Susana tomó la esquela aún cerrada y la agitó como si empuñara un arma. Marcelo la miraba asombrado.
— ¡Descubrí ésta carta! ¡Está dirigida a mamá! De un tal Martín no sé cuanto. Esperé que estuvieras presente para averiguarlo juntos.
— ¿Quién lo conoce a este tipo? ¡Mirá la vieja! ¿A vos te parece recibir cartas de extraños? — dijo el hermano muerto de risa.
— Bueno vamos a abrirla de una vez así nos enteramos — le contestó Susana.
Observaron el tipo de papel, el trazo de la letra y un perfume desvaído que parecía emanar viejos recuerdos. Carta breve, letra prolija y rasgo vigoroso. Tomando la posta sin esperar el consentimiento de Marcelo que ya se había apoltronado en un sillón. Comenzó a leer en voz alta, a medida que desarrollaba la lectura los sorprendió el estilo intimista y de lacónico final:
Querida Ofelia:
Para vos quizás haya sido un recuerdo lejano y hermoso que no quisiste compartir con nadie. A pesar de haberlo mantenido en secreto desde siempre, hoy debe salir a la luz y sabrán de mí tus hijos, nietos y los que te quieren. No te alarmes. Tenía que encontrarte. En la ardua tarea de averiguar tu paradero con seguridad y no correr tras una quimera, asumí el riesgo sin involucrar a terceros; fue mi compromiso y mi secreto. Muchas veces te tuve muy cerca, pero solo en una oportunidad casi aparezco ante tus ojos; estabas tan feliz con tus hijos pequeños que no quise empañar esa ternura tan tuya. Solo me deleitó mirarte.
Después de tu reciente viudez no me atreví a enfrentarte, pensando que podía ser rechazado o peor aún, herir tus sentimientos. Después el tiempo pasó demasiado rápido.
Con la esperanza siempre latente, retorné a menudo a la costa al mismo sitio donde nos conocimos, con la esperanza de volver a encontrarte y vivir esa magia en estado puro que compartimos. Los antiguos duendes siguieron ocultos o tal vez el destino no me fue propicio. Tu imagen joven y plena quedó detenida para siempre en mis pupilas, crecías en mis pensamientos, estabas dentro de mi cabeza. Ahora, cuando los años comienzan a pesar, entendí el viejo axioma “un instante una vida” El tiempo transcurrido fortaleció ese sentimiento y sirvió para sostenerme en éstos años, ya ni sé cuántos.
Haberte perdido fue una desdicha y me costó aceptar tu ausencia. Después sí, un hilo de plata me unió a vos para siempre y en sueños recurrentes tu sonrisa iluminaba un camino sinuoso que nos encontraba en el final. Tu irrevocable ausencia física me bastaba y elegí quedar solo, ninguna mujer pudo ocupar ese vacío…
…Morir es un hecho natural y un destino común. La última imagen que llevaré en mis retinas al despedirme de ésta vida, será tu figura cuando juntos corríamos por la arena y la urgencia del deseo nos puso alas y volamos como ángeles, como gaviotas sobre un mar encrespado. En nuestra única noche de amor bajo las estrellas la rompiente marina sonó como música de fondo arrullándonos. Cuando asomó el sol al despedirnos, la lobreguez de esa luz y el sonido perezoso del mar nos lastimó el alma. Ofelia no quiero entristecerte pero cuando recibas ésta carta ya habré partido, no me pesa, será una liberación y puedo aceptarlo ahora.
Me he atrevido nombrarte heredera universal de mis bienes; y será un honor que los aceptes y disfrutes como te plazca y algo de dinero para que viajes donde quieras. Y…¿por qué no? Cuando vuelvas a la playa, a nuestra playa, allí nos encontremos…
No debo dramatizar ni ponerme trágico, pero mi albacea te informará los pasos a seguir. Querida Ofelia, sin despedidas, tuyo para siempre. Martín.
Se miraron conmovidos. Él, cruzado de brazos, un nudo en la garganta le impedía hacer comentarios. Ella, con el papel entre sus manos y sus ojos enrojecidos por el llanto contenido, como si le exigiera respuestas, que continúe hablando, saber más. Pero la carta amarillenta por el paso del tiempo trasuntaba soledad muda, sin respuestas.
Susana la había encontrado entre los objetos atesorados por la madre, quien había preferido ignorar el contenido conservándola cerrada por propia decisión. Con el propósito de tenerla entre sus manos e imaginar las palabras deslizarse amorosas sobre el papel. Fue suficiente para ella. Siguieron buscando entre la pila de cartas atesoradas, prolijamente atadas con una cinta rosa. Releídas tantas veces por Ofelia y salpicadas por alguna lágrima que renacía del pasado intensamente vívido.
En el fondo del arcón entre viejas fotos monocromáticas, había un sugestivo sobre marrón dirigido también a la madre, cerrado y lacrado con el sello intacto. El membrete anunciaba en grandes letras el nombre de una agencia de seguros. La nota en su interior indicaba los requisitos para acceder a la póliza legada a Ofelia Estigarribia por quién en vida fuera Martín Cornejo.
Marcelo viró de la tristeza a la indignación:
— ¿Pero che…la vieja no pensó en nosotros?
Susana, sin contestarle, lo traspasó con la mirada, pero no muy convencida le respondió:
— Debemos respetar la voluntad de mamá.
Como si dejaran algo inconcluso, las dos cartas fueron a parar al rincón de un cajón del escritorio y los hermanos se despidieron.
Para Susana la madre volvía a vivir; se presentaba con fuerza como la persona extraordinaria que había sido, que los había criado y, el esmero dedicado al padre hasta los últimos momentos de su vida. Había amado y fue amada intensamente. Eso lo descubría ahora. Y ese sentimiento profundo inspirado por su madre, la inundaba de una increíble paz. Pero la curiosidad urgía conocer la identidad de ese tal Martín, quién había sido, si tenía familia, saber todo sobre él. El secreto guardado con tanto celo, por esas cosas del destino, pudo vencer el paso del tiempo y ahora volvía vibrando pleno de vida.
Pasado un tiempo se propuso investigar. Primero fue a la escribanía donde había hecho el testamento y después a la aseguradora. En la primera la recibieron con una sonrisa y cuando intentó saber más de Martín Cornejo, un rotundo ¡No! Fue la respuesta.
En la agencia de seguros se dio a conocer, pidió hablar con el gerente. Éste al verla montó en cólera:
—Señora, días pasados vino su hermano y le expliqué lo mismo que voy a repetirle: La póliza no la puede cobrar nadie que no haya sido la beneficiaria directa ¿me escuchó bien? ¡Nadie!
El gerente, sordo a las explicaciones exigidas por Susana, sin mirarla dio un portazo desapareciendo de su vista.
Roja de furia, una lágrima avergonzada resbaló por sus mejillas. Las cartas quemaban en sus manos como una inexcusable culpa. Al llegar a casa, se sentó frente a donde la madre guardaba sus tesoros, como si fuera un santuario. Delicadamente cerró los sobres atándolos con la vieja cinta rosa y los depositó en el fondo del arcón.
Quién fue Martín nuca lo supieron. Así debía ser.
Héctor Scaglione