Buque científico “Capitán Oca Balda”

El buque oceanográfico y de investigación pesquera “Capitán Oca Balda”  tiene su base en en el puerto de Mar del Plata. Fue plasmado en un realismo casi mágico por el artista plástico Mariano Pavicic, amigo y compañero de trabajo en el mismo barco. Juntos y el resto de la tripulación domamos tormentas a lo largo y ancho de nuestro extenso litoral marítimo desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo de Hornos incluyendo las Malvinas, Isla de los Estados y Gerogias del Sur. Convencidos en la lucha por la conservación de las especies y la no contaminación. Soñándo que las generaciones futuras puedan disfrutar de un mundo mejor y más limpio.

 

Héctor Scaglione

 

CANAL DEL INFIERNO, una historia

                      CANAL DEL INFIERNO, una historia

Desde antes que la comarca insular fuese incorporada al Virreinato del Río de La Plata, Martín García ya era prisión militar. A partir de entonces los intentos de fuga fueron consigna permanente en la piel de los convictos. En improvisadas embarcaciones hechas con troncos semi podridos, a nado o con la ayuda de caballos salvajes amansados a espaldas de los carceleros. La meta era cruzar a la cercana ‘Banda Oriental’ pero pese a los intentos nadie lo había podido lograr. La aventura siempre acababa en desastre. Eran descubiertos y vueltos a capturar o morían ahogados. La furiosa correntada del Canal Del Infierno, que separa la isla del continente, era el guardián natural que impedía los sueños de libertad de sus forzados huéspedes.

Continuó siendo cárcel hasta después de la independencia. En octubre de 1838, al ser atacada por franceses y gente de Fructuoso Rivera. Su comandante, al frente de once reclusos armados logró expulsar a los invasores. A raíz de ese incidente y a las malas condiciones de vida, plagas y enfermedades que diezmaban a guardias y prisioneros por igual. La falta de médicos y de una alimentación adecuada, aceleraron el cierre del presidio.

En plena dureza de régimen colonial, dos de los condenados habían puesto sus ojos en una yegua salvaje que acostumbraba abrevar a la vista de los prisioneros. Sobresalía por su recia estampa y mayor alzada que los demás equinos. Semejante ejemplar se perfilaba para el soñado escape. Una vez elegida no desperdiciaban oportunidad para acostumbrarla a sus presencias. Se congraciaban dándole pasto tierno en la boca, le hablaban en susurros y ella se dejaba acariciar, pero hasta ahí nomás, si intentaban mayor acercamiento la colorada se elevaba sobre sus patas amenazantes y en estentóreo relincho. El potrillo que amamantaba era parecido a ella, vivaz, altivo y del mismo pelo que el resto de la tropilla silvestre. Hijos de una pareja que Juan Díaz de Solís había implantado en la isla en nombre de la corona de España. Reproducidos naturalmente y en total libertad convivían cercanos a los hombres sin temerlos.

El tiempo urgía, debían apurar el plan de fuga antes de levantar sospechas. Si fallaban, duplicarían la vigilancia en la colonia penal y al ser descubiertos serían confinados en celdas de castigo, estaqueados y a merced de alimañas que se alimentarían de sus cuerpos. Tortura imposible de soportar. Era preferible la muerte.

 Al cabo de las largas jornadas de trabajo forzado, no dejaban de mostrarse delicados en presencia de ella, era la única vía posible a la libertad y no querían oler a miedo. Con infinitos cuidados se acercaban con alguna golosina. La yegua se dejaba mimar y poco a poco fueron ganando su confianza, pero de ahí a quitarle las cosquillas del lomo aún no era tiempo, todavía se encabritaba; hasta que lograron amansarla lo suficiente. Era el momento oportuno. En la oscuridad de la noche elegida escalaron los muros y como dos sombras se dirigieron a la pantanosa ribera este. En el camino recogieron unos restos de maderos de antiguos naufragios y los aguzaron como si fuesen lanzas. Llegado el caso las usarían para pelear por su libertad.

Desde la tarde anterior la habían dejado bien sujeta a la vera de los pantanos en medio de la fronda. Ella olisqueó el aire al detectarlos y al recibir la acostumbrada ración de azúcar, demostró una mansa alegría zapicando el suelo con su casco.

Después de torpes caricias y de hablarles con toda la suavidad que podían, le pasaron por el cogote unos tientos viejos que improvisaban las riendas. Ella los dejó hacer y comenzaron a guiarla, al principio cautelosamente para convencerla de enfrentarse con el río. Cuando lo sintió cerca, reculó en un corcovo y casi sale a la carrera, después pudieron calmarla. Bien sujeta parecía que la suerte no dejaría de acompañarlos. La acomodaron con el hocico apuntando a la Banda Oriental. Las pocas artes que tenían como jinetes las suplieron por el miedo a ser descubiertos. Le taparon los ojos con un trapo y la montó el más sabido. El otro ayudaba a encaminarla esperando su oportunidad y con uno de los maderos recogidos, comenzó a golpearla hasta lograr que se enfrente a lo desconocido. La noche ayudaba. Ausencia de viento. Una luna llena que iluminaba el sendero y los detalles costeros que se perfilaban en sombras fragmentadas por las aguas, ahora negras. Su instinto la mantenía alerta para luchar o escapar…pero ¿a dónde? Si reculaba la apaleaban. Tenía un solo camino y hacia él se dirigió. El río caudaloso salpicaba sonoro y potente entre sus patas amenazando voltearla. Ya no escuchaba nada más que los gritos de sus cancerberos que la castigaban sin piedad.

Finalmente consiguieron hacerla llegar a la parte más profunda y peligrosa. Hundida en la correntada absoluta comenzó a remar manteniendo la cabeza en alto para no ahogarse. El agua en torbellino entraba por belfos y nariz. Avanzaba metro a metro a los resoplidos pero sin dejar de bogar. El frío del agua y el viento que se había levantado, hacía temblar a los fugados, ella no sentía frío. El torrente belicoso sumergía a los fugitivos. Uno, asido de las crines, el otro de la cola. Se sumergían y volvían a aflorar al borde del ahogo. Con las manos agarrotadas por la tensión, las cerdas mojadas cortaban como cuchillas al escurrírseles entre los dedos, no las sentían pero se aferraban como pinzas. El reto nunca llegaba a su fin. En esa penumbra infinita donde los minutos duraban siglos, creyeron alucinar al ver unos árboles que parecían proyectarse muy cercanos, pero nunca los alcanzaban. Después, con los ojos desorbitados por la sorpresa, pudieron verlos, eran tan reales como la suerte. La primera en hacer pie en la playa fue la yegua, recién ahí comprendieron que habían llegado. Se sentían libres y daban alaridos que retumbaban en ese silencio espectral, después dejaron de oírse y desaparecieron. La yegua quedó quieta en la playa, sola y resoplando. El cansancio le estrujaba los músculos para poder trotar, alejarse y evitar nuevos castigos. Pero su condición silvestre repuso energías rápido. Dejó pasar un tiempo prudencial, sacudió la cabeza varias veces para liberarse del trapo que la cegaba. Al sentirse fuera de peligro olfateó el aire. Con su instinto de conservación intacto, sin el lastre de ida, enfrentó el desafío del retorno. Al llegar a la isla otros la esperaban. Para evitar más castigos demostró una mansedumbre que ya no era tal, pero intentó el nuevo cruce de otros dos condenados. Quienes en mitad del Canal del Infierno no soportaron la baja temperatura del agua ni el esfuerzo, soltándose del único ser que podía haberlos salvado. La correntada se llevó los cuerpos a la parte más turbulenta, adentrándolos en el estuario. Ella, libre de carga otra vez en titánica lucha enfrentó el retorno.

