hacer un repaso del buque para inspeccionar los compartimientos. Comienzo por el extremo de popa. Al llegar a la zona del cuarto de máquinas del timón, me cuesta trabajo abrir la porta estanca, presagio que me encontraría con una sorpresa desagradable. Al lograrlo, lo confirmó la catarata de agua que estalló encima mío con fuerza e hizo que cayera y fuera rebotando contra los mamparos del pasillo. Me incorporé como pude, sobreponiéndome mientras el agua helada se escurría entre mis ropas. Tomándome de lo que tengo a mano, puedo restaurar el equilibrio y acudo a buscar ayuda entre la marinería.

—¡Muchachos, tenemos un compartimiento inundado! Hay una vía de agua, levántense a ayudar…Por favor…

Nada ni siquiera se movieron. Víctimas de desazón y del ‘mal de mar’ muchos con los ojos enrojecidos por el llanto contenido a duras penas. Están en un sopor, shockeados por la reciente

desgracia, tumbados y vestidos en sus literas, alguno con el chaleco salvavidas colocado. Parece no importarles que el buque siga a flote o no.

Me enfurezco para que se movilicen y darme mis propios ánimos:

—¡Levántense carajo, maricones de mierda!

Los hombres curtidos por las penosas tareas de la intemperie, se van levantando para incorporarse a un pasamanos de baldes y poder achicar el compartimiento inundado. Lo que al principio comenzó con un poco de vergüenza y miradas torvas, de soslayo, culminó con un abrazo solidario. A más de uno, sin pudor o en la soledad de los camarotes, se nos escapó una lágrima silenciosa.

Amanece y la tormenta comienza lentamente a ceder. Queda la resaca y el mar de fondo que se fue serenando cerca del mediodía. Dejaba atrás la noche más larga y triste de mi vida. Todas las embarcaciones nos abocamos a las tareas de búsqueda de náufragos, sumándose buques patrulleros y aviones de La Armada y Prefectura Naval. Al paso de las horas se perdieron las esperanzas de encontrar sobrevivientes. Solo aparecieron las balsas, una bien armada y sin ocupantes, otra, que no alcanzó a inflarse, algunos chalecos salvavidas y otros despojos. Recién el día veinte como para dar testimonio, las profundidades devolvieron el cuerpo de uno de los dieciséis tripulantes desaparecidos, el del marinero Vicente Di Iorio.

Otra vez el puerto de Mar del Plata amanece de luto, y siguió por muchos días. Los familiares de los náufragos se resisten a aceptar el fin de la búsqueda y deambulan lastimosamente por los muelles en busca de alguna esperanza, que alguien les de una explicación y ellos poder entenderla. Solo obtienen miradas de conmiseración y un nudo en la garganta como muda respuesta.

Están ahí a pocas horas de navegación de Mar del Plata el desmesurado Atlántico los cobijó. Quedaron para siempre en el inmenso sepulcro marino -¿Solos?-…¡No!…Acompañados por el ulular del viento y el recuerdo respetuoso de quienes los conocimos… En el corazón de sus familias y en la memoria colectiva de nuestra querida ciudad.

                                 Héctor Scaglione

Irrumpe la vida

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Al principio produjo un crujido y justo en el centro del tocón, apareció el nuevo brote,

Nadie le hizo caso, pero crecía tan rápido que con su fuerza partió al tocón exactamente al medio, ahí lo descubrieron.

Ahora la copa del nuevo árbol apunta triunfal al cielo.

                     Héctor Scaglione 2019

EL RÍO Y SUS BAQUEANOS

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El Amazonas visto desde el aire es una vena de sangre bermeja que fluye sobre el inmenso cuerpo verde de la selva. Con pronunciados meandros, en partes recto o de márgenes ensanchadas, capaces de ocultar la vista de la otra orilla. Es un curso cambiante hasta llegar al corazón de su origen donde se alza la ciudad de Manaos. Después de surcar el Atlántico sur era nuestro destino final.

Los baqueanos, conocedores del río por ser parte de antiguos mitos y haberlo navegado desde sus orígenes; procedían de las tribus de la misma cuenca. Los elegidos ancestrales, los más aptos y dignos, los únicos que podían aprender el oficio y enseñárselo a sus hijos y a los hijos de sus hijos. A pesar de demostrar aparente sencillez, emanaban una fuerza que traspasaba sus rostros impenetrables. Embarcaron en Belen Do Pará, delta de las bocas del Amazonas que desaguan al Atlántico.

