Buque científico “Capitán Oca Balda”

El buque oceanográfico y de investigación pesquera “Capitán Oca Balda”  tiene su base en en el puerto de Mar del Plata. Fue plasmado en un realismo casi mágico por el artista plástico Mariano Pavicic, amigo y compañero de trabajo en el mismo barco. Juntos y el resto de la tripulación domamos tormentas a lo largo y ancho de nuestro extenso litoral marítimo desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo de Hornos incluyendo las Malvinas, Isla de los Estados y Gerogias del Sur. Convencidos en la lucha por la conservación de las especies y la no contaminación. Soñándo que las generaciones futuras puedan disfrutar de un mundo mejor y más limpio.

 

Héctor Scaglione

 

Canal del Infierno

La isla Martín García,vista en primer plano, enfrenta al territorio de la ROU. El canal del infierno discurre y separa ambos estados.

Se encuentra en la estratégica confluencia del río Uruguay con el Río de la Plata cuyas coordenadas geográficas son: 34° 09′ 29″ S 58° 15′ 10″ O .

INSTANTES

                              

Sube al departamento.

Abre la puerta.

Escribe la carta.

Cierra las ventanas.

Abre el gas y se acuesta a esperar.

El teléfono llama, insiste, contesta.

Salta de la cama.

Baja las escaleras.

Sale a la calle.

Corre al café de la esquina y la lluvia le regala una lágrima que no necesita.

Sale del café.

Deja de llover.

Un rayo de sol irisa las últimas gotas que caen.

Cierra los ojos.

Ensancha una sonrisa.

Sube al departamento.

Abre la puerta.

Enciende la luz…

                                                  Héctor Scaglione

FATAL

Aún le extasiaba recorrer sus curvas con la mirada, y las imágenes de ese cuerpo bien guardadas en su memoria. Fue acercándose para abordarla sin ser descubierto. Fijó sus ojos en la nuca, en el nacimiento del pelo, hasta pudo sentir el perfume que la identificaba. Era ella sin dudas. A pocos pasos achicó distancias hasta casi quedar pegado a sus espaldas. Ella, ensimismada en sus pensamientos ni siquiera hubo de percatarse. Él, deslizó la mano al bolsillo del abrigo y sacó un estilete automático. Lo elevó a la altura de los omóplatos y oprimió el disparador. Un chasquido metálico y el de la ropa al desgarrarse, solo eso. Y ella que se fue cayendo sin un ¡ay! Tan solo un suspiro donde se le iba la vida y ningún gesto que perturbara su belleza. Después del acto se alejó arrojando el elemento punzante a la alcantarilla. Al girar levemente la cabeza para asegurarse la culminación del trabajo y disfrutar de la hermosura de ese rostro por última vez, comprobó que no era ella.

                                                                  Héctor Scaglione

EL APOCALIPSIS DEL ZOILO

Dadas las circunstancias, los habitantes del pueblo se dispusieron a organizar “La fiesta del último día”. Como no habría otra, el intendente dio su autorización y adecuaron el centro de actividades vecinales en la plaza principal. Cada familia aportó los enceres necesarios. Poderosos equipos de música fueron provistos por el club social, más toda una batería de bombas de estruendo y fuegos artificiales que pudieron conseguir. En el menú habría carne al asador, de la mejor y gratis para todos. Los organizadores, atareados y a mil, ni se detuvieron a pensar en un futuro que no habría y del que no se hablaba. Las profecías apocalípticas que anunciaran el fin del cosmos cercenaban las esperanzas. De modo que ‘el hoy’ era un valor absoluto y fuera de toda discusión. Cuando corrió la noticia, el aporte del rumor sumó matices, y siguió en crecimiento induciendo al pánico a los más impresionables, desquiciando voluntades débiles y promoviendo suicidios colectivos.

El Padre Agustín no paraba de sermonear a sus feligreses y a cualquiera que por curiosidad, se detuviese a escucharlo. Clamaba a los cuatro vientos: Pecadores, llega ‘El Juicio Final’ arrepentíos. Daba misas matutinas y vespertinas sin olvidarse de las de gallo, además repartía estampitas y bendiciones a todos, hasta a los pecadores más recalcitrantes. Los poco crédulos lo tomaban en broma. Otros se dedicaban a confortar a quienes creían hasta que parecían resignarse. Total, el fin sería tan rápido que no valdría la pena desesperarse.

