Buque científico “Capitán Oca Balda”

El buque oceanográfico y de investigación pesquera “Capitán Oca Balda”  tiene su base en en el puerto de Mar del Plata. Fue plasmado en un realismo casi mágico por el artista plástico Mariano Pavicic, amigo y compañero de trabajo en el mismo barco. Juntos y el resto de la tripulación domamos tormentas a lo largo y ancho de nuestro extenso litoral marítimo desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo de Hornos incluyendo las Malvinas, Isla de los Estados y Georgias del Sur. Convencidos en la lucha por la conservación de las especies y la no contaminación. Soñando que las generaciones futuras puedan disfrutar de un mundo mejor y más limpio.

                                                                                      Héctor Scaglione

 

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SER NIÑO

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Ser niño es ser dueño de un poder que se perderá al dejar de serlo.

Una imaginación sin límites donde se concretan sueños imposibles.

En presencia de otro niño, solo con mirarse se conocen y casi de inmediato detectan las afinidades que pueden unirlos o no, ser amigos o no.

Antes de aprender a hablar, lee los labios de quien lo hace.

Interpreta gestos antes que palabras.

Descubre las intenciones de los mayores y se resguarda de ellos rechazándolos cuando, por falta de tacto o afinidad, no pueden comprender sus actitudes, aunque ellos, para justificarse los crean unos pequeños “bandidos” y “malcriados” la realidad es que no pueden conectarse, no pueden acceder, no les pueden llegar.

En ese universo el niño ve en los mayores a quien les pone límites, según dicen, para que no se conviertan en pequeños dictadores, pero la educación es un ida y vuelta, el niño con su rapidez mental da respuestas inesperadas, esa espontaneidad también enseña.

Por estas razones hay que volver a lo original, aprender otra vez a ser niños, contarles cuentos es una de las tácticas para introducirse en el mundo interior, compartir sus fantasías, hacerlas crecer.

Y los mayores despojarse de la supuesta “sapiencia” adulta, y buscar la adaptación sin rebusques para que no haya barreras que les impida pasar, entonces, no deberán justificar el fracaso simplificando la cosa, juzgándolos ¡Y… son chicos, no se dan cuenta de lo que dicen o hacen! Nada más falso.

Crecen rápido, aprenden de la misma manera pero, alrededor de los ocho años, inducidos tal vez por los adultos que, desesperados para que los emulen y sean *competitivos en la vida* les obstruyen esa especial sabiduría en rápido crecimiento, y a partir de allí los niños comenzaron a perder la cualidad.

Después, ya adultos aunque lo olviden, continuará latente en el subconsciente de cada uno, y cada tanto volverá a aflorar, muchas veces se sentirán, nos sentiremos otra vez niños pero, con una sonrisa cómplice y, un poquitín de pudor, lo ocultaremos a los demás.

Haber visto crecer a los hijos, desde pequeños hasta que tuvieron sus propios hijos, nosotros ya abuelos recién llegamos a comprender esa brillante sabiduría que, ante temores infundados les limitamos y, a partir de allí comenzaron a ser parecidos a nosotros.

Tal vez por eso, como un retorno a los orígenes, y porque comprendimos el misterio, sin buscarlo retornamos a la originalidad de la belleza de las relaciones humanas que, pese a la diferencia generacional o a raíz de ella, la afinidad entre nietos y abuelos sea tan cálida y excepcional.

                           Héctor Scaglione


La onda fugitiva, carta al poeta

 

En aquel patio de Sevilla donde transcurrió tu infancia, desentrañaste el misterio de los recuerdos hasta convertirlos en magia, ahí apareció la belleza y te brotaron las palabras en manantial inagotable.

Después, esas mismas palabras, como el orfebre en búsqueda de la forma, lastima sus manos al batir los metales, vos con la pluma te desgarraste el alma en cada verso, y brotó la musicalidad de la prosa. Convertida ahora en obra de arte como ofrenda y sacrificio, para penetrar en el alma de quien le llegue.