Con los primeros albores del nuevo día apareció en la costa pantanosa de donde había salido. Se tambaleaba como si estuviese herida. Un centinela de a caballo que rondaba los alrededores, al verla salir del agua creyó estar confundido, pero no, aparentemente había llegado nadando desde La Banda Oriental, no podía haberlo hecho desde ningún otro lugar.

En tierra firme, sólida en sus cuatro patas, sacudió el agua que chorreaba de sus crines y aspiró con fuerza el aire que inflaba sus pulmones. Había triunfado en la lucha contra el canal y se sintió libre de los hombres que pertenecían a ese otro infierno. El agua del río mezclada con sudor se le escurría del cuerpo en goterones, y despedía un vapor tenue que al envolverla semejaba ser una bestia de fábula. Lanzó un potente relincho que fue contestado por otro pequeño, más joven, y con sus últimas fuerzas galopó a encontrarse con su potrillo.

Al recuento de reclusos descubrieron las fugas, y la yegua, que fuera sorprendida por el resguardo al salir del río, fue considerada cómplice de las evasiones. En juicio sumarísimo se la declaró culpable y fue condenada. Los guardias marcharon a apresarla donde acostumbraba a abrevar. Al sentirse rodeada, enfrentó a sus enemigos para proteger a su cría. El castigo de los desesperados lo tenía grabado en su memoria y la llenaba de furia. A los corcovos casi alcanza con potentes patadas a los guardias que intentaron enlazarla. Después la pudieron reducir. La amarraron en el centro de la plaza de armas y le vendaron los ojos como dictaba el reglamento. Formó el pelotón de fusilamiento frente a ella, a pocos metros. Un furriel leyó el bando condenatorio escrito por él, dictado por el comandante de la prisión. Al escuchar las voces de los hombres la yegua recordó el castigo que aún dolía, pero, impedida de movimiento, pareció resignarse.

—Atttención…apunnnten… ¡FUEEE…go!

La voz del jefe se quebró al dar la orden y los fusileros, al momento de disparar voltearon la cara para no ver. La lúgubre descarga se produjo. El jefe del pelotón, al acercarse a darle el reglamentario tiro de gracia, tembló su mano y la posta de plomo del trabucazo se enterró inofensiva a medio metro de la cabeza. La yegua ya estaba muerta. Un único y certero disparo le había partido el corazón.

Cercanos en el tiempo, al promediar el año 1958 habían acabado de construir la pista de aterrizaje sobre la costa este de Martín García. Cuando unos obreros en su tarea de inspeccionar la fronda costera, descubrieron una lápida cubierta de moho, tal vez por una larga exposición a la intemperie, le quitaron el verdín pegado y apareció el relieve tallado de un equino. Dado por lo tosco y la antigüedad, muy probablemente hecho por los convictos. Convertido en ofrenda lo habían colocado sobre un túmulo de piedras en el lugar elegido para sepulcro, oculto a la vista de los carceleros y no muy profundo porque la cava se anegaba rápido.

Mientras admiraban el hallazgo, desde el río avanzó una niebla rotunda, espesa cubrió parte del horizonte y comenzó a invadir a la isla, en ese instante escucharon un potente relincho y cascos sin herrar que repiqueteaban sólidos sobre la arena mojada.

                                   Héctor Scaglione

Atardecer de primavera

Ella con un gesto osco, como ausente, cruzada de brazos, venía caminando desde la iglesia. El muchacho lo hacía en sentido contrario desde la base de la escalinata, ella que baja, él que sube. Cuando estuvieron frente a frente, se detuvieron plantados como estacas, se miraron con intensidad, se dijeron algo. Endurecidos y adustos, buscaron los escalones apartados del paso de la gente y se sentaron; él con los puños apretados y el mentón que cortaba el aire como un mascarón de proa. Ella con la mirada baja, triste, escuchaba sin decir nada. Él, crispado, esgrimía el índice como un arma admonitoria. Sus brazos parecían aspas de molino, gesticulaba, se paraba y volvía a sentarse. Le escupía palabras que parecían graznidos. El movimiento espasmódico culminó con un puñetazo que dio contra las piedras de la balaustrada.

Ella continuaba cruzada de brazos y sin levantar los ojos del suelo agitó levemente los hombros como si llorara, después, más serena, le habló muy quedamente.

Desde mi puesto de observación unos escalones más arriba, aunque sin escuchar qué decían, no perdía detalles de los movimientos.

 Los paseantes anónimos, ignorantes de lo que no fueran sus propios egos, no les prestaban la mínima atención, pasaban muy cerca de ellos como si no existiesen.

Después de la eternidad en que parecía que la violencia de él iba en aumento, tuve el impulso de ir a protegerla, pero no hizo falta. Al cabo de unos instantes de indecisión comenzó a rehacerse, sus manos se soltaron para secarse las lágrimas a manotadas, luego lo enfrentó, alterada al principio, después se fue calmando. Sus ojos revolotearon como pajaritos asustados, se mostró apaciguada. Ahora podía verla distendida, mucho más tranquila.

El gesto torvo del muchacho comenzó a suavizarse, aflojó los puños y sin parar de hablar apoyó su mano lastimada en la rodilla de ella, quien al verle la herida, la llevó a su pecho y comenzó a llorar nuevamente, pero en forma distinta, estimulada por una reconciliación que comenzaba a ser o tal vez exacerbada en su instinto maternal.

El muchachito, un poco confundido, no sabía qué hacer; parpadeaba como para quitarse una molestia de los ojos. Estiró una mano al descuido, con torpeza le acarició el cabello, ella sonrió, sonrieron los dos.

Esa tarde romana de fines de abril, en que todo renacía, con un sol irreprochable y las risas jóvenes que invadían el punto de encuentro, perfecto para enamorados, estudiantes o paseantes solitarios; como en mi caso, que me deleitaba en observar a la parejita rubia de la Piazza Spagna. Tal vez turistas escandinavos o alemanes, en realidad poco interesaba sus orígenes, pero esa tarde de primavera hubo una tormenta de verano, la vivieron ellos y pude sentirla desde mi pasividad.

Se miraron intensamente para despejar los últimos nubarrones, después se levantaron liados en un abrazo prolongado que parecía fundirlos en uno solo. Encaminaron sus pasos escaleras arriba ignorantes de mi existencia, pasaron muy próximo y se perdieron entre la multitud.

Esa tarde luminosa, sin que lo supieran, compartí la reconciliación y me alegré por ellos. Cuando continué el camino, pensé en mi familia lejana y también sonreí.