Tal era la psicosis que se vivía en el pueblo, que días previos vieron aparecer señales reforzando las palabras del Cura; forasteros recién llegados y con aspecto estrafalario, gallos que cantaban a medianoche, gatos negros que se cruzaban en los caminos, luces malas, roturas de espejos, etc. etc. Realimentaron un temor que se agigantaba con el paso del tiempo, y enrarecía las relaciones entre los buenos vecinos del pueblo que generaban desconfianzas mutuas.

El encargado del despacho de bebidas y un paisano de a caballo, charlaban al respecto:

—¿Vio el cielo don Rosendo?

—Cómo no quiere que lo vea ¡Se nos cái encima don Antenor!

—¡Dicen que se viene la fin del mundo!

—¿Y quién lo dice?

—Además del Padre Agustín, don Zoilo, el que lo sabe todo dice. Le contaron de un adivino…Nostra…no sé cuánto.

—¿…damus?

—Sí, algo así.

—¿Y usté le cree?

—Nooo, mire qué le voy a creer.

—¿Y pa’ cuando será la cosa?

—Según don Zoilo, el último día de 2012.

—¡Qué lo parió falta poco!

Tomándolo a la ligera:

—Bueno, me voy pa’ juntá loj animalej.

—No se moleste don Rosendo, no va a hacer falta.

—¿Y si cai juego ‘el cielo como dijo el padre?

—Ni los animales se van a salvar.

La vieja sabiduría transfundida desde antiguo, no les alcanzaba. En medio de una ignorancia nueva, trataban de entender. Se sentían huérfanos:

—Es lo que dicen, don Rosendo…

En el día previo al anunciado desde temprano aparecieron nubes aborregadas como de tormenta, ni una gota de viento y el aire cargado de estática. Después, en medio de relámpagos nunca vistos, continuos y de gran luminosidad. La gente de muy creyente que era, se persignaba y caía de rodillas donde se encontrara. La tormenta se desató y fue tan poderosa como un huracán, tanto que hasta las vacas salieron volando. Según un paisano que buscaba refugio, sintió como si le pasaran un plumero por la cara, era la cola de una vaca que recién despegaba del suelo y se iba elevando en contra del viento, después la escuchó mugir por encima de los eucaliptos. Al flaco ‘Silbido de Ánima’ lo vieron flamear como bandera agarrado al mástil de la plaza, que de no haberlo tenido cerca se volaba también. A continuación, ante la sorpresa de todos, repentinamente calmó el vendaval. Mal presagio. Esperaban lo peor.

Los organizadores no perdieron tiempo, barrieron los charcos de agua y comenzaron el baile antes de la puesta del sol. La fiesta se animó como en las mejores épocas, pero más. Autoridades del pueblo, pobres y ricos, todos juntos se sentaron a las mismas mesas. El vino que mitigaba miedos quitando inhibiciones, corría generoso. A medida que la ingesta crecía, los gestos torvos de quienes codiciaban los bienes del otro, ahora se sabían sin razones para ocultarlo, y ni pensar en agachar la cabeza ante la autoridad del patrón. Ahora cruzaban miradas desafiantes, eran iguales. El alcohol, la oscuridad y las dudas, fueron la mezcla fatal para inducir a la disipación. Una pulsión de muerte volcó torrentes de adrenalina en ansiosos ríos de sangre. Jóvenes y de mediana edad comenzaron disputándose a las mujeres, con anuencia de algunas de ellas, en la cima de un interés recíproco y envueltos en un libertinaje sin límite, otras eran tomadas por la fuerza. Los viejos miraban con ojos desorbitados, después, recogidos en sus pensamientos murmuraban algún rezo.

Antes de las 12 de la noche, hora del supuesto final, comenzaron con las bombas de estruendo, cañitas voladoras, petardos y todo lo imaginable para hacer ruido, tanto como para alejar los fantasmas de los malos augurios antes que el cielo se caiga en pedazos y sea demasiado tarde.

Entre destellos de petardos y fuegos artificiales, no solo se veía el desplazamiento de personas en la oscuridad, también se podía identificar quién era. Con los ojos inyectados en sangre infundían un terror que se acentuaba al acceder a las propiedades ajenas profiriendo aullidos salvajes.

A altas horas ya estaban todos borrachos, algunos algo tristes pese al desenfreno o en razón de él. Después de la lujuria llegó el cansancio que detuvo el daño provocado por pacíficos paisanos convertidos en vándalos. Entre los canteros de la plaza, sin discriminar sexo ni edad, se acostaron muy próximos unos de otros, cerraron los ojos y se quedaron dormidos a la misma hora y bajo las estrellas… que titilaban en un cielo profundo y límpido.

