Buque científico “Capitán Oca Balda”

En el buque oceanográfico y de investigación pesquera “Capitán Oca Balda”, del que fui jefe de máquinas entre los años 1994 y 1999, tenía su base en la dársena Naval de Mar del Plata. Ya fuera de servicio todavía se lo puede ver entre los buques del INIDEP que ya no navegan, arrumbado y con su larga historia a cuestas. 

Mariano Pavicic, artista plástico, amigo, colega y compañero de trabajo en el mismo barco, lo plasmó en plena navegación, eternizándolo en un realismo plástico casi mágico. Juntos y el resto de la tripulación domamos tormentas a lo largo y ancho de nuestro extenso litoral marítimo desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo de Hornos incluyendo nuestras Malvinas, Isla de los Estados y Georgias del Sur. Convencidos y junto al personal de científicos embarcados, en lucha por la conservación de las especies y la no contaminación de los mares. Soñando con que las generaciones futuras puedan disfrutar de un mundo mejor y más limpio.

                    Héctor Edgardo Scaglione

La película que no pude ver

La dolce vita

Aquel anochecer mi vuelo desde Ezeiza, debió arribar a Roma por razones técnicas. Y desde el Fiumicino me trasladan a la ciudad, me alojan dentro del casco histórico justo frente al Forum. Como un milagro a pocos pasos del hotel, me enfrento a parte de las nutridas y profundas historias de aquel imperio más poderoso de la tierra.

Aunque cansado por el viaje, una vez alojado salí a dar una vuelta por los alrededores. Sin premeditación, aparezco frente a la Fontana di Trevi, desierta de paseantes y turistas a esa hora. Me acomodo frente a la fuente, mientras se escucha a lo lejos la voz de Doménico Modugno que modula “Dío, come ti amo” y siguen otras que brotan de esa noche mágica y nostalgiosa.

El ruido del agua de la cascada suena como un arrullo. Y en la paz de esos momentos viene a mi memoria la película que en mi juventud no me dejaron ver.

A los pocos minutos, se silencia el ruido del agua, se apagan los reflectores y queda el lugar en semi penumbras, salgo del ensimismamiento, pero… ¡Es igual que en la película! Fuerzo la vista y me sobresalta al ver a alguien dentro de la fuente ¡que avanza! Me da un escalofrío. ¡Es Anita Ekberg con su vestido negro y viene directo en mi dirección! creo que voy a desmayarme ¿estaré soñando? La diosa sueca, al momento de levantar una pierna para salir de la fuente… quedo duro como una tabla y pese al esfuerzo no alcanzo a ver su piel de porcelana.

Vuelvo el tiempo atrás; Buenos Aires, década de los años ´60, linterna mágica de sueños de celuloide plasmados en la calle Lavalle. El destacado cine “Metropólitan” exhibe sus marquesinas con figuras del estreno, tan esperado como prohibido: “La Dolce Vita” dirigida por Federico Fellini.

Corre el año 1961; espero en la cola junto a mis dos amigos para sacar las entradas. Mientras admiro los afiches gigantes. Anita Ekberg de tan blanca parece pertenecer al grupo escultórico de la Fontana, pero no, es real, su piel se puede tocar, sus labios entreabiertos como susurrando besos, los pechos turgentes y generosos pugnan por asomar rebasando el escote del vestido negro. En segundo plano Marcello Mastroianni se integra a la escena predominante y absoluta de Anita Ekberg. La ansiedad no me da tregua y continúo alimentando la imaginación.

No veo la hora de pasar la ventanilla inquisidora y sacar la entrada de una vez. Paciencia, dentro de unos instantes estaré cómodamente sentado en la platea, soportando el número vivo hasta que termine, se apaguen las luces y comience la magia. Mientras, imagino a la Anita de carne y hueso que en un instante parece cobrar vida y corresponderme con un movimiento de labios. No puedo con mi ansiedad, al llegar por fin a la boletería, trato que no se me note tanta angustia acumulada:

Me da una platea

¿Cuántos años tenés, pibe?

Esa voz desagradable y autoritaria, resaltó lo de pibe que me preció inadecuado pero, era Dios vigilando quién podía y quién no.

Dieciocho

Dije en tono desafiante.

¡Mostrame la libreta de enrolamiento!

No la traje, pero tengo cédula.

A ver.

No hacía calor pero comencé a transpirar, me faltaban tres meses para cumplir la gloriosa mayoría de edad y no podía ser que por esa insignificancia me fueran a rechazar.

Me juego, la cédula tenía un poco borroneado el año de nacimiento, por ahí hasta podría pasar.

El tipo mira el documento, me compara con la foto, lo cambia de perspectiva, después se la muestra al compañero, y entonces hacen la seña fatal, el movimiento acompasado de la cabeza a ambos lados y yo que me desmorono, sino lloré fue por pura vergüenza. El joven es menor, comentan entre ellos.

Uno de los taquilleros resaltó lo de menor y lo de pibe, sentí como una puñalada en el pecho y ya iba a comenzar a discutir, hasta que alguien de vigilancia me toca suavemente la manga del saco para disuadirme.

Lo siento muchacho, no puede ingresar.

Uno de mis amigos, el que me precede en la cola, y me espera en la puerta para entrar juntos. Al ver que no me dejan se le pinta un gesto de conmiseración pero, el muy desgraciado entró igual.

Me resigno, no me queda otra. A la espera que transcurran las casi tres horas que duraba la película, deambulo como sonámbulo por Florida, Corrientes, Carlos Pellegrini y Santa Fe, la vuelta al perro y mirar chicas mientras transcurre el tiempo.

Al finalizar me paro a la salida de la sala, los espectadores comienzan a brotar a través de las puertas batientes, parecen todos iguales, con un gesto estúpido de felicidad, provocado por las imágenes que acaban de ver y que todavía desfilan ante sus ojos. A mis amigos, recién pude verlos cuando escuché sus risotadas y pegándome a ellos, no los dejaría hasta que me cuenten la película.

Ante mi insistencia me hablan de las escenas predominantes una mil veces, de última tratan de evitarme para que no los importune más.

Lo que más me interesaba y quería saber en detalle era de la escena cuando Anita Ekberg se introduce en la fuente y desde allí lo llama a Marcello.

Pasaron los años y nunca se me dio ni busqué la oportunidad de ver “La dolce vita” o tal vez preferí que fuese así para seguir recordándola, y esas escenas estarían en mi corazón para siempre.

Igual que en mis lejanos 18, ahora en el mismo escenario y sin moverme del lugar frente a la fontana, fuerzo mis recuerdos para soñar y hacer de ese sueño una realidad.

La veo calzada con botas y cubierta con una negra capa que le llega debajo de las rodillas. Sale chapoteando agua. Pero… ¡ahí se rompe el encanto! Desde la fuente brota una recia voz de barítono que deja escapar algunas maldiciones. Evidentemente no se trataba de Anita.

Es el empleado encargado de mantenimiento que, momentos antes había apagado las bombas de agua y las luces que se volverían a encender al principio de la próxima noche. Al ver mi gesto interrogante y de sorpresa, pasa cerca, sonríe afectuoso y me palmea el hombro:

Tutti i sognatori come te, mi confonde sempre con un fantasma, jajajaja.

Se fue alejando mientras tararea una canción de Doménico.

Habían pasado catorce años de la película que no pude ver, aunque me hubiese gustado continuar siendo un “sognatore”

Solo, lejos de la familia no me quedaba mucho tiempo para soñar. Estar fuerte ahora es mi premisa, al otro día debía retomar un vuelo a Bengazi (Libia) para embarcar como primer oficial de máquinas en un mercante argentino.

                     Héctor Edgardo Scaglione

Casandra y el mar

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Subo a cubierta, y después de adaptar mis ojos a la oscuridad, la descubro.

La brisa mueve levemente su cabello, es etérea, como si flotara.

Está apoyada en la borda, mira el mar y parece disfrutar de la travesía.

Me detengo a observar el extraño fulgor que le transfiere la fosforescencia marina. Para no importunarla con una aparición abrupta, rodeo el castillaje en silencio y, ayudado por las tinieblas de la noche, aparezco muy cerca de ella. Esbozo un saludo aludiendo a la bonanza del clima. Ella, con la mayor naturalidad, como si me hubiese estado esperando, responde:

Noche perfecta, para soñar.

Está sola y parece no esperar compañía, pero no siento rechazo, todo lo contrario:

Contemplo la belleza de ese rostro perfecto y me presento.

Soy Martín.

Yo Casandra.

Con delicadeza, rehúsa extender su mano al momento de presentarnos. Pero, después de unos instantes y de común acuerdo, caminamos por cubierta mecidos por el suave balanceo del buque. Emana una sensualidad natural, su voz es clara y se sincroniza con el murmullo que produce el mar al ser embestido por la proa.