En el puente de navegación, lugar de trabajo, para traspasar las tinieblas que circundan al buque, en noches cerradas se ayudan con binoculares, confiando más en los propios ojos que en la pantalla de radar. No permitían fumar en la timonera. Los cigarrillos eran puntos luminosos que, reflejados sobre los cristales podrían dar señales erróneas en la ruta, y las voces de una conversación trivial confundirse con las de mando. Ellos, con un anémico horizonte lunar, atendían el avance del buque oteando más allá de la proa, intuyendo las mínimas alteraciones del curso fluvial. “Ezquerda-direito-ezquerda” (1) eran órdenes precisas impartidas al timonel de guardia, sin agregar comentarios. Silencio sordo. Solo se escuchaba el murmullo lejano en las entrañas del buque y alguna charla a media voz. Cuando algún aguacero tropical arreciaba y disminuye la visibilidad, entonces ordenaban detener máquinas y echar el ancla, fondear. Al quedar libres de actividad náutica, cobraban otra dimensión. Se distendían o permanecían sumidos en un silencio hermético, cerrados al diálogo, enfrascados en alguna actividad difícil de interpretar. En cada viaje, rara vez eran los mismos, pero, entre todos parecía haber un acuerdo tácito. Durante el remonte del río que duraba unos cinco días, no usaban el camarote asignado, salvo los baños y no se desprendían en ningún momento de los bolsos de mano. El libre de guardia dormía junto a la bitácora, enroscado como un perro con el bolso de almohada. El otro cubría su turno y al final se relevaban al pie del timón. Comían frugalmente y no tomaban alcohol. Era razonable pensar en un exceso de responsabilidad. La bajada del río, desde el último puerto de recalada, insumía la mitad del tiempo hasta el delta, a lo sumo tres días.

Con el buque fondeado salían a cubierta tanto de noche como de día. Elevaban el rostro y los brazos al cielo. Distanciados uno del otro observaban la selva y al parecer, más que hablar, emitían sonidos. Verlos hacer cosas extrañas, ya no asombraba a nadie, es más, nos divertía.

Desde la selva, en la negritud impenetrable resaltaba el brillo fosforescente de los ojos de las onzas y jaguares en plena cacería nocturna. Y, a quien estuviera cómodamente sentado en la toldilla de popa, se le exacerbaban los sentidos, el olor a humedad y el que despedían las fieras nocturnas. Depredadoras y depredadas estimulaban el instinto para el ataque o la huida. El ronroneo tranquilizador de las máquinas en las profundidades permitía dejar fluir las fantasías sin peligro.

De día, el panorama era otro. La humedad hacía más sofocante el calor. Tucanes, guacamayas y una variedad increíble de pájaros de plumaje multicolor surcaban el firmamento. También lo hacían los urubúes al detectar la muerte, y volaban en círculos, exhibiendo, desplegado su entorchado azabache. El río, abundante de vida, delfines de agua dulce cruzaban la proa en un despliegue de audacia y velocidad como si jugasen con un pez más grande pero menos veloz aunque inofensivo. Los simpáticos monos aulladores huían despavoridos y saltaban de árbol en árbol hasta alejarse de la amenaza del gigante que se deslizaba por las aguas.

En uno de los viajes promediando el remonte del río, nos sorprendió una tormenta tropical. Fondeamos en el punto indicado por ellos. Con el ancla firme, el buque se acomodaba a la corriente hasta alinearse sobre la costa, tan cerca de tierra que se podían tocar los árboles, con el peligro de embarcar alimañas, y de hecho muchas veces sucedía, cuando, desde el cielo se escurrían toneladas de agua, por las puertas laterales con sus bolsos y los secretos dentro, encaminados, uno a proa y el otro a popa mientras miraban hacia la selva. Sus voces imitaban a las criaturas salvajes. Desde la fronda surgían sonidos similares como si contestaran. Después los truenos, como una tropilla de caballos salvajes que se alejan, se fueron apagando, y el aguacero así como comenzó, cesó. Se levantó el ancla y continuamos viaje. Los aborígenes, herméticos, sonreían, si alguien les hacía preguntas. Las evasivas eran sus respuestas. Pero el que se comunicaba con mayor facilidad, ante la exigencia del capitán, con voz carente de emoción reveló el secreto:

—Comandante, a esta altura del río, nuestros hermanos están de cacería y podría ser peligroso para nosotros.

—Hay animales que tienen el espíritu de los muertos y no deben ser cazados.

Una corriente eléctrica pareció paralizarnos en el lugar en que estábamos. Si alguien hizo un amago por sonreír, quedó solo en eso. Él continuó:

—Los dioses del río y de la selva nos dicen qué hacer para no atraer maleficio —dijo locuaz al principio, pero al ver el interés que despertaba, guardó silencio.