Cuando el sol en su avance comenzó a calentar como un horno. Fueron saliendo del sopor en medio de la resaca del mal vino. Voces somnolientas, pastosas, ojos chicos por la molestia de tanta luz y un inocultable signo de vergüenza. Estrechaban en torpes abrazos a quienes tenían cerca, con el ‘feliz año nuevo’ de rigor y una disimulada felicidad de seguir vivos. En silencio cada cuál rumbeó para sus casas.

Con el tiempo, los sucesos formaron parte del anecdotario del pueblo, pero antes debieron recomponer el orden, reparar los destrozos. Y con la ayuda del Cura nuevo, intentarían mirar hacia el futuro aunque ya no volvieran a ser los mismos.

Una tarde en el despacho de bebidas, ante un generoso vaso de tinto, los dos amigos comentaban lo que otrora sucediera en el lugar:

 —A la final, jué todo cháchara e’ pueblero.

—¡No! pa’ mi que jué cosa e’ mandinga porque el cura se mandó a mudar.

—¿Se acuerda e’ los muchachos e’ porra?

—Como pa’ olvidarse.

—¿Y de los paisanos d’ ley?

—No se puede creer pero siguen en el pueblo.

—¿Y lo de las mujeres?

—¡No sé! ¿qué les pasó?

—Quedaron gruesas.

—Ta’ bueno, se supone que les habrá gustao.

—Mire usté don Antenor.

—Algunas esperan, otras están pariendo.

—¡Claro, pasaron nueve meses!

—¡Hasta la Etelvina que anda por los cincuenta!

—¿No me diga que también parió?

—¡Sí, como lo escucha!

—¡Pero la Etelvina es monja!

—Sí, lo sé, y el crío que le nació tiene la mesma jeta q’ el Padre Agustín.

—¡Ni que lo diga don Rosendo!

—¡Por ésta se lo juro!

—No jure así que es de mal agüero.

El juramento realimentó la superstición latente y a flor de piel en los habitantes del pueblo. Los dos salieron del boliche como atraídos por lo desconocido, dirigieron las miradas al cielo y justo en ese instante un resplandor penetrante pareció enceguecerlos:

—Como usté lo ha dicho don Rosendo: ‘Jué cosa e’ mandinga’

                                         Héctor Scaglione

LA APARICIÓN

El cruce del Atlántico, demandaba un par de semanas, rutinarias, y al no embarcar pasajeros ruidosos, bastante aburridas. Habíamos zarpado de Buenos Aires con carga y pasajeros de cortesía rumbo al Mar del Norte.

 Durante esa travesía, la primera para mí en ese buque, al salir de la consola de máquinas para verificar mecanismos. Mientras constataba lecturas en los aparato de medición, sentí una presencia a mi lado, pude ver la imagen borrosa reflejada en el cristal del instrumento. Giré sobre mis talones, no había nadie. Jaime, mi ayudante, seguía en el cuarto de control, pude verlo desde la planta.

Al entrar, después de mis menesteres, intenté disimular la impresión. Forzando una sonrisa, le comenté la rara experiencia, él señaló que cada tanto le sucedía algo parecido.

 —Lo que pasa que usted es nuevo y el bávaro lo quiere conocer —dijo muy serio mirándome a los ojos.

—¿Qué dijiste? ¿El bávaro? ¿Quién es ese?

—Dicen que durante la construcción del buque en Alemania, un obrero de Bavaria murió aquí en este lugar y cada tanto se aparece con la mayor naturalidad, lo único que le falta es hablar —dijo convencido.

 Estos relatos eran conectados con otros que se narraban durante las guardias o las largas sobremesas para estirar el tiempo y hacer más llevadera la travesía. No me pareció más que una anécdota más ¡pero!… Traté de digerir la historia que me acababa de contar, sin agregar nada.

Los tripulantes del carguero, en varias oportunidades contaron haber visto deambular a un desconocido. Aparecía generalmente en la sala de máquinas u otro lugar tan dispar y apartado como las bodegas. Era un joven rubio, de pelo cortado tipo cepillo y vestía un overol caqui. Las visiones siempre habían sido fugaces, salvo una vez en que al verlo pasar, dos tripulantes se animaron a seguirlo y cuando lo estaban por alcanzar, se desvaneció en el aire sin dejar huellas.

 —¿Son ciertos los comentarios, sobre la aparición, o algo así, de un espíritu que se corporiza y deambula por el buque.

—pregunté con sorna a los oficiales durante la cena.

—No lo crea jefe. Es un cuento de la marinería para chacotear con los oficiales nuevos —respondió el capitán esquivando la mirada y con una sonrisa mordaz.