En ese primer encuentro habla los temas que parecen encantarle: mares borrascosos, largas ausencias a bordo, naufragios, olas gigantes y tsunamis demoledores. La escucho embelesado. Así sucede noche tras noche ante un angustiante rechazo-aceptación.

Después no son necesarias las palabras, nos entendemos por gestos y miradas en una placentera forma de comunicar.

Estar con ella se convierte en una obsesión que se suma al tormento de las largas esperas para encontrarnos al finalizar mis guardias nocturnas.

Habíamos zarpado de Buenos Aires rumbo al Mar del Norte, y al comienzo de los trópicos, punto de nuestro primer encuentro, nunca dejó de imponer una barrera marcando límites. Pero, una vez frente a frente casi pegado a su cuerpo, sin tocarlo según sus deseos, me impregna la fragancia que la rodea, ejerciendo un control y autocontrol que me abarca.

A medida que nos adentramos en el hemisferio norte, la temperatura comienza a bajar en forma considerable, ya no es placentero estar a la intemperie y menos cuando sopla el céfiro, pero ella nunca accedió a encontrarnos en un lugar más cómodo como ser mi camarote o el suyo, por ejemplo.

Sus ropas demasiado holgadas, a pesar de presentirlas no dejan transparentar las formas. El mantener siempre distancia, me hace dudar de la autenticidad y pensé en un holograma escapado de la “Invención de Morel” Y por alguna razón desconocida se oculta tras un velo de misterio. A pesar de desconocer su identidad, aquellas noches fueron intensas e inolvidables.

En el ajetreo previo a la zarpada, no pude ver cuando embarcaba junto a los demás pasajeros. Para despejar dudas me dirijo al puente de mando a revisar las referencias del pasaje. Después de varias lecturas minuciosas no encuentro a ninguna Casandra, y entre las fotos de los pasaportes, a nadie que se le pareciese. Podría ser una polizón como ya nos había ocurrido en otras oportunidades, y revisé los botes salvavidas por si se hubiese ocultado en uno de ellos. En el comedor, los turnos de almuerzos o cenas pasaban sin que ella apareciese.

Tratando de demostrar una seguridad que no tenía, una noche le pregunto al mayordomo, quien me miró raro, y sin encontrar la respuesta adecuada esbozo una sonrisa tonta. Desaparezco para evitar preguntas. Estoy desolado aunque sin perder las esperanzas, aunque tengo seguridad, que no habría lugar en el buque donde pudiera permanecer oculta y que yo no conociese.

El momento del arribo estaba tan cercano que me hizo sentir un escalofrío pero lo disimulé.

La última noche, al despuntar el alba estaríamos en el delta del Elba, después remontar el río, y una vez en puerto, amarrados, tal vez nunca más volvería a verla.

A la última cita, como en las anteriores, llega después de la medianoche. Pero esta vez es diferente, me rodeo estrechamente con sus brazos como si intentase atenuar la inocultable tristeza que comienza a invadirme. El contacto con su piel es tan real que olvido mis fantasías. Huele a mar como el más sublime de los perfumes y una húmeda calidez brota de su cuerpo. Encepado entre esos brazos, tengo la sensación de que son tentáculos que buscan sofocarme pero, su voz, susurro hipnótico, mantiene una realidad a la que me aferro.

El ronroneo amigo de las máquinas vibra bajo mis pies y me ayuda a conservar la cordura. Después, sin tiempo para reaccionar, se aleja un trecho, permanezco observándola. Ella, con una vaga sonrisa donde parece esconder secretos ancestrales, me clava su intensa mirada azul atravesándome como si fuesen saetas. Quedo inmovilizado sujeto a su voluntad.

Hace un movimiento imperceptible y el atuendo de tonalidades marinas cae a sus pies. Envuelta en la bruma y a la luz difusa del amanecer se delinean sus curvas que superan con creces a las que había imaginado. Ahora en exultante desnudez es una belleza que vulnera los sentidos. Tal vez fuese un sueño pero no, es muy real.

Continuamos una especie de diálogo donde las palabras son gestos a interpretar. Ondula incitante a modo de invitación para que la siga por un sendero que finaliza en el mar. Carente de voluntad me encamino hacia ella, y al momento de alcanzarla, un violento golpe de mar, seguido de pronunciado rolido, hace que deba tomarme con firmeza del barandaje para no rodar y ser devorado por las aguas heladas.

Tal vez a partir de este incidente se rompe el sortilegio y yo dueño de plena movilidad pude haber continuado pero no lo hice, algo me detuvo. Ella no insistió. Después hubo un último guiño a modo de adiós, o quizás no definitivo, y se fue transparentando hasta desaparecer.

A punto de arribar al destino de nuestra primera recalada, ya titilan las boyas de la embocadura del canal. Las nubes corren a baja altura como llevándose las últimas briznas de la noche y el mar, que rodea nuestro microcosmos comienza a encresparse por el soplo del céfiro.

Busco a Casandra pero ya no esta. El vestido de tonalidades marinas quedó en el mismo sitio de la cubierta en que la vi por última vez. Lo tomo entre mis brazos como si fuese un tesoro o para aferrarme a algo de ella, pero comienza a diluirse, se escurre entre mis dedos como si fuese agua, el agua helada del Mar del Norte.

Después de embarcar práctico para remontar el río, un pálido sol de invierno nos recibe al arribar al puerto de Hamburgo.

          Héctor Edgardo Scaglione

Un soplo de vida

Aquella tarde de domingo, aburrida y sin saber qué hacer, se pone a revisar trastos viejos arrumbados, y, entre ese revoltijo de vejeces, encuentra un cachivache extraño. Cuando logra sacarlo a luz comienza a limpiarle la mugre pegada. Y, a fuerza de fregarlo le aparece una piel reluciente con algunos manchones de óxido.

Los ojos son dos lamparitas y la boca con forma de banana muestra una sonrisa medio estúpida. Después del peso que le sacaron de encima parece contento de haber sido liberado y volver a ser.

La anciana recuerda. Allá lejos, entre las brumas de la memoria de cuando los chicos, ayudados por el padre y unos planos del colegio industrial, lo construyeron. El logro que los llenó de orgullo

fue esa maravilla mecánica. Ahora es como tenerlos a ellos y al José otra vez en casa, todos juntos. Emocionada por los recuerdos, gruesos lagrimones corren como ríos por sus profundas arrugas, y sonríe por las buenas cosas vividas. Las manos rugosas acarician esos objetos queridos, por el poder que tienen de revivir el pasado.

Recordó que al caminar producía ruidos raros y le salían chispas. ¿Cómo lo llamaban?… “Coco” ¡eso! le pareció un nombre bastante tonto. A ella no le gustaba nada pero, ver a ‘sus hombres’ tan felices le contagiaron la alegría.

A José, el último agosto se lo llevó después de una gripe complicada. Los chicos, ya hombres, viven fuera del país y ahora se sienten cada vez más lejanos. Amigos, pocos por esa mala costumbre de llegar a viejos y perder las ganas. Los vecinos, más o menos, cada cual en lo suyo sin tiempo para conversar o hacerle un poco de compañía. De los parientes mejor ni hablar, ya ni la visitan.

A José siempre le reprochaba haberse ido así, de pronto, dejándola tan sola.

¡Si no eras tan viejo para morirte! —le decía a su omnipresencia.

¿Cómo era que andaba esta porquería? ¿Dónde se enchufa?… Cuando llamen los chicos les pregunto.

Sonándose la nariz, busca el cable que no tiene, y en eso, de la espalda metálica se abre una tapa y aparece una ruginosa batería de auto.

Llama al mecánico del taller de enfrente para que trate de arreglarlo y lo ayuda a cargarlo en una carretilla,

Cambiale lo que haga falta, nene, quiero que esta cosa ande.

Está bien abuela, cuando lo tenga listo se lo traigo (esta vieja debe estar medio chiflada) —pensó.

A las pocas horas:

Doña Maruca, aquí lo tiene, le cambiamos la batería nomás y… camina ¿Quiere verlo? —le dijo el mecánico, ahora maravillado.

Milagrosamente el Coco funciona, puede andar, mover los brazos. Prende y apaga los ojos como si los guiñara y le salen chispas de la mollera.

Está bien, dejámelo en el patio bajo techo; que no se me moje por si llueve ¿viste?. Por ahí hasta puede servir para compañía al menos.

Lo mira al “Coco” y se reprocha haber gastado tanta plata en esa porquería. Si solo es un recuerdo, encima de flaco, feo y petiso como un enano.

¡Qué cara de boludo tenés, podían haberte hecho mejor! —le dijo bastante disgustada.

Casi imperceptible, el muñeco hizo un pequeño movimiento y un chirrido “cri-cri” como un grillo o un crujido metálico.

¡Me pareció verlo moverse, pero si yo lo apague de la llave!