En soledad encontraste el camino lejos de la pompa y el boato, único capital que pagó tu alimento y tu vestido, no acumulaste riquezas, a nadie debes. Solo, en compañía de las palabras, comprendiste que quien acumula atesora, y quien atesora pierde el bien más preciado, la libertad.

Intuyes que una vida no alcanza para expresar la vastedad de los instantes, e Intentas capturar la onda fugitiva para eternizarla. Aunque la trágica España de tus amores no te de tregua. Desde el exilio piensas en esa tierra que se desangra y, en marcha macabra silencia la voz de los poetas, ora encarcelados, ora fusilados ora muertos de tristeza.

Cuando el horror, rodeado de destrucción y muerte te haga olvidar de la belleza, los bramidos de la guerra ocuparon con intensidad la prosa, y antes de que acaben los recuerdos, las voces de tu mente brotarán en torrente, y la pluma volará con urgencia hasta agotar la tinta y el papel.

Desterrado y enfermo de agonía, cuando llegues al fin de tu camino y estés casi olvidado, desde una España redimida, libre, tus versos vibrarán plenos, hechos música en boca del trovador, y renaciendo en cada estrofa en los labios frescos de alguna muchacha enamorada.

                                                                             Héctor Scaglione

 


EL CANTÁBRICO

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Después de un plácido cruce del Atlántico, al comenzar a internarnos en el Cantábrico se desató un temporal con vientos muy fuertes del norte. El casco del B/M “Sarandí” absorbía la fuerza de las olas convirtiéndola en movimiento oscilante y de torsión. No obstante el buque avanzaba a marcha reducida hasta quedar casi detenido enfrentado al viento. Las crestas de las olas se agigantaban y rompían a proa, replicándose hasta tres veces a lo largo de la línea de crujía sobre los cuarteles de bodegas, para finalmente chocar estruendosamente contra el frente del castillaje.

A fines de aquel agosto del ´76 habíamos zarpado del puerto de Buenos Aires con carga para los puertos del Báltico y Mar del Norte. Las trescientas setenta millas náuticas que separan el Cabo Finisterre del Cabo Bretón se hacían eternas. Al segundo día de capa una sucesión de fallas técnicas hicieron peligrar la integridad del buque. De los cuatro generadores auxiliares, por diversas causas, se averiaron dos y como si fuese un juego de dominó cayó el tercero. Solo nos quedaba uno para mantener los servicios esenciales y poder navegar no ya libremente sino para continuar a la capa. Las condiciones climáticas no podían ser peores, el viento, la mar gruesa y una profundidad que impedía fondear, hacía que nos encomendemos a todas las ninfas y dioses marinos. Al arreciar la borrasca, desde el departamento de máquinas, el capitán recibía un pormenorizado y sombrío informe técnico. Dada la situación, dio aviso al servicio de rescate. Al ponerse en marcha entraron en escena los llamados <cazadores> de buques en emergencia, unos poderosos remolcadores de mar alistados para prestar auxilio a las embarcaciones en peligro si se lo pedían. De acuerdo a la ley del mar una vez hecho el rescate, había que negociar la <presa>.

Eran cuatro los remolcadores de altura que rodearon al Sarandí para lanzarse sobre como buitres a la menor señal. Se mantenían también a la capa y a distancia prudencial en medio del caos climático. De modo que, previendo que adelantarán sus intenciones, el capitán armó una guardia de marineros para evitar ser alcanzados por anclotes, especie de ganchos, que los cazadores arrojarían sobre cubierta. Una vez enganchados con firmeza intentarían remolcar la nave antes que se lo solicite. Sin descartar que de última fuesen bienvenidos, para los tripulantes era una cuestión de honor evitar ser remolcados, y los del ¨Sarandí¨ peleábamos para no quedar sin gobierno.