 Antes de entrar al camarote a descansar, caminar por los amplios pasillos solitarios y en semi penumbra, me produjeron cierta sensación de desamparo.

Abrí la puerta e inusualmente la cerré con llave, después de revisar hasta detrás de la cortina del baño que no fuera a haber algún ‘bávaro’ que pudiera hacerme compañía. Sin pizca de sueño, permanecí recostado y sin quitarme la ropa. Acaparaban mi atención las figuras fantasmagóricas que se formaban en el techo del camarote por la fosforescencia del mar que se filtraba a través de los ojos de buey se reflejaban como si fuesen proyecciones borrosas. Parecían ninfas hermosas por momentos pero viraban en diabólicas y con los ojos saliéndoles de las órbitas, mostrando sus bocas desdentadas, después venía Neptuno cabalgando olas hasta desaparecer con las ninfas como si las arrease. Volví a tener la extraña sensación de no estar solo y para no calentar la cabeza, me recogí en la lectura hasta que “Morfeo” me abrió sus brazos. Pero el sueño no fue reparador. Flotaba en un sopor del qué intentaba salir sin lograrlo.

Leía “Obras Completas de Boris Pasternak” cuando me quedé dormido con el voluminoso libro apoyado en el pecho. En estado de semi conciencia, podía ver lo que pasaba pero mis ojos apuntaban a los pies sin poder girar la cabeza, estaba paralizado. Allí sobre la cama, muy cerca de mí algo se movía, borroso como la niebla. Hice un esfuerzo sobrehumano para salir de la pesadilla, y al arrojar el libro que salió disparado, chocó contra un mamparo y ahí pude despertar.

 Pensé que lo visto y sentido podría haber sido fruto de mi imaginación, o que Jaime tal vez habría querido gastarme una broma. Ya me la voy a cobrar en algún momento.

La oportunidad la tuve cuando le encargué una tarea en un lugar poco accesible, donde los mecanismos impedían desplazarse con libertad. Cuando luchaba entre las tuberías para no quedar atrapado, desde una distancia prudencial, comencé a arrojarle tuercas que rebotaban cerca de él sin tocarlo. Logrado mi objetivo, en un par de zancadas llegué a la sala de control y quedé a esperar tranquilamente sentado qué sucedería a continuación.

Irrumpió a los pocos minutos, un Jaime desencajado y con palidez cadavérica:

—¿Qué pasó jefe, usted vio algo?

—Nada Jaime, no me moví de acá.

—Me empezó a tirar cosas y después me agarró ¡Usted viera…no me soltaba! —dijo con voz temblona

—¿Quién? —le pregunté con mi mejor cara de ‘yo no sé’.

—Quién va a ser, jefe, el bávaro. Y discúlpeme pero no salgo más de la consola.

No daba para reírme ni siquiera para adentro. Impresionado por su temor, y dadas las circunstancias consideré que hay bromas que nunca se deberían hacer y ésta era una de esas.

Estando amarrados en puerto, con la mayoría de los mecanismos fuera de servicio, tuve que ir al mismo lugar que había mandado a Jaime, con la diferencia que ahora me encontraba totalmente solo.                                                                                                                                                                                                                     Concentrado en igual tarea me pareció ver escurrirse una sombra, pero no, era fruto de mi imaginación, no podía haber nadie en ese lugar, de todos modos el corazón me comenzó a martillar en los oídos y una descarga sustancial de adrenalina hizo que comenzara a sudar copiosamente. El ronroneo de un motor auxiliar y mi respiración eran los únicos acompañantes, después sentí algo deslizándose detrás de mí, por la posición en que estaba no podía girar sobre los talones para ver de qué se trataba.

El ruido y la distancia ahogarían mis llamadas demandando ayuda. Nadie podría escucharme ni ver hasta el otro día, estaba irremisiblemente atrapado.

A pesar del momento, sonreí al evocar a mi padre cuando de niño me enseñara qué, cuando tuviese una pesadilla, por ejemplo, si alguien te perseguía, te dabas vuelta y enfrentándolo le ofrecías la mano a tu acosador. Te amigabas con él y fin del mal sueño.

 Al estar prácticamente inmovilizado, el riesgo de herirme o caer a la planta inferior, era inminente, debía contener el pánico.

Unos pasos repercutían en el piso metálico y se acercaban. Giré despacio la cabeza y pude ver a un muchacho rubio con el cabello cortado a cepillo, vistiendo un overol caqui. Como quien va al matadero le tendí la mano derecha, esperando ser atravesado por un rayo y caer fulminado.

—Hola, que tal —le dije con un tono de voz que intentó demostrar seguridad.