Aullidos nocturnos, como siempre, de los gatos que no la dejan descansar, ella los soporta resignada sin animarse a espantarlos, no sea el caso que se le fuera a meter un chorro por la ventana que daba al patio…nunca se sabe.

Pero esa noche después de una ruidosa barahúnda se hizo silencio, ella lo consideró extraño. Al otro día al salir al patio ve algo raro en el piso, parece una oruga grande y no se atreve tocarla, se acerca con mucha precaución. Al moverla con el palo de la escoba, descubre que es el minino de al lado.

Pobrecito ¡Qué salvajes los gatos, cómo lo dejaron! Por las dudas no le digo nada al vecino, a ver si cree que se lo maté yo.

Bueno, por lo menos ahora podía descansar tranquila. Y, como si nada lo tiró al tacho de basura.

José, desde la imagen fotográfica le sonríe. Solo a veces, al notarlo serio lo reta porque la pone triste y le estropea el día. Como de costumbre, antes de acostarse le comenta las novedades del día, y al hablarle del “Coco” le pareció que a José se le iluminan los ojos y ensancha una sonrisa. Incrédula, segura de ser fruto de la imaginación, lo mira a través de la niebla de sus propias lágrimas,

¡Qué raro si yo lo dejé bien derechito! —enderezó el retrato que colgaba en la cabecera de la cama y quedó pensativa— ¡qué raro! —volvió a repetir, pero sonrió como si la esperanza fuese posible. Esa noche los gatos no le dieron el acostumbrado concierto y Maruca pudo dormir como un lirón.

Demasiado tiempo frente al televisor y tanta sangre en hechos violentos la llenan de espanto condicionándola a vivir con miedo.

Una tarde después de ir a cobrar la jubilación, tiembla como una hoja al subir al colectivo para ir a casa. Ocupa uno de los últimos asientos con feo presentimiento. Se abraza a su cartera, mira horrorizada a los pasajeros que la rodean y piensa:

Seguro adivinaron que llevo plata y me la quieren robar.

Al bajar camina rápido como si la corriese el diablo. Antes de llegar a la casa, varios muchachos sentados en la esquina, gesticulantes y a los gritos, toman cerveza y se fuman unos cigarrillos raros que comparten. Uno, que parecía conocerla, la mira desafiante y burlón como quién se siente intocable, inspira miedo y lo sabe.

Desocupados y con todo el tiempo del mundo, observan los movimientos del vecindario. Esa noche fue la elegida, Tulio, el que lleva la voz cantante, junto a un cómplice deciden ir a robarle.

Cuando la vieja esté dormida, rompemos la ventana del patio y entramos a choriarla, si grita la cagamos bien a palos.

Parece que cobró la jubilación —dijo su compinche con una sonrisa cruel, mientras se limpia la boca con la manga mugrienta como si le cayera un hilo de baba.

Es medianoche y la vieja duerme profundamente. Colarse por los techos les resulta más fácil de lo esperado y, al llegan al patio Tulio se concentra en cómo encajar la uña de la barreta en el lugar apropiado. Mientras el cómplice lo alumbra con un fósforo para ver donde debe aplicar el golpe a las bisagras que reventarán con un ruido seco. Rápidos y silenciosos, se relamen de gusto al pensar que no habría resistencia. Será más fácil que robarle caramelos a un chico.

¿Escuchaste ese ruido? —preguntó el Tulio a su compinche.

Apagó el fósforo y, al oler el peligro quedan atentos hasta escuchar sus propios latidos y una respiración que ya dejaba de ser tranquila.

No jodas, son los grillos —dijo el cómplice

El cri-cri viene del lado del garaje, ahora pueden escucharlo con claridad.

Es un grillo te digo ¿no te das cuenta, boludo?

Se abocan de nuevo al trabajo, pero el silencio parece tener peso y transpiran sin que haga calor. El Tulio ya colocó la palanca bien en la hendidura, entre el marco y la hoja para darle el golpe de gracia. Mira al socio que se le apagó el fósforo y le llama la atención que no hubiese encendido otro. Queda tanteando en la oscuridad para terminar de una vez. En medio del silencio se siente observado. En ese momento Tulio sintió que mil aguijones de hierro le laceran el cuerpo, después, con un dolor imposible de soportar lanzó un alarido tal que quiebra el silencio de la noche.

A las corridas urgentes escapan trepando paredes y techos como si fuesen alimañas. El ruido de la barreta al caer rebotando en los mosaicos del piso, alertó al vecindario, después nada, silencio absoluto.

Doña Maruca se despierta sobresaltada por el barullo, cree que son otra vez los gatos y ni se movió de la cama. Pero a la mañana al salir a echarle agua a las plantas ve al “Coco” bajo el alero del garaje. Le sonríe como siempre pero no está como ella lo dejó. Lo nota medio inclinado apoyándose en el codo derecho. Entre los dedos de su mano metálica tiene un trozo de algo manchado con porquería que parece sangre.

¡Las cosas que traen estos gatos de mierda! —dice Maruca y frunce la nariz con asco.

La inmundicia que parece ser un dedo, lo barre y lo tira a la basura.

            Héctor Edgardo Scaglione

 

La primera cita

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Al cruzarse con ella, como habitualmente lo hace, le dirige un tímido saludo y la rabia de no animarse a más. Pasa el tiempo y, en su realidad virtual, la ve más bella pero más lejana.

Sumergido en agónico suspenso espera hasta el próximo encuentro. Cuando se produce, al saludo acostumbrado le agrega una pequeña conversación y renacen las esperanzas pero, cuando la ve alejarse queda flotando con la sensación de no sentir la tierra bajo los pies. Siente que es su mitad para estar entero y los deseos de tenerla cerca acrecientan el poder de atracción.

Un día la ve aparecer con aire casual y una sonrisa iluminada. Se detiene muy cerca, percibe el aura y un calor que emana de su presencia. Sin hablar se beben con los ojos mientras los latidos se aceleran. La invita a salir, sin sorprenderse, antes de responderle deja pasar unos instantes que a él le parecen una eternidad. Sus largas pestañas revolotean como si lo acariciara, gesto donde estan todas las respuestas al misterio de la vieja atracción de los sentidos. Acentúa la sonrisa y acepta con un sí absoluto.

Quedaron en encontrarse en un petit restaurant en pleno corazón de Belgrano. Sentado a la mesa previamente reservada, aguarda su llegada tratando de pasar desapercibido y ocultar los nervios, mientras la música ambiental lo envuelve, el aroma a especias acorde con el lugar, perfuma el aire en un remedo de comarca exótica. Pocos comensales charlan distendidamente sin elevar la voz, gozando como él del sitio acogedor. Forman parte de la discreta escenografía, las camareras solícitas que encienden velas en los candelabros de las mesas mientras, con delicadeza toman los pedidos. El ambiente intimista aflora en pequeños detalles, la luz tenue contrasta con el rojo de los muros finamente decorados con pinturas asiáticas, y unos pétalos de rosas esparcidos sobre las mesas, envuelven el aire con su fragancia.

La ve aparecer, apenas impuntual. El cabello oscuro le enmarca el rostro perfecto como una pintura de Modigliani. El vestido negro que resalta sus formas en contraste con la nívea blancura de la piel. Ondula al caminar, delicada, apenas perceptible. Sabiéndose observada demora en llegar. Con un tenue y dilatado beso, percibe la tibieza de su aliento mezclado con el perfume sabiamente elegido.

Sintonizados en igual frecuencia, realimentan la intimidad de un universo de dos. Sus largas piernas bajo la mesa se encuentran al descuido, se rozan, se mezclan. Las manos se demoran, se buscan. Las miradas en un lenguaje propio, lo dicen todo deleitados en descubrir cada gesto. Ella, como preludio de la sinfonía de amor que se avecina, muestra un leve temblor en su labio inferior. El juego de la seducción los envuelve en una vorágine de sensaciones. Ambos receptivos, hacen crecer un fuego que parece exceder los límites.

Estudian brevemente el menú. Se deciden por las exquisitas ostras frescas del Pacífico y a continuación sushi en diferentes variedades, aderezados con salsa de soja o un wasabi agradablemente picoso. El burbujeante extra brut recomendado, es estupendo con los productos del mar, un maridaje perfecto, dejándoles una sensación de liviandad lograda por el disfrute culinario y la buena atención recibida.

La noche mágica inmoviliza el tiempo casi sin darse cuenta, después de varios cafés en extendida sobremesa, son los últimos comensales y las miradas inquisidoras de las camareras instan sutilmente la decisión de cerrar la última mesa. Al final, y con una sonrisa cómplice, se acerca la chica que los atendió y les trae la cuenta no solicitada.