                                                                                    Héctor Scaglione    

Viejo Teutón

                                        Viejo Teutón

Vestía un gabán mustio con el cuello levantado y una gorra descolorida cubría su cabello blanco. La pipa mordisqueada parecía formar parte del rostro anguloso,  gastado, de profundas arrugas. No obstante, la hosquedad del gesto no se condecía con su mirada azul. Con pasos cansinos buscó un lugar a la vera del lago, dando la impresión de ser un solitario, de esa soledad que no busca ni desea compañía, y armó parsimoniosamente su caña de pescar, como si fuera un ritual o una rutina.
Por su edad y actitud esquiva, consideré que podría haber sido uno de los actores que participara en la segunda guerra mundial.
En ese atardecer de octubre del `76, en Hamburgo a orillas del lago Alster, la paz circundante parecía no existir para él, que tal vez habría perdido todo, hasta su  Fhűrer que no pudo cumplir promesas de mil años de felicidad. La muerte del  
personaje y después la derrota de su querida patria, eran estigmas que cargaba sobre sus espaldas y la guerra continuaría para él.
Quise inmortalizar ese perfil curtido, con pasado, y al leer ese rostro grabado a  fuego, tenía la sensación de que lo había visto todo y vivido lo peor. Para lograr el ángulo apropiado y garantizar el éxito, me acerqué a él con disimulo para no desaprovechar la mínima oportunidad. Puse cara de nada para alejarlo de mi atención, y demostré  interés en las pequeñas embarcaciones que navegaban en el espejo de agua. De esta forma logré quedar muy cerca. Si el viejo llegaba a descubrir la cámara adivinaría mis  intenciones y no habría imagen. Cuando consideré el momento ideal giré 180 grados, y apoyando mi cintura sobre la baranda que daba al agua, eché el cuerpo hacia atrás   todo lo que pude hasta casi perder el equilibrio. El viejo me miró como pensando, otro loco que se quiere suicidar. Me pareció más humano y hasta pensé que podría charlar con él, pero siguió en lo suyo sin ganas de entablar conversación y mantuvo su mirada perdida en la boyita esperando el pique. Sin dudar apunté el objetivo y oprimí el  disparador de mi vieja “Pentax” un disonante clic-clac en medio del silencio apacible de ese atardecer sonó como el disparo de un fusil. El viejo dio un respingo, giró su pesado cuerpo en mi dirección y en acto reflejo, condicionado por su probable pasado bélico, enarboló una de sus cañas para golpearme. Gracias a mi juventud, rápidamente, tomé distancia del bambú que zumbaba muy cercano a mi cabeza. Mientras me alejaba, seguí disparando el obturador hasta que el ruido ya no se escuchaba, ni siquiera tuvo importancia. Algún especialista podrá opinar que la obra carece de valor artístico o tal vez documental. Para mí es historia, y ahora tengo la misma edad que tendría el viejo teutón cuando le robé la foto.
Pasaron los años. Al retrato desleído por el tiempo lo exhibía en mi biblioteca, no con orgullo, sí como una especie de trofeo. Era llamativo el gesto de enojo que mostró en el momento de inmortalizar la imagen. Estaba observándolo en detalle frente al lugar donde escribía el relato de la historia. Al llegar al final noté un cambio en la imagen, se veía diferente. De los pocos instantes en que el teutón enfrentó mi cámara para inmortalizarse,  y tal cual lo recordaba, ahora parecía más joven. Con el retrato en mis manos, fijé la vista para memorizar aquel instante, y sentí un escalofrío: el viejo papel con la figura impresa cambiaba el color, del esfumado viejo a un brillante intenso. Se rejuvenecía y mostraba una dinámica de imágenes. Ahora era un joven soldado de la Whermacht luciendo con soberbia su uniforme de oficial, y daba vibrantes voces de mando, que eran acatadas ciegamente por sus subalternos. Inflado de orgullo patrio, se lo veía formando parte del selecto grupo de las juventudes hitlerianas. Parecía sentirse uno de los elegidos y ser número de un ejército de invencibles. Pero la guerra se extendía en el tiempo y los ‘invencibles’ comenzaban a bajar su moral de lucha. El estrés producía estragos en las tropas que combatían en los frentes, y el triunfo apetecido se constituía inalcanzable. Después, como saliendo de una nebulosa apareció con un casco de combate; había dejado de ser el gallardo soldado. Dio un giro completo buscando enemigos. Ante mi sorpresa, me apuntó con su viejo Máuser. Instintivamente me eché hacia atrás, y en el momento que estallaba el disparo, el portarretratos escapó de mis manos y se estrelló contra el suelo. No sentí dolor, tampoco al palparme encontré herida alguna. Al levantarlo, a través de las astillas del vidrio roto se veía al oficial enterrado en la nieve hasta las rodillas ahora era un desesperado que luchaba por sobrevivir, estaba demacrado y parecía una fiera acorralada al ver morir a su gente presa del frío y de los francotiradores rusos. Era el asedio a Moscú, principio del fin de la aventura militar.
¿Estaría perdiendo la razón? Deposité el retrato sobre el escritorio y traté de no mirarlo, fijé mi atención en otras cosas. Obsesionado, antes de salir no pude dejar de dirigirle una mirada con disimulo. Me tranquilizó no encontrar nada extraño. Esa noche soñé raro, como si también hubiese participado de la guerra. La sensación de inseguridad se borró al abrir los ojos y acomodarme a la realidad, todo volvía a estar bien. Dejé pasar unos días mientras me dedicaba a otra historia. Pero fue imposible no podía escribir nada, el síndrome de la página en blanco me deprimía. Pensé darle un corte y volví a mirar el retrato con detenimiento, entonces la foto comenzó a vibrar en mis manos, tenía vida. La guerra parecía haber terminado y el teutón inerme intentó inspirar misericordia. Tenía el pelo rubio prematuramente encanecido, su figura desgarbada y falto de higiene. Movía la boca y hacía señas buscando mi atención para comunicarse. Al acercar el retrato a mis oídos su acento no era de Hamburgo tal vez de Bremen, ambas ciudades formaban parte de la liga hanseática de comercio, junto a los países escandinavos del Mar del Norte. Gente buena y de trabajo esforzado, relacionados con la actividad marítima y comercial.
Recordaba que antes de acabar la guerra, el acoso a los judíos por parte de los alemanes, se había extendido dentro de sus FF.AA. llegando hasta a algunos de los miembros más encumbrados del partido Nazi para descubrir nidos de traidores. Rastreaban las genealogías hasta la tercera o cuarta generación. Eran los últimos estertores del régimen y cautivos de una delirante manía persecutoria apartaban a los ‘contaminados’ los enviaban a campos de concentración o directamente los eliminaban ante la imposibilidad física de mantenerlos.
Con mi rudimentario alemán mechado con inglés básico, pudimos entendernos.
-¡Usted me robó la foto por eso le disparé! -dijo cortante, casi a los gritos.
-Nunca creí que pudiera interesarle tanto, además fue una travesura de muchacho.
-¡Usted tuvo miedo y escapó cuando lo iba a atacar!
Me hablaba irritado y con los puños crispados.
-Si escapé es porque no quise golpearlo, yo era más joven y usted podía tener razón -le contesté.
Sentí un rechazo visceral hacia el personaje y lo que de él emanaba, su voz cortante sonaba cascada, de ultratumba. A mi pesar siguió el extraño dialogo. La curiosidad me empujaba a mantener la conversación y ver hasta dónde podíamos llegar.
-¡Tomó la foto sin mi consentimiento!…Y si pudo escapar es porque se lo permití
-insistió con rencor.
Parecía querer traspasar el tiempo, con sus manos se tomó fuerte del marco roto e hizo un esfuerzo titánico por saltar donde yo estaba. Pude respirar tranquilo, la imposibilidad física logró disuadirlo y continuó:
-Voy a comunicarle un secreto de Estado y no olvide que, por haberme robado la imagen, usted me debe un servicio.
Me dio una orden tajante de neto corte militar:
-¡Usted será mi vocero!
El asombro que me causaba no impedía que siguiera escuchando, y le dije, por decirle algo:
-Ustedes perdieron la guerra y todavía son un país ocupado por los aliados.
-La guerra nunca terminó, quedó inconclusa.
-No sea delirante, por favor -el diálogo de locos me impacientaba
A continuación, clara y pausadamente me dijo:
-Usted deberá correr la voz, que todo el mundo se entere.
Parecía taladrarme con los ojos y, con un grito destemplado:
-¡El Fhűrer no ha muerrrto!
Semejante confesión me dejó sin habla. Con un ademán de rechazo alejé la foto. Ahora el teutón gesticulaba impotente. Su extrema delgadez le acentuaba una mirada patética que parecía emanar desde cuencas vacías, irreales y fantasmagóricas. Las palabras ya no me llegaban, ni quería escucharlas.
Su figura se recortaba contra un cielo ennegrecido por los incendios. Las aguas sucias del lago y la ciudad tapada de escombros a sus espaldas, acentuaban su patetismo.
Tratando de encontrar la forma de romper esa especie de hechizo, deposité la foto en la parte más alta donde están los libros que no leo ni consulto. Pensaba deshacerme de ella más tarde, quemarla fuera de casa y arrojar sus cenizas lejos, no sé, desaparecerla en el olvido. Me sobresaltó ver pasar una sombra por la puerta del living, y quedé erizado a la espera de lo que fuera a suceder. Respiré aliviado al ver a mi hijo mayor que recién llegaba de la calle. Al notarme raro, como atacado por extraña enfermedad, me preguntó:
-¿Te sentís bien? ¡Estás transpirando!
-Perfecto, estoy bien ¿por…?
Él, mirándome inquisitivo, no respondió.
-Estuve caminando, recién llego -le mentí.
-¿Le notas algo extraño a la foto del alemán? -me animé a preguntarle.
-No, lo de siempre, el viejo amargado que te amenaza con una caña de pescar ¿Hay algo que yo no veo, además del vidrio roto?
Sin contestarle tomé de nuevo el retrato entre mis manos, vi que estaba igual que siempre. Le quité el armazón inútil y lo devolví a la pila de fotos viejas. Pero la curiosidad no me iba a abandonar con tanta facilidad y, estaba plenamente convencido de que no la iba a destruir.
Nuevamente solo me dejé llevar a lo desconocido por la fascinación que parecía poseerme. El contacto visual producía un efecto invocador en la foto, y el teutón comenzaba a moverse urgido por continuar hablando. La imagen emanaba una fuerza irresistible e intentaba poseer mi voluntad, fundirse en mi cuerpo para vivir en la dimensión real. Temí convertirme en su esclavo y no poder escapar. A pesar de intentarlo no lograba encontrar la forma de romper el hechizo. Aproveché que estaba desarmado y no podría dispararme, lo vi permeable, tal vez accesible. Con sarcasmo fingiendo el mayor de los cinismos y para romper el juego, sorprenderlo, le hice una pregunta a ‘boca de jarro’:
-¿Usted es judío?
Sin contestar se descubrió el brazo derecho para mostrarme su identificación tatuada en un número de cinco cifras. Pareció aliviarse quedó en paz conmigo yo con él. La imagen se desdibujó. Tornó a aparecer el viejo congelado en el tiempo. No volvió a manifestarse.