Él con una amplia sonrisa respondió:

—Un gusto jefe, Manuel Bergen. Vengo desde la agencia marítima y acabo de embarcar como segundo de máquinas… ¿Necesita ayuda?

                                                                                 Héctor Scaglione

 

CANAL DEL INFIERNO, una historia

                      CANAL DEL INFIERNO, una historia

Desde antes que la comarca insular fuese incorporada al Virreinato del Río de La Plata, Martín García ya era prisión militar. A partir de entonces los intentos de fuga fueron consigna permanente en la piel de los convictos. En improvisadas embarcaciones hechas con troncos semi podridos, a nado o con la ayuda de caballos salvajes amansados a espaldas de los carceleros. La meta era cruzar a la cercana ‘Banda Oriental’ pero pese a los intentos nadie lo había podido lograr. La aventura siempre acababa en desastre. Eran descubiertos y vueltos a capturar o morían ahogados. La furiosa correntada del Canal Del Infierno, que separa la isla del continente, era el guardián natural que impedía los sueños de libertad de sus forzados huéspedes.

Continuó siendo cárcel hasta después de la independencia. En octubre de 1838, al ser atacada por franceses y gente de Fructuoso Rivera. Su comandante, al frente de once reclusos armados logró expulsar a los invasores. A raíz de ese incidente y a las malas condiciones de vida, plagas y enfermedades que diezmaban a guardias y prisioneros por igual. La falta de médicos y de una alimentación adecuada, aceleraron el cierre del presidio.

En plena dureza de régimen colonial, dos de los condenados habían puesto sus ojos en una yegua salvaje que acostumbraba abrevar a la vista de los prisioneros. Sobresalía por su recia estampa y mayor alzada que los demás equinos. Semejante ejemplar se perfilaba para el soñado escape. Una vez elegida no desperdiciaban oportunidad para acostumbrarla a sus presencias. Se congraciaban dándole pasto tierno en la boca, le hablaban en susurros y ella se dejaba acariciar, pero hasta ahí nomás, si intentaban mayor acercamiento la colorada se elevaba sobre sus patas amenazantes y en estentóreo relincho. El potrillo que amamantaba era parecido a ella, vivaz, altivo y del mismo pelo que el resto de la tropilla silvestre. Hijos de una pareja que Juan Díaz de Solís había implantado en la isla en nombre de la corona de España. Reproducidos naturalmente y en total libertad convivían cercanos a los hombres sin temerlos.

El tiempo urgía, debían apurar el plan de fuga antes de levantar sospechas. Si fallaban, duplicarían la vigilancia en la colonia penal y al ser descubiertos serían confinados en celdas de castigo, estaqueados y a merced de alimañas que se alimentarían de sus cuerpos. Tortura imposible de soportar. Era preferible la muerte.

 Al cabo de las largas jornadas de trabajo forzado, no dejaban de mostrarse delicados en presencia de ella, era la única vía posible a la libertad y no querían oler a miedo. Con infinitos cuidados se acercaban con alguna golosina. La yegua se dejaba mimar y poco a poco fueron ganando su confianza, pero de ahí a quitarle las cosquillas del lomo aún no era tiempo, todavía se encabritaba; hasta que lograron amansarla lo suficiente. Era el momento oportuno. En la oscuridad de la noche elegida escalaron los muros y como dos sombras se dirigieron a la pantanosa ribera este. En el camino recogieron unos restos de maderos de antiguos naufragios y los aguzaron como si fuesen lanzas. Llegado el caso las usarían para pelear por su libertad.

Desde la tarde anterior la habían dejado bien sujeta a la vera de los pantanos en medio de la fronda. Ella olisqueó el aire al detectarlos y al recibir la acostumbrada ración de azúcar, demostró una mansa alegría zapicando el suelo con su casco.

Después de torpes caricias y de hablarles con toda la suavidad que podían, le pasaron por el cogote unos tientos viejos que improvisaban las riendas. Ella los dejó hacer y comenzaron a guiarla, al principio cautelosamente para convencerla de enfrentarse con el río. Cuando lo sintió cerca, reculó en un corcovo y casi sale a la carrera, después pudieron calmarla. Bien sujeta parecía que la suerte no dejaría de acompañarlos. La acomodaron con el hocico apuntando a la Banda Oriental. Las pocas artes que tenían como jinetes las suplieron por el miedo a ser descubiertos. Le taparon los ojos con un trapo y la montó el más sabido. El otro ayudaba a encaminarla esperando su oportunidad y con uno de los maderos recogidos, comenzó a golpearla hasta lograr que se enfrente a lo desconocido. La noche ayudaba. Ausencia de viento. Una luna llena que iluminaba el sendero y los detalles costeros que se perfilaban en sombras fragmentadas por las aguas, ahora negras. Su instinto la mantenía alerta para luchar o escapar…pero ¿a dónde? Si reculaba la apaleaban. Tenía un solo camino y hacia él se dirigió. El río caudaloso salpicaba sonoro y potente entre sus patas amenazando voltearla. Ya no escuchaba nada más que los gritos de sus cancerberos que la castigaban sin piedad.