Sin romper el sortilegio de la cita perfecta, sin apuro van caminando por Juramento. Como si hubiese habido un acuerdo tácito, no necesitan de las palabras. Llegan frente al edificio donde ella vive. Sonríe, baja la mirada y lo toma suavemente de la mano.

En el ascensor, al cerrarse la puerta con rumbo al departamento, la urgencia de los instintos los transforma. Las respiraciones húmedas, aceleradas. Aletas nasales dilatadas. Manos frenéticas que exploran y se dejan explorar, valles, hondonadas, monumento fálico. Ella toma la iniciativa y comienza a bajar el cierre trasero de su vestido negro, gira 180 grados él, completa la diligencia, sus manos suben acariciando senos y cintura, recorriendo cada centímetro de piel del aplanado vientre y la diminuta prenda íntima que se va deslizando por las largas piernas hasta caer rendida. Vibra y susurra al oído apretándose sinuosa a su cuerpo incitando prolongar la dulce agonía.

Parece que nunca llegarán al departamento. Él pulsa el botón que los lleva al último piso y, al detenerse, traba la puerta, ella lo impide y el ascensor arranca nuevamente. Al alcanzar el piso correspondiente bajan, pero la prisa les impide llegar a la habitación y las ropas quedan esparcidas por el suelo del living. La espesa alfombra los cobija al caer desmoronados sobre ella. Ahora sin urgencia, cada movimiento se demora sabiamente en respuesta al placer que aumenta hasta los umbrales del clímax.

Entre tinieblas creen escuchar el chirrido de una puerta al abrirse. Piensan: tal vez fuese una corriente de aire. Pero al sentir pasos se alarman. Una presencia cercana se manifiesta al percibir la respiración jadeante. La luz atenuada de la lámpara les impide determinar la ubicación del intruso y el temor a ser atacados los prepara para la defensa.

¡Mamá, soy yo! ¿Qué pasa? —pregunta la voz de niña adormilada.

Ganados por la sorpresa alcanzan a cubrirse. Él interroga a su partenaire con un gesto. La respuesta de ella no se demora:

¿Se puede saber qué haces acá? Inmediatamente lamentó ser tan dura al preguntar.

Sin esperar respuesta, se dirige a él:

No sé qué decirte, olvidé que el regreso de mi hija pudo haberse adelantado.

Plantada ante su madre, la joven insiste:

Mamá, ¿Quién es él? Como única objeción, dos lágrimas oportunas comenzaron a escurrir el rimel por sus mejillas. Bella y ahora distante se abraza a la hija, y dirige una mirada a quién ahora, discretamente se va retirando de la escena.

Frente al espejo del palier se acomoda las ropas, respira hondo el aire cálido de la noche y emprende el regreso lento y solitario por las calles de Belgrano. Con una semisonrisa, evoca con deleite el sabor de las ostras frescas del Pacífico aderezadas con gotas de limón que aún le palpitan en la boca.

             Héctor Edgardo Scaglione

Atardecer de primavera en Piazza Spagna

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Ella sale de la iglesia y camina cruzada de brazos, está como ausente y con el gesto hosco.

El muchacho de espaldas, al verla, lo hace en sentido contrario desde la base de la escalinata.

Ella que baja, él que sube. Cuando están frente a frente, se plantan como estacas, se miran con intensidad. Resaltan los gestos duros, se dicen algo, buscan lugar para sentarse en los escalones apartados del paso de la gente; él, con los puños apretados, igual que un mascarón de proa con el mentón que parece cortar el aire al avanzar. Esgrime el índice como si fuese un arma. Sus brazos parecen aspas de molino. Gesticula, se para y se vuelve a sentar. Escupe palabras que parecen graznidos.

Cuando la violencia del muchacho parece ir en aumento, tuve la intención o el impulso de ir a protegerla, pero no llegó a ser necesario.

Ella, con la mirada baja lo escucha sin decir nada. Él, no correspondido en su furia, se siente impotente y hace movimientos espasmódicos que culminan con un puñetazo contra las piedras de la balaustrada. Ella, continúa cruzada de brazos y sin levantar los ojos del suelo, agita levemente los hombros como si llorase, al cabo de unos instantes de indecisión comienza a rehacerse, sus manos se sueltan y seca las lágrimas a manotadas.

Después, más serena y bastante distendida lo enfrenta. Comienza a hablarle, al principio muy quedamente.

Desde mi puesto de circunstancial observador a unos escalones más arriba, me llaman la atención algunos detalles de los movimientos gestuales de la pareja, aunque no pueda escuchar qué se dicen, no dejo de considerarlos interesantes.

Los paseantes anónimos, ignorantes de lo que no fuesen sus propios egos, no les prestan la mínima atención, pasan muy cerca de ellos, como si no existiesen.

El gesto torvo del muchacho comienza a suavizarse, afloja los puños y sin parar de hablar apoya su mano lastimada en la rodilla de ella, quien al verla herida, se la lleva a su pecho y comienza a llorar nuevamente, ahora en forma distinta, tal vez estimulada por su natural instinto maternal, en busca dela reconciliación. 

El joven, un poco confundido, no sabe qué hacer; parpadea como para quitarse alguna molestia en los ojos. Con torpeza estira una mano al descuido, le acaricia el cabello. Ella sonríe. Sonríen los dos. Se miran intensamente y se despejan los últimos nubarrones, después se enredan en un abrazo que los funde en uno solo y encaminan los pasos escaleras arriba.

Ignorantes de mi existencia, pasan muy próximos, casi rozándome y se pierden entre la multitud.

En esa tarde romana de fines de abril, bajo los rayos de un sol irreprochable, todo parece renacer. Las risas jóvenes que invaden el punto de encuentro, perfecto para enamorados, estudiantes o paseantes solitarios (como en mi caso) que me deleitó observar a la parejita rubia de Piazza Spagna.

Tal vez turistas escandinavos o alemanes. En realidad poco interesan los orígenes, pero esa tarde luminosa de primavera hubo una tormenta de verano. La vivieron ellos, yo desde mi pasividad pude sentirla, sin que lo supieran compartí la reconciliación y me alegré por ellos.

Estoy de paso por Roma, corre el mes de abril del ´76, al otro día tengo vuelo a Libia para embarcar en un mercante en el puerto de Bengazi.

Con las nostalgias a flor de piel por mi familia lejana continúo el camino, y también puedo sonreír. 

                           Héctor Edgardo Scaglione 

NIKOLAI KIRCHE, una premonición

Amarrados en el puerto de Hamburgo, en uno de mis días libre salgo a dar un paseo por la ciudad. Cruzo el río Elba a pie a través del túnel subfluvial hasta la llamada milla más pecaminosa del mundo, Sankt Pauli. De allí caminando unos kilómetros bordeando la Autobhan Este-Oeste se llega al centro de la ciudad Hanseática.

A mitad de esa distancia, se encuentra la aguja de la iglesia de San Nicolás, negra por la pátina del tiempo y bastante dañada por efecto de los bombardeos durante la segunda guerra mundial. Cuando la ciudad y el puerto quedaran reducidos a escombros. La torre, se conserva tal cual quedó, como ícono para la memoria colectiva.

La cinta asfáltica pasa entre las ruinas, bifurcándose para preservarlas y los autos circulan en rededor en constante fluir.

Dentro del templo, el sonido amortiguado transforma los ecos del pasado como si perforaran las piedras. Es un silencio raro, sobrecogedor. Por ser día laboral estoy solo. La ausencia de gente para compartir o ser puntos de referencia, me hacen más pequeño ante la grandiosidad del monumento y, literalmente me siento aplastado por el peso de la historia.

La impresionante mole de piedra y mármol, pese al deterioro se erige triunfal proyectando la aguja a los cielos. La nave central sin techo en la bóveda,  muestra el interior a cielo abierto. Las paredes cascadas y ennegrecidas a causa de las explosiones, exhiben esas heridas todavía sangrantes.

Eriza la piel pensar en los fieles que, al ser sorprendidos por las bombas, oraban como se menciona en una placa de bronce, y resultaran todos muertos. Los pilotos que arrojaban las bombas, seguro tan cristianos como los condenados, a su vez ruegan a Dios no ser alcanzados por el fuego de los cañones antiaéreos, que defendían las posiciones en tierra.

Como un eco lejano imaginé el bramido de los aviones arrojando las cargas letales, mientras, dentro del templo los feligreses indefensos, esperaron la protección divina que nunca llegó.

Esa noche, a pesar del cansancio por la extensa caminata traté de desentrañar la conmoción que me produjo esa visita, y no pude conciliar el sueño. Al lograrlo irrumpieron pesadillas extrañas, profusas; el templo en ruinas, los bombardeos por parte de los ejércitos aliados. En la ferocidad de los ataques a través de la techumbre destrozada de la nave central, las bombas caen en mi dirección. Mientras trato de protegerme de la muerte que llueve del cielo, me despierto transpirando, sin sosiego, aún al saber que es solo un sueño, al conciliarlo nuevamente, se repite la visión en el mismo lugar, pero ya no hay bombas ni gritos. En esa serenidad total aparece en escena un niño pequeño, rubio, de ojos claros, bonito, con una sonrisa maravillosa, y que al parecer recién comienza a caminar.