 Mención de Honor “Juninpais 2008″

                                                             Héctor Scaglione

Desangelado

Desangelado

Merodeaba en los alrededores de la plaza. Todos lo conocían pero nadie sabía su nombre, si tenía familia o desde dónde había llegado. Era uno de esos personajes oscuros y de edad indefinida que suelen vivir en la intemperie, cerca de donde puedan conseguir un poco de piedad y algún mendrugo de comida. De lo primero, poco, nada a decir verdad. De lo segundo, algo de quienes despertara la caridad o escarbando en los contenedores de desperdicios, pero el hambre continuaba retorciéndole las tripas.

A veces parecía llegar a las capas profundas de su conciencia y entonces, alguna evocación lo retornaba al mundo brumoso que lo envolvía, jugándole bromas pesadas y tenía miedo, un miedo que brotaba desde el laberinto de los recuerdos olvidados o de estar sepulto en vida, entonces emanaba un hedor de espanto.

En lucha con sus fantasmas siempre perdía y se burlaban de él. Los chicos, cuando lo encontraban durmiendo en algún cantero de la plaza, le tiraban piedras, le ataban petardos a los andrajosos pantalones o se los metían en los bolsillos. Él corría para escapar, pero las risas lo seguían junto al ruido infernal que explotaba en los oídos y le quemaba la piel. Entonces, escondido detrás de las plantas se quedaba muy quieto esperando a que se fueran. Pero el corazón era un animal que se le escapaba por la garganta haciéndolo bramar de dolor.

  Había un amor secreto, diferente, solo de él y que nadie se lo podría quitar. La otra, la que lo dejó, a veces llega por las noches para hablarle al oído y él huele el perfume de su aliento mientras suspira abrazado a ella. Cuando tirita de frío, sus caricias lo hacen entrar en calor, y entre los pliegos neblinosos de la mente, ella vuelve a ser real y puede soñar, sueñan juntos, pero en seguida se le escapa, hace piruetas extrañas para recuperarla, se eleva, salta para intentar atraparla, cae y vuelve a saltar pero cuando casi la alcanza, se le escurre entre los dedos, se evapora en el aire, entonces llora mal, sin lágrimas, a los gritos.

  Después de repetir escenas que por lo grotescas alteraban el orden público, los hombres sensatos mandaron a aprehenderlo. Tenía las manos heridas. La ropas hecha jirones y manchadas  con sangre. Al verlos llegar se abrazó fuertemente a su amada, tanto que a los guardianes vestidos de blanco les costaba trabajo arrancarlo. Cuando lo lograron, de su garganta rota brotó un alarido espantoso que pudo ser escuchado en los alrededores de la plaza. Finalmente se lo llevaron abrazado a un chaleco de fuerza con los pies a la rastra mientras lanzaba patadas al aire clamando por su amor. 

  Ella con los senos desnudos, el pubis y gran parte de la piel salpicados por  gotas  púrpura, pareció conmoverse. De sus párpados entrecerrados asomó una línea de luz e hizo un leve movimiento en su dirección… pero no, el rostro permanecía inescrutable y no se movió del lugar en que estaba. Él, cuando giró la cabeza para despedirse, por las mejillas de su amada corrió el rocío de la noche como si fuesen lágrimas, eran lágrimas.

   El tiempo pasó demasiado rápido, él se fue desvaneciendo en el olvido, pero ella, desde su proverbial pasividad pareciera seguir esperando por ese amor extraviado. Continúa en el mismo sitio donde se encuentra tal cuál estuvo siempre, exhibiendo una torneada y perenne figura de piedra.  