Sin solución de continuidad, los golpes de mar conmocionaban la estructura del buque y las olas rompían contra el casco con violencia, como si Neptuno quisiera desalojarnos de su reino o destruirnos, hacernos desaparecer. Las rocas estaban ahí, a simple vista, afloraban estáticas y amenazantes. El oleaje al golpear contra ellas se convertía en una espuma blanca espectral que volaba de las crestas y mezcladas con el viento formaban un manto que intentaba ocultarlas de la visión y las hacían parecer más siniestras. Después, no menos amedrentadoras en noche cerrada, eran hitos luminosos en la pantalla del radar.

El capitán estaba abatido y con una incredulidad imposible de ocultar, de poder zafar de la fatalidad. Se dirigió al jefe de máquinas que estaba engrasado hasta los ojos:

—¿Jefe, podremos reparar los desperfectos?

Luego de formular la pregunta apoyó una sus manos en el único generador que funcionaba y de pronto, como si hubiese sido alcanzado por un rayo también empezó a fallar y a echar humo. El corazón del buque había comenzado a dejar de latir. Los que laborábamos, impotentes pese al denodado esfuerzo y por no dejarnos ganar por el desánimo, presentimos que el tiempo se nos estaba acabando e instintivamente empezamos a bajar los brazos. El rescate, de tener éxito, también sería dificultoso y en el peor de casos el buque terminaría estrellándose contra las rocas y acabaría con posibles pérdidas humanas, más la contaminación costera que inevitablemente se produciría. Al agotarse las posibilidades, el final incierto podía vislumbrarse Solo un milagro podría salvarnos.

El jefe de máquinas, antes de contestarle lo fulminó con la mirada y agitando un dedo admonitorio le dijo:

─¿Te puedo pedir un favor?… ─Irritado, resaltó el imperativo.

─¡salí inmediatamente de la sala de máquinas! 

El capi, dadas las circunstancias, esperaría en el puente la mala noticia para realizar en concreto, el pedido de auxilio. Tomado firmemente de los pasamanos, se fue retirando del compartimiento. Al perderse de vista en la plataforma superior, la bomba del único motor auxiliar en funciones, dejó de echar humo y como si hubiese sido exorcizada retomó con bríos su marcha normal. Nos arrancó una sonrisa pero sin hacer comentarios, todavía no se podía cantar victoria. Con un solo generador continuábamos al filo de la navaja, había que recuperar otro. Los movimientos espasmódicos del buque ralentizaban la operación y debíamos trabajar sostenidos unos con otros para no perder el equilibrio ni el ritmo de actividad. Uno de los mecánicos, el más ducho, como un cirujano se abocó al problema. El instrumentista a su lado le pasaba las herramientas, que volvían en mano para evitar que, sueltas, se estrellasen y por los rebotes convertirse en armas. Al arrancar otro motor, se alejó definitivamente la posibilidad de ser humillados con una toma a remolque. Ahora sí, el grito de alegría brotó espontáneo y al unísono, aliviando la tensión vivida. A pocas millas, cercanos a la costa, pareció amainar el temporal. Nos dirigimos al punto de recalada para embarcar práctico y entrar al puerto de Brest.

Esa noche en tierra francesa, como si no hubiese pasado nada, pese al cansancio, meritó que culminemos el fin de la aventura festejando en tierra como corresponde. El ‘mufa’ y el jefe, haciendo cuernitos con una mano, sellaron solidaria amistad con un abrazo.

                                                  Héctor Scaglione

UN BUQUE AL ATARDECER

 

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En medio del mar, al atardecer, sin amarras que le limiten movimientos, un buque flota en libertad sobre las aguas.

En las entrañas de ese acotado universo, vidas y bienes conviven. Late la vida en su interior.

Al acortar distancias hacia las lejanías comienza la aventura y llega a destino. Es su trabajo y razón de ser.