Finalmente consiguieron hacerla llegar a la parte más profunda y peligrosa. Hundida en la correntada absoluta comenzó a remar manteniendo la cabeza en alto para no ahogarse. El agua en torbellino entraba por belfos y nariz. Avanzaba metro a metro a los resoplidos pero sin dejar de bogar. El frío del agua y el viento que se había levantado, hacía temblar a los fugados, ella no sentía frío. El torrente belicoso sumergía a los fugitivos. Uno, asido de las crines, el otro de la cola. Se sumergían y volvían a aflorar al borde del ahogo. Con las manos agarrotadas por la tensión, las cerdas mojadas cortaban como cuchillas al escurrírseles entre los dedos, no las sentían pero se aferraban como pinzas. El reto nunca llegaba a su fin. En esa penumbra infinita donde los minutos duraban siglos, creyeron alucinar al ver unos árboles que parecían proyectarse muy cercanos, pero nunca los alcanzaban. Después, con los ojos desorbitados por la sorpresa, pudieron verlos, eran tan reales como la suerte. La primera en hacer pie en la playa fue la yegua, recién ahí comprendieron que habían llegado. Se sentían libres y daban alaridos que retumbaban en ese silencio espectral, después dejaron de oírse y desaparecieron. La yegua quedó quieta en la playa, sola y resoplando. El cansancio le estrujaba los músculos para poder trotar, alejarse y evitar nuevos castigos. Pero su condición silvestre repuso energías rápido. Dejó pasar un tiempo prudencial, sacudió la cabeza varias veces para liberarse del trapo que la cegaba. Al sentirse fuera de peligro olfateó el aire. Con su instinto de conservación intacto, sin el lastre de ida, enfrentó el desafío del retorno. Al llegar a la isla otros la esperaban. Para evitar más castigos demostró una mansedumbre que ya no era tal, pero intentó el nuevo cruce de otros dos condenados. Quienes en mitad del Canal del Infierno no soportaron la baja temperatura del agua ni el esfuerzo, soltándose del único ser que podía haberlos salvado. La correntada se llevó los cuerpos a la parte más turbulenta, adentrándolos en el estuario. Ella, libre de carga otra vez en titánica lucha enfrentó el retorno.

Con los primeros albores del nuevo día apareció en la costa pantanosa de donde había salido. Se tambaleaba como si estuviese herida. Un centinela de a caballo que rondaba los alrededores, al verla salir del agua creyó estar confundido, pero no, aparentemente había llegado nadando desde La Banda Oriental, no podía haberlo hecho desde ningún otro lugar.

En tierra firme, sólida en sus cuatro patas, sacudió el agua que chorreaba de sus crines y aspiró con fuerza el aire que inflaba sus pulmones. Había triunfado en la lucha contra el canal y se sintió libre de los hombres que pertenecían a ese otro infierno. El agua del río mezclada con sudor se le escurría del cuerpo en goterones, y despedía un vapor tenue que al envolverla semejaba ser una bestia de fábula. Lanzó un potente relincho que fue contestado por otro pequeño, más joven, y con sus últimas fuerzas galopó a encontrarse con su potrillo.

Al recuento de reclusos descubrieron las fugas, y la yegua, que fuera sorprendida por el resguardo al salir del río, fue considerada cómplice de las evasiones. En juicio sumarísimo se la declaró culpable y fue condenada. Los guardias marcharon a apresarla donde acostumbraba a abrevar. Al sentirse rodeada, enfrentó a sus enemigos para proteger a su cría. El castigo de los desesperados lo tenía grabado en su memoria y la llenaba de furia. A los corcovos casi alcanza con potentes patadas a los guardias que intentaron enlazarla. Después la pudieron reducir. La amarraron en el centro de la plaza de armas y le vendaron los ojos como dictaba el reglamento. Formó el pelotón de fusilamiento frente a ella, a pocos metros. Un furriel leyó el bando condenatorio escrito por él, dictado por el comandante de la prisión. Al escuchar las voces de los hombres la yegua recordó el castigo que aún dolía, pero, impedida de movimiento, pareció resignarse.