                                          Héctor Scaglione

Primer premio certamen cuento CJOMN 2010

                                        

Una Carta

UNA CARTA

Susana tomó la esquela aún cerrada y la agitó como si empuñara un arma. Marcelo la miraba asombrado.
— ¡Descubrí ésta carta! ¡Está dirigida a mamá! De un tal Martín no sé cuanto. Esperé que estuvieras presente para averiguarlo juntos.
— ¿Quién lo conoce a este tipo? ¡Mirá la vieja! ¿A vos te parece recibir cartas de extraños? — dijo el hermano muerto de risa.
— Bueno vamos a abrirla de una vez así nos enteramos — le contestó Susana.
Observaron el tipo de papel, el trazo de la letra y un perfume desvaído que parecía emanar viejos recuerdos. Carta breve, letra prolija y rasgo vigoroso. Tomando la posta sin esperar el consentimiento de Marcelo que ya se había apoltronado en un sillón. Comenzó a leer en voz alta, a medida que desarrollaba la lectura los sorprendió el estilo intimista y de lacónico final:
 
Querida Ofelia:
Para vos quizás haya sido un recuerdo lejano y hermoso que no quisiste compartir con nadie. A pesar de haberlo mantenido en secreto desde siempre, hoy debe salir a la luz y sabrán de mí tus hijos, nietos y los que te quieren. No te alarmes. Tenía que encontrarte. En la ardua tarea de averiguar tu paradero con seguridad y no correr tras una quimera, asumí el riesgo sin involucrar a terceros; fue mi compromiso y mi secreto. Muchas veces te tuve muy cerca, pero solo en una oportunidad casi aparezco ante tus ojos; estabas tan feliz con tus hijos pequeños que no quise empañar esa ternura tan tuya. Solo me deleitó mirarte.
Después de tu reciente viudez no me atreví a enfrentarte, pensando que podía ser rechazado o peor aún, herir tus sentimientos. Después el tiempo pasó demasiado rápido.
Con la esperanza siempre latente, retorné a menudo a la costa al mismo sitio donde nos conocimos, con la esperanza de volver a encontrarte y vivir esa magia en estado puro que compartimos. Los antiguos duendes siguieron ocultos o tal vez el destino no me fue propicio. Tu imagen joven y plena quedó detenida para siempre en mis pupilas, crecías en mis pensamientos, estabas dentro de mi cabeza. Ahora, cuando los años comienzan a pesar, entendí el viejo axioma “un instante una vida” El tiempo transcurrido fortaleció ese sentimiento y sirvió para sostenerme en éstos años, ya ni sé cuántos.
Haberte perdido fue una desdicha y me costó aceptar tu ausencia. Después sí, un hilo de plata me unió a vos para siempre y en sueños recurrentes tu sonrisa iluminaba un camino sinuoso que nos encontraba en el final. Tu irrevocable ausencia física me bastaba y elegí quedar solo, ninguna mujer pudo ocupar ese vacío…
…Morir es un hecho natural y un destino común. La última imagen que llevaré en mis retinas al despedirme de ésta vida, será tu figura cuando juntos corríamos por la arena y la urgencia del deseo nos puso alas y volamos como ángeles, como gaviotas sobre un mar encrespado. En nuestra única noche de amor bajo las estrellas, la rompiente marina sonó como música de fondo arrullándonos. Cuando asomó el sol al despedirnos, la lobreguez de esa luz y el sonido perezoso del mar nos lastimó el alma. Ofelia no quiero entristecerte pero cuando recibas ésta carta ya habré partido, no me pesa, será una liberación y puedo aceptarlo ahora.
Me he atrevido nombrarte heredera universal de mis bienes; y será un honor que los aceptes y disfrutes como te plazca y algo de dinero para que viajes donde quieras. Y…¿por qué no? Cuando vuelvas a la playa, a nuestra playa, allí nos encontremos…
No debo dramatizar ni ponerme trágico, pero mi albacea te informará los pasos a seguir. Querida Ofelia, sin despedidas, tuyo para siempre. Martín.
Se miraron conmovidos. Él, cruzado de brazos, un nudo en la garganta le impedía hacer comentarios. Ella, con el papel entre sus manos y sus ojos enrojecidos por el llanto contenido, como si le exigiera respuestas, que continúe hablando, saber más. Pero la carta amarillenta por el paso del tiempo trasuntaba soledad muda, sin respuestas.
Susana la había encontrado entre los objetos atesorados por la madre, quien prefirió ignorar el contenido conservándola cerrada por propia decisión. Con el propósito de tenerla entre sus manos e imaginar las palabras deslizarse amorosas sobre el papel. Fue suficiente para ella. Siguieron buscando entre la pila de cartas atesoradas, prolijamente atadas con una cinta rosa. Releídas tantas veces por Ofelia y salpicadas por alguna lágrima que renacía del pasado intensamente vívido.
En el fondo del arcón entre viejas fotos monocromáticas, había un sugestivo sobre marrón dirigido también a la madre, cerrado y lacrado con el sello intacto. El membrete anunciaba en grandes letras el nombre de una agencia de seguros. La nota en su interior indicaba los requisitos para acceder a la póliza legada a Ofelia Estigarribia por quién en vida fuera Martín Cornejo.
Marcelo viró de la tristeza a la indignación:
— ¿Pero che…la vieja no pensó en nosotros?
Susana, sin contestarle, lo traspasó con la mirada, pero no muy convencida le respondió:
— Debemos respetar la voluntad de mamá.
Como si dejaran algo inconcluso, las dos cartas fueron a parar al rincón de un cajón del escritorio y los hermanos se despidieron.
Para Susana la madre volvía a vivir; se presentaba con fuerza como la persona extraordinaria que había sido, que los había criado y, el esmero dedicado al padre hasta los últimos momentos de su vida. Había amado y fue amada intensamente. Eso lo descubría ahora. Y ese sentimiento profundo inspirado por su madre, la inundaba de una increíble paz. Pero la curiosidad urgía conocer la identidad de ese tal Martín, quién había sido, si tenía familia, saber todo sobre él. El secreto guardado con tanto celo, por esas cosas del destino, pudo vencer el paso del tiempo y ahora volvía vibrando pleno de vida.
Pasado un tiempo se propuso investigar. Primero fue a la escribanía donde había hecho el testamento y después a la aseguradora. En la primera la recibieron con una sonrisa y cuando intentó saber más de Martín Cornejo, un rotundo ¡No! Fue la respuesta.
En la agencia de seguros se dio a conocer, pidió hablar con el gerente. Éste al verla montó en cólera:
—Señora, días pasados vino su hermano y le expliqué lo mismo que voy a repetirle: La póliza no la puede cobrar nadie que no haya sido la beneficiaria directa ¿me escuchó bien? ¡Nadie!
El gerente, sordo a las explicaciones exigidas por Susana, sin mirarla dio un portazo desapareciendo de su vista.
Roja de furia, una lágrima avergonzada resbaló por sus mejillas. Las cartas quemaban en sus manos como una inexcusable culpa. Al llegar a casa, se sentó frente a donde la madre guardaba sus tesoros, como si fuera un santuario. Delicadamente cerró los sobres atándolos con la vieja cinta rosa y los depositó en el fondo del arcón.
Quién fue Martín nuca lo supieron. Así debía ser.
                                                                                                                      Héctor Scaglione

FATAL

 

            FATAL

Aún le extasiaba recorrer sus curvas con la mirada, y las imágenes de ese cuerpo, muy bien guardadas en su memoria. Fue acercándose para abordarla sin ser descubierto. Fijó sus ojos en la nuca, en el nacimiento del pelo, hasta pudo sentir el perfume que la identificaba. Era ella sin dudas. A pocos pasos achicó distancias hasta casi quedar pegado a sus espaldas. Ella, ensimismada en sus pensamientos ni siquiera hubo de percatarse. Él, deslizó la mano al bolsillo del abrigo y sacó un estilete automático. Lo elevó a la altura de los omóplatos y oprimió el disparador. Un chasquido metálico y el de la ropa al desgarrarse, solo eso. Y ella que se fue cayendo sin un ¡ay! Tan solo un suspiro donde se le iba la vida y ningún gesto que perturbara su belleza. Después del acto se alejó arrojando el elemento punzante a la alcantarilla. Al girar levemente la cabeza para asegurarse la culminación del trabajo y disfrutar de la hermosura de ese rostro por última vez, comprobó que no era ella.  