¡Ese chico podría ser mi hijo! ¡Es mi hijo! —me dije seguro de no estar equivocado.

Sonríe mientras escapa con el gesto travieso de saber que no lo iba a alcanzar. Cuando casi lo logro, intento tomarlo en brazos pero, veloz se me escurre a través de la columnas truncas del templo. Su voz clara puedo oírla todavía aunque sin entender qué dice, pero no hay temor en sus gestos. Cuando al fin logro atraparlo y sentir el calor del pequeño cuerpo, desperté. ¿Era solo un sueño? Para mi fue una premonición, un mensaje de mi hijo aun no nacido, mágico, conmovedor.

Con María, por anticipado nunca se nos ocurrió saber el sexo de nuestros hijos. Al primero, Matías, lo intuimos y no nos falló. Al segundo, nada ni la más remota idea. Pero pensamos en una niña. Tal vez por eso, completamente desvelado, para que el sueño no se fuera a evaporar como un perfume, le escribo a María contando la experiencia onírica en caliente. Ella, tal vez por su preñez avanzada pudo haberme predispuesto y contagiado a la distancia su dulce ansiedad.

La Paula de nuestras esperanzas no será —le dije después de contarle el sueño —seguro va a ser varón.

El primer nombre, Pablo, el segundo, me gustaría Nicolás por lo de la iglesia que me pegó fuerte  —le dije y María lo aceptó de inmediato.

Un atardecer, con los primeros fríos europeos del 8 de noviembre del `77 zarpamos rumbo a la Argentina. Dejábamos el Mar del Norte en navegación franca por el Cantábrico con sus profundidades abismales, las costas de Galicia, Portugal, la isla Madeira, Canarias. Continuamos bajando hasta el archipiélago de Cabo Verde, punto donde comienza el alejamiento del continente africano y a acometer el cruce del inmenso Atlántico. Cerca del mediodía (hora de Greenwich)  del 17 de noviembre, cuando pasamos al sur de las islas, me avisan que tengo un radio llamado. Sobrecogido y temeroso, tan común entre los marinos en parecidas circunstancias, corro a la sala de radio donde el jefe operador me previene:

¡Tranquilo, tu suegra te llama —comencé a temblar.

Sí, aquí Héctor, qué tal abuela, cambio

Silencio, un poco de estática y otro de temor al micrófono por parte de mi suegra.

¡Héctor Héctor, nació, es un NENE, es un NENE!… —se me aflojaban piernas.

¡Que alegría abuela! ¿Están bien? cambio… —no me cabía un alfiler.

¡Héctor Héctor, es un NENE, es un NENE!… —Abuela ya sé, le pregunto cómo están María y el bebé, cambio…

Esperé en vano una respuesta, pero nada, no me contesta y yo cada vez más desesperado.

En Argentina, el operador de Pacheco Radio, interviene risueño.

Quedate tranquilo, dice que están bien pero no puede seguir hablando, está muy emocionada.

Bueno abuela ok, estoy muy contento, les mando un beso grande, los quiero mucho y los abrazo a todos —cambio y fuera.

Muchas gracias “Pacheco” por tu gentileza.

Al contrario, te felicito y que disfrutes de tu hijo a la llegada.

Él también, según me había dicho, recientemente fue padre de una niña.

Siempre me quedaron las ganas de conocer en persona a éste operador por su calidez y buena atención pero, la oportunidad de concretarlo pareció perderse en el tiempo.

Con antelación habíamos calculado cuánto me quedaría en tierra a mi regreso, donde tomaría las vacaciones acumuladas después de un año de intenso trabajo, y quedar el mayor tiempo posible en familia, en casa.

Si todo hubiese sido normal el tiempo para llegar alcanzaba pero, por esas cuestiones del destino, el nacimiento se adelantó y fue, para todos la sorpresa no esperada. Pablo irrumpió antes, ese sería, por siempre, uno de los rótulos de su fuerte personalidad. 

Lórenz Stewart, el capitán, enojado por no haber sido el primero en enterarse para las formalidades de dar las felicitaciones, me llama a su cámara y, con “efusivo” abrazo de oso acompañado de flemático discurso de circunstancia, descorcha un “Dom Perignón” y saca un enorme habano que me ayuda a encender. Entre el humo del cigarro, el champán y la emoción de la nueva paternidad, mezclado con la agridulce tristeza de estar lejos, se produjo la mezcla fatal. Lorenzo servía copa a copa, y sin darme cuenta se me fue a la cabeza. Mientras permanecía sentado, charla va charla viene, todo iba bien, al levantarme se me movió el piso, en medio de las calmas chichas de los trópicos pero me pareció como si navegara en medio del peor de los temporales. Trato de mantenerme derecho y presentable hasta llegar a mi camarote, donde me derrumbé. Una terrible descompostura me dejó literalmente fuera de combate, hasta que Primitiva Chorolqui, la enfermera, con sus medicinas apropiadas, a pesar que la resaca me levantó, y volví a ponerme nuevamente en pie.

Moría de ganas por estar en casa, y los días que faltaban para el arribo se hacían eternos. Hablamos con María por radio pero no alcanza, hasta que finalmente como a todo se llega. Estamos a la espera de práctico fondeamos frente al pontón Recalada en el Río de la Plata. No lo podía creer, se había dado todo justo y en tiempo. La marea alta apropiada y la autorización, no se hicieron esperar. Navegamos rumbo al destino, final del viaje.

El capitán, a cualquier precio estaba dispuesto a pasar bajo el puente “Zárate Brazo-Largo” que, según ordenanzas, debía hacerse antes de la puesta del sol. Anochecía ya, pero Stewart negoció con el práctico y la Prefectura Naval. En atención a mi reciente paternidad, adujo, por supuesto otro motivo. Bajo la entera responsabilidad del capitán, excepcionalmente autorizaron el paso para descargar en “Somisa” el carbón que traíamos desde Polonia.

¡El Señor oficial Scaglione debe llegar rápidamente a su casa por razones familiares ineludibles! —le dijo al representante de la autoridad de Prefectura Naval.

Dirigiéndome un guiño acompañado con el gesto de ok.

Finalmente llegamos a San Nicolás ¡Oh coincidencia de nombres! Una vez amarrados al muelle, Apuro los trámites de ingreso al país (Aduana, Sanidad de Fronteras y Prefectura) Viajé a casa llegando a la mañana del 29 de noviembre, doce días después del nacimiento.

Pablo, al cumplir su primer año de vida resultó ser igual al niño de aquel sueño. Fueron momentos imborrables que guardo entre mis recuerdos con mucho cariño. El día de su primer cumpleaños, tomado de mi mano comenzó a caminar.

Después pasó mucha agua bajo los puentes. Me jubilé, buscando seguir haciendo cosas para disfrutar de la vida junto a la familia y, como si fuese un milagro, siguen siendo muchos años, ver crecer a los hijos hasta que los ayudamos a que les nacieron alas y con la bendición familiar, verlos volar en busca de sus destinos.

Quería dedicarme a la literatura. Al llegar a una reunión de escritores a la que pensaba adherir. Todos noveles pero veteranos en las lides de la vida como yo lo era.

Entre los concurrentes escuché una voz que reabre mis emociones más profundas. Le pregunto su nombre y a qué se dedicaba antes de curtir el vicio de escribir, soy Roberto Paniagua y me jubilé como operador de Radio Pacheco, me dijo, un tremendo nudo en la garganta me dejó sin habla, a él también.

                                     Héctor Edgardo Scaglione

 

 

Ella y el mar

Puerto de Brest, norte de Francia, estoy a bordo en la cubierta de botes, apoyado en la barandilla mientras observo a los estibadores en el fluir de sus labores, cuando en plena actividad de descarga la descubro paseando por los muelles. Es esbelta, camina con cadencia y con el hermoso pelo negro suelto al viento. Con una elegancia innata parece deslizarse entre los trabajadores de la estiba. Muy segura de sí, enfila en dirección a nuestro buque, enfrenta la planchada real como si fuera una experta marinera dueña del lugar donde pone el pie, y embarca sin pedir permiso.

Al trasponer la cubierta principal, dirige una mirada risueña conquistando no solo a mí sino a todos, desde el capitán al último marinero, que en ese momento la observamos, y pasó a ser el centro de atención. Ella, sin dudarlo al dirigirse resueltamente hacia nosotros, prefirió a los oficiales.

Su presencia a bordo fue una gratificación extra y con el tiempo llegamos a quererla entrañablemente.