—Atttención…apunnnten… ¡FUEEE…go!

La voz del jefe se quebró al dar la orden y los fusileros, al momento de disparar voltearon la cara para no ver. La lúgubre descarga se produjo. El jefe del pelotón, al acercarse a darle el reglamentario tiro de gracia, tembló su mano y la posta de plomo del trabucazo se enterró inofensiva a medio metro de la cabeza. La yegua ya estaba muerta. Un único y certero disparo le había partido el corazón.

Cercanos en el tiempo, al promediar el año 1958 habían acabado de construir la pista de aterrizaje sobre la costa este de Martín García. Cuando unos obreros en su tarea de inspeccionar la fronda costera, descubrieron una lápida cubierta de moho, tal vez por una larga exposición a la intemperie, le quitaron el verdín pegado y apareció el relieve tallado de un equino. Dado por lo tosco y la antigüedad, muy probablemente hecho por los convictos. Convertido en ofrenda lo habían colocado sobre un túmulo de piedras en el lugar elegido para sepulcro, oculto a la vista de los carceleros y no muy profundo porque la cava se anegaba rápido.

Mientras admiraban el hallazgo, desde el río avanzó una niebla rotunda, espesa cubrió parte del horizonte y comenzó a invadir a la isla, en ese instante escucharon un potente relincho y cascos sin herrar que repiqueteaban sólidos sobre la arena mojada.