                                            Héctor Scaglione   


 

 

MAR PROFUNDO

                          

Un veterano marinero deambulaba por los muelles y se detuvo a dialogar con el viejo buque amarrado. Tocó su casco como si lo acariciara, achicó los ojos que miraron lejanías, encendió su pipa y comenzó a desmenuzar recuerdos a media voz, de cuando batallaran aventuras y el mar los abrigara juntos. Al cabo de unos minutos pareció concluir, bajó la mirada, giró lentamente su cansino cuerpo, y dándole la espalda se fue alejando. El buque, que fuera hogar, lugar de trabajo y trajinante de vida, ahora cubierto de óxido y radiado de servicio, estaba solo, acompañado tal vez por viejos fantasmas que se negaban a abandonarlo.
 
Sobre la platea del astillero había comenzado a “ser”. Al principio era un hierro del largo de su eslora. Después le nacieron costillas que apuntaban al cielo, y sobre éstas se le fue adhiriendo la piel de acero. Los hombres trabajaban durante el día, también de noche. Lo maleaban dándole forma. Curvaban sus planchas, continuación del pantoque. Envuelto en chispas aquí y allá se parecía a lo que pronto sería. Terminado y con su nombre estampado a proa, una madrina según la tradición, brindó con él una botella de champán, que, al arrojarla sobre su roda estalló en mil pedazos de vidrio y espuma de buen augurio. En medio de aclamaciones, el buque resbaló suavemente por la platea hasta el agua. Recién nacido pusieron a punto su razón de ser. Olía a nuevo y una hélice brillante enroscaba el agua empujándolo hacia delante. ¡Podía navegar! Era su primera singladura e iniciaba una historia que se volcaría día a día al libro de bitácora.
Los tripulantes se encomendaban a él como si fuese un dios pagano; otros dialogaban con el corazón ruidoso en sus entrañas para descifrar sus misterios. Entre esos primeros hombres, sin saberlo, estaba quien lo acompañaría a lo largo de su extensa vida.
Al comenzar su primer viaje, las roncas pitadas que dio el capitán sonaron desoladas, mientras en cubierta persistía el perfume del amor dejado en tierra. Desde la costa se lo veía remontar el canal rumbo a puertos lejanos. Avanzaba con pereza en busca de las grandes aguas, que, sin haberlas degustado era sediento de ellas. Al final del cauce, los bajíos quedaron atrás y el mar profundo lo acogió en su reino sagrado. Vibrando con vigor enfiló rumbo a su destino. Hombres y buque fundidos, enfrentaban la tormenta. Era el comienzo.
 
Solos los que quedaban. Solos los que partían envueltos en sombras de lejanías y adioses, compensaban los emocionados encuentros del arribo. Él era testigo, latía vida en su interior, tenía espíritu y en la inmensidad del océano, casi sin notarlo, era amo y señor e invitaba a sus pasajeros y tripulantes a sentirse poetas, y bajo la luz de las estrellas soñar con el amor lejano. Su avance dejaba en las aguas una estela turbulenta que se prolongaba a popa hasta perderse en la lejanía. Formaba camino al navegar. A proa, un mar límpido sin calles ni señales; el rumbo se lo indicaban los astros, era el misterio a descubrir y el comienzo de la aventura.
Del primer viaje regresó victorioso y el mejor premio fue que lo consideraran “Buque muy marinero” Con el deber cumplido, se acercó suavemente al muelle. Ahora, las pitadas que dio el capitán, sonaron a música de promesas renacientes
Surcó mares plenos de vida, delfines, peces voladores que aterrizaban en cubierta con un chasquido fatal, gaviotas, petreles y cormoranes lo acompañaron en vuelos rasantes hasta detenerse en su arboladura y viajar como polizones. En la tempestad también los cobijaba. Cruzaban los océanos a bordo y al avistar tierra cercana se alejaban. Subían otros en extraño intercambio. Escuchó el canto de las sirenas que endulzaban sus oídos hasta subyugarlo, no del todo, y las lenguas diferentes habladas en su derrotero universalizaron su índole, lo volvieron sabio. En la tormenta montaba las olas como avezado jinete, y al crecer de tamaño las ascendía como si escalara montañas de agua. Al sumergirse, rechinaba, y al aflorar en medio del rugir del viento demostró su carácter ante la adversidad. El mar lo golpeaba con furia, como si fuese un gigante maléfico, él resistía con guapeza y en cada bandazo sobre su estructura, descomponía el agua en miles de gotas saladas que se expandían en la atmósfera, y al estrellarse en los cristales del puente, eran astros desprendidos del firmamento invisible, mezclándose en las crestas de las olas cual niebla fantasmal. Repetía esta acción sin solución de continuidad mientras duraba la borrasca. Al reverberar el sol en los trópicos y cuando los vientos alisios refrescaban la canícula, era momento de descansar y apurar la marcha para llegar pronto. La tormenta quedaba atrás.
 
Sus desafíos fueron rutina, le sobraba oficio. La experiencia lograda año tras año le agregó capas de pintura hasta formar una gruesa costra sobre la piel. Sus dueños lo notaron avejentado, marchito, se lo hicieron notar. Condenado a sucumbir no se resignaba a que un último marinero transite sus cubiertas, ni que su sirena, órgano de expresión, deje de mostrar tristeza o alegría y no vuelva a sonar.
Una ley de causa y efecto, inexorable, marca los tiempos; se nace y se muere, no hay vuelta atrás pero quedan los recuerdos. No haber vivido en vano es el mensaje que los hombres sabrán interpretar.
En su último viaje gruñe quejoso como si la vejez hubiese agregado toneladas extra a las que transportaba. Entre los buques abandonados, sin lastre ni carga flotaba con levedad de gaviota y en el ocaso del día su silueta resaltaba con el sol detrás, mostrándolo ennegrecido, con su piel ajada y manchones de herrumbre que lo diezmaban. A su pesar permanecía erguido, sin perder las esperanzas. Listo para un próximo viaje y volver cruzar la inmensidad marina con el entusiasmo de siempre.
La modorra senil se había ido apoderando de su voluntad, pero gracias a las condiciones meteorológicas su suerte iba a cambiar; los vientos huracanados volvieron a rugir su furia, voló espuma de mar sobre cubierta y el soplido infernal bramó cantarín sobre la arboladura. En medio de los demás buques que ya no navegan, como si despertara de un largo sopor comenzó a moverse inquieto para soltarse las amarras, necesitaba ayuda. El viejo que miró distancias, ahora a paso vivo se arrimó solícito a su costado. Del bolsillo del gabán raído sacó una filosa navaja marinera y aplicó certeros cortes a los cabos de amarre. El temporal completó la proverbial ayuda como si su hélice, rediviva, volviese a enroscarse en el agua y en medio del torbellino pareció navegar ayudado por diestro timonel. Nuevamente en ruta avanzaba hacia el mar profundo, cuando un escollo insospechado rasgó su vientre y las frías aguas comenzaron a invadirlo. Herido de gravedad chirrió en feroz bramido. Detuvo su marcha. Se inundaba rápido. Con el último aliento alcanzó a hacer fondo en un bajío y antes de detenerse por completo, apuntó con su proa a la Cruz del Sur. Ahí quedó. Bien montado sobre la restinga, donde luce triunfal en medio de los surtidores de agua que su casco roto provoca con la marea.
El viejo en la taberna, frente a su copa de licor, escuchó decir simplezas sobre el buque encallado. Entre irónico y satisfecho, sin pronunciar palabra sonrió feliz.
Héctor Scaglione
 