Con el perfume del amor que quedó en tierra, seguido por la estela que dejará su popa, pone rumbo a las aguas profundas, formando camino al navegar hasta perderse tras el horizonte.

Los toques de sirena que emite cuando se aleja suenan apagados, traslucen tristeza, dejos de nostalgia.

Ahora la inmensidad marina, sin calles ni señales, lo acoge en su seno. Es el misterio a descubrir y el arte de navegar guiado por los astros. Día a día el avance en ruta se manifiesta en las cartas náuticas, que marcan los cambios geográficos y los vuelca al libro de bitácora.

En medio de la nada el sol avanza o va quedando atrás, el sextante que ayuda a trazar el rumbo, es el testigo fiel ante sus habitantes.

Durante las travesías y en cada entrada o salida de puerto, las esperas de quien no está como la de quien queda, intentan atenuarse, pero la nostalgia omnipresente ejerce una pulsión afectiva que se volcará en las cartas de amor, narrando el transcurrir de la vida, los hijos, los afectos, lugares comunes con vivencias rememoradas, leídas y releídas una y otra vez.

Al cabo de un tiempo ante la dulce espera del próximo regreso, los sueños renacerán.

Al arribar a puerto, ante la proximidad del reencuentro con el amor, los toques que emite ahora son estridentes, suenan alegres, transmiten el preludio del goce por venir.

Las distancias ya no existen, se desvanecen, engrosarán sí las páginas de lo vivido y de las ausencias. Abrazos, copas que entrechocan, risas, placer con gusto a mar que se derrama sin límites.

                                                     Héctor Scaglione

Género humano

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Mujer, presencia proverbial, pasividad aparente. Naturaleza generadora de vida. Guardiana y receptora de vida que no cesa al dar a luz, continúa.

Belleza que emana del perfume de la natural naturalidad. Musa y fuente de inspiración para el artista que vuela a la altura de los sueños imposibles, donde solo el amor hace realidad la imaginación más loca.

En consonancia con una inclinación natural intrínseca definida e imparable, cada individuo es inducido como un poderoso imán a tomar contacto con un destinatario elegido o por azar. Intercambia con el/ella miradas que apuntan a los ojos, continúan hacia la boca, cuello, suben nuevamente hasta clavarse en los ojos del otro y quedar amarrados en un lazo invisible, como un hilo de plata. Mensaje en código gestual, donde un giro, un devaneo, una caricia recíproca. Palabras que brotan espontáneas acompañan e incitan a continuar el juego que los envuelve en el mutuo goce de un placer consentido e imparable hasta llegar al clímax. Deseo potente y provocador, vital regalo ofrecido y compartido con el receptor. Tan real y natural como el viejo juego, tan viejo como el mundo, la relación hombre-mujer, mujer-hombre.

Vale por comparación y complemento, uno es incompleto sin la presencia del otro, ambos se entremezclan, se complementan, crecen como crece la vida, realimentada en cada acción que se nutre de la misma raíz y se proyecta al infinito.

                                                 Héctor Scaglione

La guerra

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“Permaneció largas horas sentado sobre el casco y gruesas lágrimas se deslizaron por su rostro hasta caer en el suelo húmedo de la turbera”. 

“Esa noche el pequeño caserío cercano al pueblo, iluminado por la luna, mostraba una pátina extraña, como un sudario que lo envolvía y le marcaba senderos de luz mortecina”.

¨El ruido de la rompiente sobre la costa rocosa, se ahogaba por el retemblar de los cañones, indicando que la guerra omnipresente, continuaba, y el olor a muerte brotaba de cada rincón, desde el grito mudo de las bocas abiertas de los cadáveres, y de la tierra que, pese al frío, llegaba en oleadas de viento caliente”.