Una de las características notables de su personalidad, era la de ser muy observadora. Nunca quiso pecar de maleducada ni equivocarse en cuestiones de protocolo, pero al capitán lo miraba de lejos, vaya a saber porqué prefería no tener tratos con él. Con la marinería no mucho tal vez por ser más ruidosos. Ella prefería la tranquilidad de los oficiales y nosotros encantados, era nuestra un poquito más que de los demás. ¿Celos por acapararla? ¡Nada que ver! Con un poco de dolor la compartíamos y aunque tenía sus límites, se podía multiplicar para conformarnos a todos.

Desde el último puerto de Europa hacia Argentina, recalamos en el nordeste brasileño, Bahía. Donde un atardecer bajó a tierra y no retornó al anochecer como acostumbraba.

Una lógica inquietud se instala en la tripulación. Desconocemos su paradero y no sabemos dónde buscarla. De todos modos cada cuál sale en su búsqueda por diferentes caminos y nada, pasan las horas y no aparece. Esperaríamos un poco más para hacer la denuncia policial.

Pasada la media noche, un hombre de la Prefectura Naval se presenta a bordo y pensamos lo peor. No estamos tan equivocados.

¡Unos señores encontraron a la perdida! y ¡quieren hablar con ustedes! dijo el agente, feliz de podernos ser de utilidad, o no, siempre nos quedó esa duda.

Allá fuimos y los “señores” resultaron ser unos facinerosos que pedían rescate para entregárnosla sana y salva.

No avisen a la policía si quieren recuperarla, porque sino… —dijo uno de los forajidos, pasándose el canto de la mano por la garganta.

Sentí un escalofrío como si la navaja rasgara mi piel.

¡La tienen secuestrada! —les comunicamos a nuestros compañeros.

Es inevitable que tener que negociar con gente tan desagradable como peligrosa, deberíamos tener cuidado, no fuera a haber un malentendido por la cuestión del idioma y que pase lo peor.

Tratando de mantener el aplomo les dije a los tripulantes:

Señores, la cosa es seria, hagamos una “vaquita” para juntar el dinero necesario.

Pasamos la gorra y todos colaboraron espontáneamente, completando el monto del rescate pactado con los delincuentes. Cantidad que, a pesar del regateo consideramos bastante elevada, pero ella bien lo valía.

Al ir al sitio acordado para el intercambio; lugar desolado, con casuchas de mala muerte, llegué a temer por nuestra propia seguridad.

El delincuente negociador, mulato torvo y de mediana edad, a pesar de la fea cicatriz que le cruzaba el rostro, sonrió al contar el dinero. 

Cuando fue liberada, corrimos a encontrarnos. La emoción que nos embargaba fue tan grande que no hallamos las palabras para expresarla.

Fuimos todos a nuestro refugio, que era casa, punto de reunión y lazo con nuestros afectos lejanos: Donde estábamos seguros, el barco.

Un día, no pregunten cómo… ¡Quedó embarazada! 

Pasa el tiempo y su panza crece, es enorme aunque sin perder su prestancia, el embarazo la dulcifica y le sienta bien. Pero ya no disfruta el placer de las caminatas por cubierta en plena navegación que hacíamos para estirar las piernas, casi dos cuadras hasta la proa otro tanto de regreso, y en los trópicos, por el calor nos zambullirnos en una “pelopinchogigante que había a proa.

Bien parada sobre cubierta, a pesar de haberle variado su centro de gravedad, puede seguir con el cuerpo los vaivenes del movimiento del buque, sin provocarle mareos. Se muestra lejana y ensimismada en su gravidez, nosotros respetamos esa variante de su carácter y tratamos de no molestarla.

Próxima al momento culminante y durante el proceso de parto, contó con la asistencia de nuestro excelente médico de a bordo que la trató como se merecía, además de amiga, era una pasajera de lujo.

Pensando en las consecuencias por arribar a tal situación, concordamos en algunas conclusiones: 

En una de las arribadas a puerto -urgencia del sexo mediante- había logrado eludir nuestros cuidados y sin empacho, desoyendo sensatos consejos concertó el encuentro casual con algún europeo desconocido y plebeyo.

Fruto de esa unión express, nuestra inseparable y querida “Catrielade linaje manto negro, parió cuatro cachorros de diferente pelaje.

            Héctor Edgardo Scaglione

Escape de Libia




Libia, país en guerra a mediados de la década de los 70´. El “Ceibo” de bandera Argentina está fondeado en el antepuerto de Bengazi desde hace nueve meses, al no contar con silos apropiados en tierra, nuestro buque era usado como depósito del cereal que transportábamos. La espera para la descarga se convertía en insoportable, pasaba el día a día sin matices y sin un final visible.

Hasta que un día se rompe la monotonía cuando una pequeña embarcación se aproxima a nosotros y hace sonar repetidamente su sirena para que, desde el buque mayor se tomen prontamente sus amarras, una vez identificado, va a abordar un funcionario con rango de gobernador. En apariencia, el despreocupado dueño de casa, por la escala real embarca con parsimonia, como si fuese un príncipe. Viste chilaba fina e impecablemente blanca delatando su alta investidura. De facciones delicadas y lentes para sol montados sobre la gran nariz, forma parte de la típica fisonomía oriental. Ni siquiera se los quitó al entrar a la cámara de oficiales. El capitán como es su costumbre prepara el escenario, con la presencia de un oficial como testigo y para redactar el acta de lo que se dijera en la reunión.

La elección recayó sobre el primer oficial de máquinas, o sea yo, designación que me alegró, ya que me enteraría <a primer agua> de las novedades que pintaban ser cruciales. La responsabilidad en lo tocante a lo que debería hacer, me embargaba aunque solo tendría que escuchar y escribir.

Acto seguido ordenan entrar el buque a puerto. Una vez amarrados, parece un sueño. Y de inmediato comienzan las tareas de descarga.

La situación era complicada. El gobierno libio perdidoso en la larga discusión sobre la calidad de la carga transportada, no parecía dispuesto a aceptar la derrota y por ello se produce el envío de uno de sus halcones. Tras el rostro impenetrable se percibía una velada amenaza. Don Alejandro Botticini capitán de larga experiencia, siendo muy joven en los inicios de la segunda guerra mundial había oficiado de correo en mares plagados de submarinos alemanes. Y fue uno de los sobrevivientes para contarla. Este nuevo conflicto sirvió para demostrar sus dotes de negociador y para ponerle calor al otoño de su vida.

El personaje saludó fríamente al capitán que, entre varios idiomas, hablaba también el árabe. A mí me ignoró como si no existiese. Después de algunos rodeos comenzaron a negociar y, a través de la traducción voy redactando el acta. El árabe, como si recién reparara en mí, hace un gesto de desagrado, levantando una mano, impide que continúe escribiendo. El capitán, tras rápida evaluación acepta la petición, pero en uso de sus facultades y sin esperar aprobación, me ordena continuar en calidad de testigo. Aunque la mueca de desagrado del funcionario intenta decir otra cosa, con diplomacia aparenta restarle importancia al conflicto. Después de un largo silencio, parece aceptar. Con parsimonia teatral dice:

¡Capitán…el coronel Kadafi quiere quedarse con su barco!

El capi, aunque sorprendido por la fuerte apuesta, no se deja intimidar. Le dirige una mirada intensa y, con una sonrisa intenta darle a la disputa una orientación menos dramática, responde con frialdad:

Usted sabe que la carga se declaró libre de contaminación y por consiguiente apta.

Al árabe no se le movió un pelo:

Ese dato carece de importancia para el coronel. Tengo órdenes precisas, emanadas desde Trípoli. Y usted lo sabe, no se discuten, capitán.

Los espacios negociables se estrecharon. Las autoridades políticas ya habían demostrado que podían cometer tropelías, ahora gestaban un despojo y no se podía contar con la seguridad de que acabase solo en eso.

En estado de guerra, las garantías individuales estaban suspendidas, eso les daba impunidad. Un cono de sombras se proyecta sobre el buque y nosotros sus tripulantes. El capitán se mantiene sereno:

¿Qué debo hacer para salvar a la tripulación y al buque?

Haremos un despacho, digamos… de validez temporal y así podría zarpar… pero eso costará dinero. Además no le queda mucho tiempo, CAPITÁN —resaltó el título de la jerarquía con un dejo burlón.

Faltaba poco para terminar la descarga, el paso siguiente era repostar combustible, víveres y zarpar. Señor, necesito garantías que va a respetar lo dicho. El árabe parece no escucharlo, hace garabatos sobre un block de notas. Después, parsimonioso levanta su mirada tras los cristales ahumados:

¿Cuánto dinero tiene capitán…?

¿Cuánto se necesita?

Considerando que el buque es prácticamente nuevo no es preciso que le diga cuánto ¿No le parece? ¡TODO EL QUE TENGA, CAPITÁN!