Mención especial CJOMN 2009

La tormenta

Había zarpado del puerto de Mar del Plata un 12 de abril de 1990, en el pesquero
de altura “Joluma”, rumbo al encuentro de los cardúmenes de merluza situados a diez horas
de navegación. A esta distancia por las noches, se percibía el resplandor de las luces de
la ciudad y a los tripulantes nos quedaba la sensación de cercanía de nuestros seres
queridos, nuestro hogar.
El informe meteorológico a los navegantes, daba aviso de temporal, pero mientras las autoridades no tomaran la medida precautoria de cerrar el puerto, los buques de altura continuaban haciéndose a la mar.

Al iniciar la jornada de trabajo a la mañana siguiente, el barómetro había bajado líneas en forma pronunciada; una calma chicha absoluta y otras señales del fenómeno climático que se avecinaba. El horizonte no podía distinguirse, el cielo confundido con el mar igualaban sus tonalidades. El océano semejaba un espejo y Los barcos que alcanzaban a observarse en la zona, parecían suspendidos, flotando en el espacio en impresionante ilusión óptica. El cielo fulguraba en relámpagos y el olor a ozono descendía nítido desde la alta atmósfera, presagiando la dureza climática que se cernía.
El capitán pegado a la radio escuchando los partes meteorológicos, emitidos por “Costera Mar del Plata” en forma continua. Ya habían cerrado el puerto cuando los vientos huracanados comenzaron.

De común acuerdo los capitanes decidieron suspender las tareas de pesca, sacar del agua las artes de pesca y estibarlas. Preparando a los buques “a son de mar” amarrar objetos sueltos y clausurar herméticamente todas las aberturas al exterior, portas y escotillas. Los buques comenzaron a tomar distancia rápidamente para evitar el peligro de colisionar entre sí y ponerse a la capa.