—¿Matan a los cazadores? —lo interrogó el capitán. Esperando una respuesta, volvió a sondearlo con la mirada, pero, por el gesto cerrado, supo que no volvería a abrir la boca.

En ese mismo momento, como si se develaran secretos muy bien guardados, se escuchó un aullido que brotó de la selva. El que había hablado se puso rígido, ocultó la mirada tras su renegrido flequillo, y con voz monocorde comenzó a pronunciar unos vocablos extraños. Su compañero llegó corriendo desde la popa y antes de entrar, se detuvo en seco. A pesar de la agitación, le hizo eco con expresiones parecidas. Del bolso terciado a su espalda, pude ver asomar un trozo de caña, parecía una cerbatana para arrojar dardos, las mismas que los jíbaros usan para inmovilizar a sus víctimas y después cercenar sus cabezas.

Como si el tiempo se hubiese detenido y ellos no pudiesen escapar a la fatalidad grabada en sus genes, el mito ancestral emergió en un acto espontáneo. En la media oscuridad del alerón del puente, el cuerpo del que estaba al mando, recortado contra el fondo de la selva, se veía más grande. El grueso cuello surcado de venas y el pecho lampiño tras la camisa entreabierta parecía una estatua monolítica. Con voz grave y profunda continuaba modulando en lengua aborigen. Mientras, el buque con buena velocidad descontaba las últimas millas y parecía volar sobre el agua. En el cielo nocturno reverberaba ya el resplandor de la cercana Manaos.

Ante la inminente entrada a puerto, la imagen del aborigen pasó desapercibida para la mayoría de los que estábamos en el puente, no para mí.

Hasta el momento del amarre no volvieron a hablar, limitándose a atender las órdenes dadas al timonel, ahora impartidas por el capitán.

Al arribar a puerto y embarcar las autoridades de puerto, los baqueanos sonrientes contrastaban con el blanco impecable de sus uniformes náuticos tropicales: camisa y pantalón bermuda, descalzos y luciendo con orgullo las hombreras de oficiales de cabotaje.

En ese instante, de uno de sus bolsos entreabierto, alcancé a ver dos canutos vegetales, eran cerbatanas. No me fue difícil identificar el pequeño pote de madera conteniendo la pócima paralizante de <curare>. Al sentirse descubierto, por la mirada que me lanzó el dueño de la <evidencia> supe que debía callar.

               Héctor Scaglione

LA PALABRA ESCRITA

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Es como las semillas arrojadas al aire, a algunas se las lleva el viento, otras caen para alimentar a los pájaros, otras, como causa y efecto prenden en tierra fértil, echan raíces, crecen, se hacen árbol, dan sombra, alimentan con sus frutos.

A partir de la memoria colectiva, como necesidad y sin solución de continuidad hará que otros muchos siembren semillas, palabras que, al verlas impresas penetren intelectos ávidos de conocimiento, y así lograr la libertad de elección a través de métodos analíticos propios de la imaginación de cada uno, en suma serán formadoras.

La palabra escrita puede ser incisiva, a veces lacerante. Cuando los objetivos a lograr son claros, no tiene límites de penetración y es más poderosa que las armas.

A veces el texto, sin intención del autor, puede dar lugar a interpretaciones diversas. Pero, acompañado del calificativo apropiado será convincente, provocador, obligando al ensayo de quien lo escucha o de quien lo lee. La profundidad de su llegada será imposible de ocultar.

La contrapartida es, cuando se manipula intencionalmente o se modifica por el rumor, provoca pánico, enciende pasiones y pervierte ideas, muchas veces al sublimarlas a través de la manipulación intelectual, por ley del menor esfuerzo, esas mismas ideas son tomadas sin ahondar por el vulgo, como una cuestión de fe, y cumplen el objetivo de llevar a cabo acciones planificadas por otros.

Cuando las palabras son expresadas en prosa embellecen, se convierten en arte, son caricias para el alma, despliegan la esperanza, conmueven, enamoran, arrancan sonrisas, provocan lágrimas e igual que el fuego transmiten calidez, impulsan la comunicación entre los hombres de buena voluntad para fusionarlos en la primacía de la cordura, que aleja la violencia, por ende y como consecuencia, la destrucción de la humanidad. Esa sabiduría intangible e inocultable, puede verse transmitida como el humo provocado por ese fuego que cubre el horizonte.

Desde la antigüedad brota la voz de Séneca, el gran pensador romano que dijo: “Solo el arte en cualquiera de sus manifestaciones salvará al mundo”

                                                        HÉCTOR SCAGLIONE