El tono enérgico era una orden no negociable. Y se plantó esperando una respuesta positiva. Durante esos instantes la vida parece quedar en suspenso, se miden como dos cow boys en duelo, sin desviar las miradas cada cual con su arma verbal lista para disparar. El capitán, viejo luchador en situaciones difíciles, se dirige hacia la caja fuerte; el libio salta de su asiento como impulsado por una catapulta y lo sigue pegado a su sombra, Don Alejandro le da la espalda, y aprovechando también el recurso teatral, se demora en abrir la caja. Retira el contenido cubriendo la operación con su cuerpo. Hubo un amague del árabe para ver qué más había en su interior pero se contuvo. Delante mío y del funcionario contó 1500 libras esterlinas en monedas de oro que, al desparramarse por la mesa, sonaron con la musicalidad del metal precioso. Varios fajos de billetes en dólares, dinares y otras monedas fuertes se contaron de a miles, pero no llegaban ni remotamente al costo de la nave. El delegado, con cuidado amoroso, cuenta el tesoro y lo deposita en su maletín. Le gusta el tintineo de las monedas que las hace sonar de puro gusto y hasta parece sonreír. ¿Su relación con los lentes negros? El árabe, típico de ellos, oculta el brillo de los ojos al momento de hacer negocios, ahora que el acto había finalizado, perdido el poco interés por quienes lo rodeaban, se los quita e imperturbable, dice:

Voy a confeccionar el documento y se lo alcanzaré. ¡No es necesario que le pida reserva absoluta! Y le recuerdo que en caso de que se produzca un siniestro al zarpar usted será totalmente responsable.

Al retirarse del buque, lo hizo sin saludar.

El capitán sabía que un error lo condenaría a perder al buque y a su tripulación. Tras el unto resaltando a la vista, la partida de ajedrez debía terminar en tablas. Un jaque mate de uno de los contrincantes hubiese sido fatal. Ellos tenían la fuerza. Debía controlar sus nervios y esperar que los del árabe no se tensen demasiado.

Todavía en plenas tareas de descarga, el capitán convocó reunión de oficiales para explicar la novedad, remarcando que era muy importante que el resto de la tripulación no se entere hasta último momento. Dirigiéndose al jefe de máquinas, dijo:

Jefe, pese al riesgo, tendremos que zarpar sin los preparativos de calentamiento de máquinas. Técnicamente el buque está en sus manos, del resto me ocupo yo. Las sospechas pueden ponerlos sobre aviso, debemos evitarlo. Esta es una maniobra de escape.

Los oficiales, recipiendarios del secreto, debemos guardar silencio y esperar hasta el anochecer. Esas pocas horas que faltan se hacen eternas. Con las sombras de la noche y poca gente deambula por los muelles, es el momento ideal. Pero el despacho no llega. Hasta que, sorpresivamente un vehículo transporte de tropas estaciona a unos cincuenta metros de la proa del buque. Bajan varios soldados y se mantienen a una distancia prudencial. Los oficiales en el puente interrogamos con la mirada al capitán, quien en silencio y con serenidad, para evitar que cunda la alarma entre los tripulantes. Aunque algo intuyen, nadie habló. De los detalles se enterarían después.

Continuaba la espera. A medianoche, como una bocanada de aire fresco, junto a la planchada se escuchó el chirrido del frenazo de un jeep militar. Del mismo baja un personaje con uniforme de oficial del ejército. Enrollado dentro de un tubo de cuero, traía el documento ¿salvoconducto? Subió la planchada a grandes zancadas y se lo entrega en manos al capitán, retirándose de inmediato sin dar explicaciones ni saludar. Los soldados continuan en su posición. El puente de mando y la cubierta se mantienen en semi penumbras y en una vigilia expectante. Después de una eternidad, los soldados comienzan a moverse en dirección al buque pero en realidad se estan dispersando. Después van a abordar el vehículo y retornan por donde habían venido. Nueva reunión de oficiales y ahora sí, la reacción fue electrizante y en cadena con el resto de los miembros de la tripulación. El capi a viva voz y por los altavoces anunció:

¡Atención a todos!…Personal de cubierta y máquinas, A SUS PUESTOS… MOTOR PRINCIPAL EN MARCHA… CORTAR AMARRAS…

La voz de mando se prolongó en la sala de máquinas como un mecanismo más y una bocanada de humo negro fue la respuesta, indicando el arranque del motor propulsor en frío. La hélice aflorada bate el agua que levanta una nube de espuma y se proyecta en popa como si fuese niebla.

Las maquinarias fieles soportan la prueba.

Desde mi puesto de guardia en la sala de máquina, contesto el telégrafo de órdenes (8) “ATENCIÓN” Después el capitán responde repicando el indicador al tope varias veces: “ MÁQUINAS, TODA FUERZA AVANTE” Un torrente de adrenalina se vuelca en las venas de los tripulantes que obraron coordinadamente. Junto a mi ayudante, nos abocamos para que las máquinas funcionen sin inconvenientes.

Los gruesos cabos de amarre, a falta de tiempo para desamarrarse, fueron cortados con tronzadoras eléctricas y hachas de lucha contra incendio. El pesado bulck carrier despegó del muelle forzando máquinas y sin ayuda de remolcadores, ya que no los había. El capitán mandó imprimir mayor potencia al propulsor y así logramos salir del antepuerto. El chorro de humo negro, continuaba manando de la chimenea y formaba una cortina a popa ocultando la silueta del buque a quienes podían estar vigilando desde tierra. Como una puesta en escena, el abrasador soplo del viento siroco aumentó en ese momento. Encaramos la boca de acceso y se comenzó a remontar el canal que desemboca en el golfo de Sirte. En navegación libre, gracias a las dotes del capitán, a falta de práctico y de remolcador, se atrevió sin cometer errores. El viento fue una ayuda extra.

Con el carguero vacío y sin lastre, costaba tomar velocidad y la maniobra de escape aún podría fracasar. Sufrir una varadura en el canal o la detención de las máquinas, que hubiese sido un desastre. Lo peor de los pronósticos no sucedió. La suerte seguía acompañándonos y ya éramos prácticamente dueños del Mediterráneo; aunque todavía sin cantar victoria. Mi ayudante de guardia en máquinas salió a cubierta a curiosear y retornó enseguida con una palidez alarmante:

¡A popa nos sigue un buque de guerra!

Subo a cubierta para cerciorarme. Efectivamente, en condición sigilosa navegaba a menos de un par de cables (9) de la amura (10) de babor (11). Con un potente reflector de proa barría la silueta del mercante. Inmediatamente alcancé a ver al montante de artillería pesada que parecía hacer puntería sobre nuestra nave indefensa. Una sola salva (12) disparada y que nos alcanzara bajo la línea de flotación, nos hubiese hundido rápidamente y sin tiempo para radiar el pedido de auxilio.

¿Qué hacemos, Señor?

Quedar listos a la orden de abandonar el buque y con los salvavidas colocados.

Me miró intensamente pero no pudo descubrir si hablaba en serio o era otra de las bromas que solíamos hacer. Sabía con seguridad, que el compartimiento de máquinas sería el primero en inundarse en caso de ser atacados.

Nos quedarnos cerca de las salidas de emergencia. De última nos tiramos al agua por si a los libios se les ocurre empezar a los cuetazos — le contesté para intentar tranquilizarlo.

Alcanzada la velocidad de ruta, el motor tomó temperatura de régimen y dejó de emanar humo negro. Mientras, continuamos inundando los tanques de lastre para hacer más pesado al buque y que sea efectivo el empuje de la hélice.

Cerca del amanecer avistamos la isla de Malta, punto en que el patrullero cayó 180 grados rumbo a su puerto de origen; Bengasi. A medida que se alejaba su silueta (ahora negra) se empequeñecía hasta desvanecerse en la lejanía. Del naciente el astro vital hizo su rotunda aparición y en ese amanecer brilló diferente, precedido de una llamarada que se expandía derramando fulgores a manera de saludo y renovación de la esperanza. ¡SE VAN, ESTAMOS LIBRES! Los tripulantes nos abrazamos, el primer oficial Rodríguez tocó la sirena en pitadas largas que sonaban en potente do sostenido. Cual caja de resonancia reverberaba en los pechos de los que estaban en cubierta. El brindis fue con agua mineral, pero esa noche nadie durmió.

 

               Héctor Edgardo Scaglione

 

 

Trepados a la encina

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Juntos con mi hermano solíamos escaparnos de las siestas domingueras e íbamos ir a nadar al Paraná o a visitar la “chacra de la noria”, cuyo atractivo principal era ese; una noria de canguilones movida por un caballo viejo y resignado en dar vueltas y vueltas como si fuese una calesita, para sacar el agua de riego que se distribuía en los sembrados.