Todos pensábamos que sería una tormenta pasajera con vientos locales de corta duración, estábamos en pleno mes de abril y no se daban fenómenos de esta naturaleza. Razón por la cuál, dos de las embarcaciones de menor porte; el “Angelito” y el “Amapola” que estaban en la zona no dieron demasiada importancia al fenómeno en ciernes, y sus capitanes optaron por quedarse y resistir, para no perder la cercanía de los cardúmenes cuando se aplaque la tormenta.
El comienzo de los vientos fue repentino desplegando fuerza rápidamente. En un par de horas generaron olas de más de diez metros de altura, que al romper, sobrepasaban las superestructuras de los buques golpeándolos con violencia.
Los tripulantes libres de guardia se refugiaban en sus camarotes acomodándose trabajosamente en las literas para no salir despedidos, otros (los menos) prefirieron quedarse en el puente de mando para ver el comportamiento del mar y sentirse acompañados.
Ya nadie pensaba que la tormenta fuera a ser de corta duración, y con el correr de las horas empeoraba hasta un punto en que el piloto automático no podía mantener el rumbo y hubo que gobernar manualmente, el capitán decidió para tal fin, organizar guardias de timonel entre la marinería.
Anochecía rápidamente y el panorama se mostraba lúgubre, la oscuridad soplante era boca de lobo, que amedrentaba al marino más veterano. Las montañas líquidas amenazaban con sepultar la nave y las olas rompían en un tumulto de espuma sobre la cubierta y los costados del buque, provocando un ruido atronador. Las toneladas de agua embarcadas barrían la cubierta y escapaban por las bocas de tormenta, sabiamente instaladas. En cada arremetida de mar, el buque tremaba y quedaba sumergido, pero afloraba triunfalmente, demostrando sus cualidades marineras.
Con cada bandazo rogábamos que los parabrisas del puente siguieran intactos, y no se produjesen daños en algún punto vital que pudiera comprometer aún más nuestra relativa seguridad.
El tiempo pasaba y las olas eran cada vez mayores, ya de quince metros. En estas circunstancias los marineros que empuñaban la rueda de timón comenzaron a bajar los brazos y declararse incapaces de continuar (muchos de ellos, faltos de índole marinera tal vez por deformación del oficio de pescador) no era el momento para cuestionar esta falencia y en una reunión de oficiales, el capitán, jefe de máquinas y el primer oficial decidimos timonear por turnos de dos horas para poder mantenernos a la capa. Estábamos completamente solos en nuestros turnos, aferrados a la rueda de cabillas, con la vista clavada en el girocompás y la pantalla del radar; ésta última totalmente inútil, los falsos ecos que producía hacía imposible detectar obstáculos o a otro buque, teníamos solo la posición geográfica que nos brindaba el GPS.
Las comunicaciones con otras embarcaciones, las hacíamos por VHF, sin soltar la rueda de timón y con el micrófono a la altura de la mano. Dar unos pasos en esas condiciones equivalía a hacer una caminata lunar o terminar estampado contra un mamparo, perder el sentido y dejar el buque sin gobierno.
El huracán generaba olas de más de veinte metros y el viento superaba los 200 kms. por hora. Resonaban en los cables de la arboladura, mástiles y antenas de radio. Era un lamento enervante que taladraba los oídos y el chiflete helado se filtraba por todos los resquicios de la estructura, haciéndonos tiritar de frío.
El barco trepaba las gigantescas olas como si escalara montañas, una vez en la cúspide, quedaba suspendido. De pronto volaba, la proa y la popa asomaban al vacío. La hélice giraba enloquecida fuera del agua. Luego, en vertiginoso descenso por el tobogán fantástico orlado de espuma, se deslizaba hasta el fondo del seno donde impactaba en tremendo choque contra la masa líquida, el estruendo hacía retemblar el casco, que descomponía el agua del mar en millares de gotas que se desparramaban por efecto del viento y golpeaban el frente del puente como perdigones disparados por un arma descomunal. El ciclo se repetía sin solución de continuidad. Mareo y vértigo eran nuestros amos y señores, pero tercamente nos aferrábamos a la rueda de cabillas, sabiendo que de esa acción dependía la vida de todos, no queríamos pensar que cada golpe de mar podía ser el último y sobrevendría el desastre.
La vista panorámica desde el puente, mostraba un cuadro dantesco; crestas fosforescentes que desprendían espuma de sus penachos por el soplido infernal, y las incorporaba a la atmósfera saturada de agua en suspensión que dificultaba la poca visión que teníamos.
A nuestro pesar, era un paisaje de rara belleza con efecto narcótico que serenaba los espíritus y nos convertía en espectadores privilegiados de primera fila, más aún cuando percibíamos que la embarcación se comportaba en forma más deseada que previsible.
En el interior del buque, se sentían los efectos del vendaval. Rolidos y cabeceos hacían volar objetos mal amarrados que se convertían en armas peligrosas y podían provocar cortaduras o golpes violentos. Los oficiales con nuestra formación en primeros auxilios, debíamos suturar o entablillar. Después de bastante experiencia acumulada, no nos salía tan mal y los pacientes agradecidos.
La solidaridad brotaba siempre entre los hombres de mar como una necesidad intangible, la mano amiga del compañero extendida para curar o consolar.
En nuestro buque, también nuestro universo, solos de toda soledad, como una hoja al viento, donde la tecnología puesta al servicio del hombre como herramienta, servía de muy poco, sometida a la prueba límite y los que teníamos la responsabilidad de mantener la nave a flote, debíamos jugarla como una partida de ajedrez, estar muy serenos y no cometer errores.
Las tripulaciones de los demás buques estaban en idénticas condiciones, con los efectos del “mal de mar” y la sensación de tragedia que se cernía sobre todos.
Yo, como tantos, estaba decidido a pelear hasta el último esfuerzo, era la premisa. Nuestras familias en tierra también luchaban, pero con oraciones, para vernos regresar sanos y salvos.
En lo peor de la tormenta la radio salió de su letargo con los primeros pedidos de auxilio. Eran ocho los buques con problemas en máquinas, que al embarcar agua por las chimeneas, hacían detener los motores y su estabilidad se comprometía al no poder mantener el rumbo y quedar atravesados peligrosamente a merced de las olas, la situación de estas embarcaciones se tornaba delicada.
Ningún buque estaba en condiciones de prestar ayuda a otro. Todos en pugna, no teníamos otra disponibilidad.
El “Amapola” embarcaba agua en forma peligrosa y su capitán comenzó emitir pedidos de auxilio. Estaba sin máquinas ni energía eléctrica… Se hundía.
El capitán del “Angelito” (del mismo porte) decidió adoptar una actitud heroica; -ayudar al hermano en desgracia- y optó por intentar tomarlo a remolque, maniobra que implicaba enormes riesgos.
Al aproximarse las dos naves, quedaban una en la cúspide y la otra el seno de la ola. Subían o bajaban en movimientos constantes e imprevisibles, fuera de control, hasta que las dos naves se tocaron accidentalmente, provocando un rumbo en la obra viva del “Amapola” su situación empeoraba.
Después de varios peligrosos intentos, alcanzaron a pasarle el cable de acero para remolcarlos, logro de una verdadera hazaña. Todos seguimos los detalles de estas maniobras a través de las radios, alentándolos para que la suerte los ayude y pudieran lograr lo imposible.
A los pocos minutos los del “Amapola” no pudieron controlar la inundación y comenzó a hundirse. El cable de acero del remolque se tensaba sobre las cornamusas a las que estaba amarrado, apretándose cada vez más por efecto de la tensión extrema.
Del “Angelito” trataron de cortarlo con los elementos que tenían, pero no les alcanzó el tiempo. El gran peso del buque siniestrado, en camino al fondo marino, unido firmemente al que le había tendido la mano amiga… se hundía también entre las olas tumultuosas.
Después de una eternidad, la gran tensión y el grito desgarrador del último instante; siguió un prolongado silencio. Las radios enmudecieron, nadie osaba hablar ni podía salir del estupor. Mutismo general, elevado y ofrecido como Responso a los que partieron rumbo a las profundidades envueltos en las olas, y el soplar del viento como música de fondo a manera de saludo respetuoso, ya no estaban. Su partida dejaba un vacío indescriptible.
Conocíamos a los tripulantes. Eran todos hijos de familias marplatenses que vivían en el puerto, muchos amigos, la mayoría padres de familia o novios a punto de casarse, procedían de la banquina chica, hombres de chacotear con todo el mundo, de hablar a los gritos, de hacer bromas, de risa fácil.
A los que continuábamos en la lucha por mantenernos a flote, aunque secos y a resguardo, un sentimiento de culpa nos atenaceaba el pecho. Seguíamos vivos y con la impotencia de no haber podido ayudarlos; solo manteníamos la esperanza que el temporal bajara su fuerza y que pudieran haber alcanzado a abordar las balsas salvavidas. Los que no, seguro habrían tenido una muerte rápida y misericordiosa.
El viento furioso, siguió bramando como si el Hacedor quisiera demostrarnos quién mandaba y que él podía hacer su voluntad con todas las criaturas. Nos dejaba un gusto amargo y la pregunta sin respuesta: ¿Dios es omnipotente, justo o compasivo?
Al término de mi turno de guardia antes de retirarme a descansar, quise hacer un repaso del buque para inspeccionar los compartimientos. Comenzando por el extremo de popa. Al llegar a la zona del cuarto de maquinaria del timón; me costaba trabajo abrir la porta estanca, presagio que me encontraría con una sorpresa desagradable. Al lograrlo, lo confirmó la catarata de agua que estalló con fuerza sobre mí e hizo que cayera y fuera rebotando contra los mamparos del pasillo. Me incorporé como pude, sobreponiéndome de golpes y cortaduras, mientras el agua helada se escurría entre mis ropas y tomándome de lo que tenía a mano para restaurar el equilibrio, acudí a buscar ayuda entre la marinería.
-¡Muchachos, tenemos un compartimiento inundado! levántense a ayudar…Por favor…
Nada ni siquiera se movieron. Victimas de desazón y del mal de mar, muchos con los ojos enrojecidos por el llanto contenido a duras penas. Estaban en un sopor, shockeados por la reciente desgracia, tumbados y vestidos en sus literas, alguno con el chaleco salvavidas colocado, parecía no importarles que el buque siguiera a flote o no.
-¡Levántense carajo, maricones de mierda! -me enfurecí para movilizarlos y darme ánimos.
Los hombres curtidos por las penosas tareas de la intemperie, se fueron levantando para incorporarse a un pasamanos de baldes y poder achicar el compartimiento inundado. Lo que al principio comenzó con un poco de vergüenza y miradas torvas, de soslayo, culminó con un abrazo solidario. A más de uno se nos escapó una lágrima silenciosa, sin pudor o en la soledad de los camarotes.
Amaneció y la tormenta comenzó lentamente a ceder. Quedaba la resaca y el mar de fondo que se fue serenando cerca del mediodía. Dejábamos atrás la noche más larga y triste de mi vida.
Todas las embarcaciones nos abocamos a las tareas de búsqueda de náufragos, sumándose buques patrulleros y aviones de La Armada y Prefectura. Al paso de las horas se perdieron las esperanzas de encontrar sobrevivientes. Solo aparecieron las balsas, unas bien armadas y sin ocupantes, otras, no alcanzaron a inflarse, algunos chalecos salvavidas y otros despojos, pero ningún cuerpo.
Otra vez el puerto de Mar del Plata amaneció de luto, y siguió por muchos días. Los familiares de los náufragos se resistían a aceptar el fin de la búsqueda y deambulaban lastimosamente por los muelles en busca de alguna esperanza, que alguien les diera una explicación y ellos poder entenderla. Solo obtuvieron miradas de conmiseración y un nudo en la garganta como muda respuesta.
Están ahí, el desmesurado Atlántico los cobija, a pocas horas de navegación de Mar del Plata. Quedaron para siempre en el inmenso sepulcro marino -¿Solos?-…¡No!…Acompañados por el ulular del viento y el recuerdo respetuoso de los que los conocimos… En el corazón de sus familias y en la memoria colectiva de nuestra querida ciudad.

                Héctor Edgardo Scaglione

 

MARCELINA DE CIRIZA

                                                  marcelina-de-ciriza.jpg 

             “El barco fantasma” Se le ocurrió salir a navegar solo, ayudado tal vez por los viejos duendes del mar.