                                Héctor Scaglione

Un zapato de mujer

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                                                         “Alma que como el viento vaga inquieta

                                                             y ruge cuando está sobre los mares”

                                                                               Alfonsina Storni               

Tres días antes habías llegado a Mar del Plata y, en aquella nocturnidad de octubre tanto como en las anteriores saliste a la calle sin advertirle a nadie. Como un presagio ansiabas la cercanía con el mar que, al verlo iluminado por un anémico resplandor lunar te pareció fantástico, bestial. Mientras giraba en tu cabeza el postrer poema, “Voy a Dormir” que ese mismo día remitiste a Buenos Aires. Ahora, como acentuando designios, convertido en imágenes resonaba en tu mente, hueco, sin significado. Ya no te alcanzó con la palabra escrita. Aún así sonreíste nostálgica al recordar la juventud junto al grupo de actores itinerantes, con los sueños intactos y tantas imágenes que después convertirías en poesía.

Sin la magia del numen quedaste en tinieblas, sola y atrapada en medio de un laberinto. El dolor ahora ocupó tu tiempo.

En búsqueda de respuestas que nadie te pudo dar, elegiste el lugar amado para contarle cuitas al piélago. Le hablabas de soledades, de fracasos, del amor inconcluso junto al hombre, el de “Cuentos de la Selva” que, a pesar de su partida continuaba vivo en tu desvarío.

A la espera de algún indicio para entrar en íntima comunión, sin pudor, sin testigos ni impedimentos vagabas indecisa pero sin alejarte de la cercanía de esa inefable presencia, dejando tus huellas sobre la arena que formaban un camino sinuoso hasta la orilla y, el reflujo de las olas te lamía los pies y volvía. Ese milenario siseo sobre la rompiente fue su única respuesta. Al forzar el camino hacia él, alguien intentó detenerte, te tomó del pie, para que no avances más. Con unas fuerzas que ignorabas poseer, luchaste con ese captor inanimado hasta escapar. A cambio le dejabas un zapato, tan solo ese pequeño zapato, mudo testigo de tu insolencia que quedó entre las garras de hierros retorcidos que afloraban de la escollera. Sin notarlo o sin importarte, continuaste el camino. Y de ahí, un corto trecho, a pocos pasos, triunfal, dueña de tus actos marchaste hacia el sendero de la liberación.

El mar había dejado de ser la desmesurada boca negra que quería tragarte, ahora era tuyo, un amante incondicional y como si sellases un pacto con él, tu extremidad herida fue dejando una senda púrpura que se mezclaba con el agua. Mientras te salpicaban las olas, sentías que eran manos con ansias de poseerte, ser de ese mar tan amado, solo suya, de nadie más. En ese instante un fuego interno te consumía inundándote de placer. Esbozaste una sonrisa y ese gesto, te dulcificó. Al llegar al extremo del espigón, las gotas de agua que se deslizaban por tu cuerpo te hicieron relucir como si fueras una diosa de alabastro. En concordancia a tan supremo instante, presa del clímax que te hizo estremecer, avanzaste hasta el borde, detuviste los pasos frente al mar y el viento, esperaste unos instantes, y como si fueses una gaviota extendiste las alas. Tus duendes te estaban esperando.

Esa madrugada del día veintiséis, desde la costa, a los pesqueros amarillos que zarparon al alba se los veía negros en esa luz incierta del amanecer, y a los pescadores, como sombras resaltadas por la claridad que se insinuaba hacia oriente.

Quien recorría los límites de su posesión playera, vio entre los hierros retorcidos del espigón, enfrentado a la calle Hipólito Yrigoyen, un pequeño zapato de mujer. Quitarlo fue trabajoso, pero una vez en sus manos trató de imaginar a la dueña, caminante nocturna y solitaria, caída en la trampa de ese boquete traicionero como tallado a propósito para robárselo, y que luego continuase su camino. La huella sangrienta de su pie descalzo fue testigo que sucedió así.

                                                                   HÉCTOR E. SCAGLIONE