Aquel día elegimos ir a la chacra, al llegar a la tranquera, siempre abierta, recorrimos el largo sendero de paraísos hasta una encina enorme, frente a “las casas” donde, a su sombra solían reunirse los peones a matear, comer o despuntar una siesta.Nos conocían, y tal vez por ser chicos nos dejaban entrar sin decirnos nada, o directamente nos ignoraban.

Pero ese día había vino y juego, no seríamos bienvenidos. Se veían los peones atareados y bastante animados en preparar la cancha para la taba.

―Eh ustedes, muchachos, a volar de acá

―nos dijo muy serio el capataz

Sin discutir la orden, encaramos el sendero para regresar pero dimos un rodeo. Muy despacio como gatos monteses nos acercamos a la encina sin que nos vieran, y sin abrir la boca pero seguros de nuestra agilidad la trepamos en silencio hasta las ramas más gruesas y altas.

Desde tan excelente mirador esperamos no ser descubiertos, mientras, como música de fondo el mancarrón viejo seguía dando vueltas a la noria que chirriaba a lata de los receptáculos cargados y chorreantes del agua que caía a una canaleta. De lejos era un sonido de ultratumba, constante y monótono que brotaba desde el fondo del pozo y servía de música de fondo.

Por la tensión generada en los preparativos, la animación del principio se tornó en murmullo. Los jugadores, un poco más alejados con un vaso de vino siempre lleno y los bolsillos de las bombachas inflados por los bollos de dinero mal acomodado, rodeaban la cancha. Ganar o perder dinero, fácil y rápido era la consigna, apostando el esfuerzo de toda una semana de trabajo.

Al comenzar el juego, tomaban distancia, apuntaban cuidadosamente y antes de tirar besaban al hueso herrado para que les diera suerte. Cuando en uno de los lanzamientos…

―¡Ha hecho trampa compañero!

―la voz salió de uno de los jugadores que pescó in fraganti a un contendiente.

―¡Esa taba está cargada! —dijo indignado un tercero.

El fullero, al haber sido descubierto en menoscabo mostró una palidez mortal, con voz aflautada trata de defenderse sin encontrar argumento. La falta es muy grave, él lo sabe y tiene un solo camino, defender el honor sí o sí… ¡a cuchillo!Rápidamente la animación de los concurrentes tomó otro cariz para ver otro espectáculo más interesante. Hacen un círculo a la sombra de la encina, que era justo bajo nuestro balcón de espectadores privilegiados, siempre y cuando no nos descubran.

Iba a ocurrir una tragedia, se notaba en los gestos y el aire que se respiraba. Desde mis nueve años y los doce de mi hermano, teníamos conciencia de la gravedad de lo que sucedería a continuación. Pero no nos podíamos mover de nuestro puesto, manteniéndonos muy quietos sin provocar el mínimo ruido, o que que nos fuera a delatar el desprendimiento de un trozo de corteza del árbol, y los lugareños nos saquen a talerazos o a patadas en el culo.Tenía la esperanza que el duelo termine pronto, mientras, trato de no escuchar ni ver, me tapo los ojos pero la curiosidad es más fuerte. Sin dejar de temblar, para darme un poco de valor miro a mi hermano mayor pero, parece más asustado que yo, esta pálido y transpira a chorros, (lo único que falta es que nos descubran) pensé.

Con la mano libre, cada uno de los contrincantes tomó al vuelo el poncho que les tiraron para hacer de escudo. En la otra, los facones refulgían como relámpagos y en cada finta forman figuras de una danza macabra. Uno de los dos, según la ley de los duelos a cuchillo, debía caer.Desde el silencio denso y electrizante de los espectadores sobresalía el resuello de los combatientes. Sus movimientos hablaban de muerte… olían a muerte.Seguían los visteos, se miden para estudiar los movimientos del otro, se rodean, retroceden buscando el flanco descuidado y poder asestar el tajo. El desafiante avanzaba demostrando mayor coraje y dominio, mientras que el encontrado en falta reculaba; pero… nunca se sabe.

Casi sin notarlo se escuchó un ruido que llegó transparente como algo que nunca hubiera deseado oír, el de las bolsas de arpillera al rasgarse de una cuchillada, o al cuerear animales, cerré los ojos, no quise ver los borbollones de sangre y las tripas esparcidas por el piso de tierra.—¡Le dio, le dio! —dijo un paisanoEl retador movió un paso atrás, envainó el facón, con una mueca de asco y se retiró dignamente, sin decir palabra.El desafiado desde el suelo, se retorcía tomándose del vientre y dando gemidos lastimeros.

—¡No me quiero morir… ayúdenme, carajo!

Se acercaron algunos paisanos pero con un gesto de desagrado retrocedieron en el acto.—Levántese hombre, no sea cobarde —le dijo el capataz, le ha cortao la camisa nomás y por el olor que echa, se le han aflojao laj tripa.—No puedo, no puedo. —gemía de vergüenza pero contento de seguir vivo.Un peón, frunciendo la nariz, le tendió una mano.—Está de mierda hasta laj orejaj —le dijo al capataz. Pero después, notó que era más grave.

Traté de no mirar pero la curiosidad era más fuerte. Lo primero que me llamó la atención fueron las tripas azuladas que afloraban de la camisa rasgada. Alcanzó a quedar de rodillas, gimió de dolor, de miedo o de ambas cosas, mientras le caían hilos de sangre en el suelo reseco. Pero el instinto de conservación fue más fuerte, cruzó los brazos como quién se autoabraza y así, tomándose las tripas que abandonan el sitio habitual, comenzó a correr dejando un rastro de sangre, parecía un animal destripado pero que lo movieran las ánimas o se lo llevara el viento.

Bajamos del árbol sin que nos vieran, yo continuaba temblando y mi hermano con el pelo empapado, nos miramos con una intensidad desconocida, caminamos de regreso abrazados como rara vez lo hacíamos. Al ver que llegaba la policía de a caballo, sin pronunciar palabra nos alejamos corriendo a casa. Mantuvimos las bocas cerradas como si hubiésemos sido testigos de un pecado innominable.

Después nos contaron; el paisano encaró para llegar a la ruta que cruza a unos quinientos metros de la chacra. Corre y grita como alma en pena. El capataz lo va a recoger en sulky y lo lleva a la sala de primeros auxilios. El enfermero que lo atendió ese domingo hizo lo que pudo pero le salvó la vida.La fea cicatriz que lo dejó marcado para siempre como un mapa mal trazado, es su trofeo de guerra y nunca jamás volvió a jugar a la taba.

Héctor Edgardo Scaglione


			

DESAPARICIÓN de nuestra marina mercante

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A CONSECUENCIAS de la aplicación de los decretos N.º 817/92 y 1772/92.

Hechos a medida y acompañamiento de la política imperante en aquellos momentos. Las empresas navieras estatales acusaron el primer golpe. Resumido a grandes rasgos: “ELMA” la línea marítima de bandera Argentina, pese a su éxito empresario, entró en proceso de liquidación.

YPF” con sus grandes buques tanque, también. Ante semejante panorama la flota marítima privada comenzó a desaparecer, absorbida al permitirse el libre cambio de bandera y adoptar la de conveniencia, acabando de este modo el compromiso que toda flota mercante mantiene con su país de origen como una cuestión de orgullo, además del económico y político.

Si se intentó negociar lo que podría haber beneficiado al país, fue un fracaso, y los buques con tecnología de última generación pertenecientes a ambas empresas estatales se vendieron a precio vil. Las líneas de tráfico marítimo de Mar del Norte, Mediterráneo, Oriente, costas este y oeste de América del norte y sur, conseguidas por ELMA, a lo largo de cincuenta años de esfuerzos, paseando nuestra AZUL y BLANCA al tope de los mástiles de nuestros buques, por los mares del mundo, se abandonaron por acción u omisión, perdiendo el país todo derecho sobre las mismas.

La operatoria portuaria de carga, descarga y servicios anexos; fueron privatizados también, con controles del Estado mínimos en algunos casos, o directamente inexistentes, permitiendo la permeabilidad en las entradas y salidas de mercaderías almacenadas en contenedores que nadie obliga a inspeccionar, permitiendo el ingreso de material radiactivo, residuos patogénicos, salida y entrada de drogas ilegales, etc…

Los decretos, entre otras cosas, eran funcionales al propósito a empresarios venales para achicar costos operativos. Al personal altamente calificado, se les reducía la exigencia en sus requisitos profesionales y por ende percibirán menores salarios en los puestos de conducción, en desmedro de la calidad del trabajo. Al poco tiempo el alto índice de siniestralidad en los buques, demostró que no era buen negocio para nadie y parcialmente volvieron al antiguo sistema”

Fragmento publicado en 2015 “MAR, historias de vida” de mi autoría

Héctor Edgardo Scaglione