                                   Héctor Scaglione

Viejo Teutón

                                        Viejo Teutón

Vestía un gabán mustio con el cuello levantado y una gorra descolorida cubría su cabello blanco. La pipa mordisqueada parecía formar parte del rostro anguloso,  gastado, de profundas arrugas. No obstante, la hosquedad del gesto no se condecía con su mirada azul. Con pasos cansinos buscó un lugar a la vera del lago, dando la impresión de ser un solitario, de esa soledad que no busca ni desea compañía, y armó parsimoniosamente su caña de pescar, como si fuera un ritual o una rutina.
Por su edad y actitud esquiva, consideré que podría haber sido uno de los actores que participara en la segunda guerra mundial.
En ese atardecer de octubre del `76, en Hamburgo a orillas del lago Alster, la paz circundante parecía no existir para él, que tal vez habría perdido todo, hasta su  Fhűrer que no pudo cumplir promesas de mil años de felicidad. La muerte del  
personaje y después la derrota de su querida patria, eran estigmas que cargaba sobre sus espaldas y la guerra continuaría para él.
Quise inmortalizar ese perfil curtido, con pasado, y al leer ese rostro grabado a  fuego, tenía la sensación de que lo había visto todo y vivido lo peor. Para lograr el ángulo apropiado y garantizar el éxito, me acerqué a él con disimulo para no desaprovechar la mínima oportunidad. Puse cara de nada para alejarlo de mi atención, y demostré  interés en las pequeñas embarcaciones que navegaban en el espejo de agua. De esta forma logré quedar muy cerca. Si el viejo llegaba a descubrir la cámara adivinaría mis  intenciones y no habría imagen. Cuando consideré el momento ideal giré 180 grados, y apoyando mi cintura sobre la baranda que daba al agua, eché el cuerpo hacia atrás   todo lo que pude hasta casi perder el equilibrio. El viejo me miró como pensando, otro loco que se quiere suicidar. Me pareció más humano y hasta pensé que podría charlar con él, pero siguió en lo suyo sin ganas de entablar conversación y mantuvo su mirada perdida en la boyita esperando el pique. Sin dudar apunté el objetivo y oprimí el  disparador de mi vieja “Pentax” un disonante clic-clac en medio del silencio apacible de ese atardecer sonó como el disparo de un fusil. El viejo dio un respingo, giró su pesado cuerpo en mi dirección y en acto reflejo, condicionado por su probable pasado bélico, enarboló una de sus cañas para golpearme. Gracias a mi juventud, rápidamente, tomé distancia del bambú que zumbaba muy cercano a mi cabeza. Mientras me alejaba, seguí disparando el obturador hasta que el ruido ya no se escuchaba, ni siquiera tuvo importancia. Algún especialista podrá opinar que la obra carece de valor artístico o tal vez documental. Para mí es historia, y ahora tengo la misma edad que tendría el viejo teutón cuando le robé la foto.
Pasaron los años. Al retrato desleído por el tiempo lo exhibía en mi biblioteca, no con orgullo, sí como una especie de trofeo. Era llamativo el gesto de enojo que mostró en el momento de inmortalizar la imagen. Estaba observándolo en detalle frente al lugar donde escribía el relato de la historia. Al llegar al final noté un cambio en la imagen, se veía diferente. De los pocos instantes en que el teutón enfrentó mi cámara para inmortalizarse,  y tal cual lo recordaba, ahora parecía más joven. Con el retrato en mis manos, fijé la vista para memorizar aquel instante, y sentí un escalofrío: el viejo papel con la figura impresa cambiaba el color, del esfumado viejo a un brillante intenso. Se rejuvenecía y mostraba una dinámica de imágenes. Ahora era un joven soldado de la Whermacht luciendo con soberbia su uniforme de oficial, y daba vibrantes voces de mando, que eran acatadas ciegamente por sus subalternos. Inflado de orgullo patrio, se lo veía formando parte del selecto grupo de las juventudes hitlerianas. Parecía sentirse uno de los elegidos y ser número de un ejército de invencibles. Pero la guerra se extendía en el tiempo y los ‘invencibles’ comenzaban a bajar su moral de lucha. El estrés producía estragos en las tropas que combatían en los frentes, y el triunfo apetecido se constituía inalcanzable. Después, como saliendo de una nebulosa apareció con un casco de combate; había dejado de ser el gallardo soldado. Dio un giro completo buscando enemigos. Ante mi sorpresa, me apuntó con su viejo Máuser. Instintivamente me eché hacia atrás, y en el momento que estallaba el disparo, el portarretratos escapó de mis manos y se estrelló contra el suelo. No sentí dolor, tampoco al palparme encontré herida alguna. Al levantarlo, a través de las astillas del vidrio roto se veía al oficial enterrado en la nieve hasta las rodillas ahora era un desesperado que luchaba por sobrevivir, estaba demacrado y parecía una fiera acorralada al ver morir a su gente presa del frío y de los francotiradores rusos. Era el asedio a Moscú, principio del fin de la aventura militar.
¿Estaría perdiendo la razón? Deposité el retrato sobre el escritorio y traté de no mirarlo, fijé mi atención en otras cosas. Obsesionado, antes de salir no pude dejar de dirigirle una mirada con disimulo. Me tranquilizó no encontrar nada extraño. Esa noche soñé raro, como si también hubiese participado de la guerra. La sensación de inseguridad se borró al abrir los ojos y acomodarme a la realidad, todo volvía a estar bien. Dejé pasar unos días mientras me dedicaba a otra historia. Pero fue imposible no podía escribir nada, el síndrome de la página en blanco me deprimía. Pensé darle un corte y volví a mirar el retrato con detenimiento, entonces la foto comenzó a vibrar en mis manos, tenía vida. La guerra parecía haber terminado y el teutón inerme intentó inspirar misericordia. Tenía el pelo rubio prematuramente encanecido, su figura desgarbada y falto de higiene. Movía la boca y hacía señas buscando mi atención para comunicarse. Al acercar el retrato a mis oídos su acento no era de Hamburgo tal vez de Bremen, ambas ciudades formaban parte de la liga hanseática de comercio, junto a los países escandinavos del Mar del Norte. Gente buena y de trabajo esforzado, relacionados con la actividad marítima y comercial.
Recordaba que antes de acabar la guerra, el acoso a los judíos por parte de los alemanes, se había extendido dentro de sus FF.AA. llegando hasta a algunos de los miembros más encumbrados del partido Nazi para descubrir nidos de traidores. Rastreaban las genealogías hasta la tercera o cuarta generación. Eran los últimos estertores del régimen y cautivos de una delirante manía persecutoria apartaban a los ‘contaminados’ los enviaban a campos de concentración o directamente los eliminaban ante la imposibilidad física de mantenerlos.
Con mi rudimentario alemán mechado con inglés básico, pudimos entendernos.
-¡Usted me robó la foto por eso le disparé! -dijo cortante, casi a los gritos.
-Nunca creí que pudiera interesarle tanto, además fue una travesura de muchacho.
-¡Usted tuvo miedo y escapó cuando lo iba a atacar!
Me hablaba irritado y con los puños crispados.
-Si escapé es porque no quise golpearlo, yo era más joven y usted podía tener razón -le contesté.
Sentí un rechazo visceral hacia el personaje y lo que de él emanaba, su voz cortante sonaba cascada, de ultratumba. A mi pesar siguió el extraño dialogo. La curiosidad me empujaba a mantener la conversación y ver hasta dónde podíamos llegar.
-¡Tomó la foto sin mi consentimiento!…Y si pudo escapar es porque se lo permití
-insistió con rencor.
Parecía querer traspasar el tiempo, con sus manos se tomó fuerte del marco roto e hizo un esfuerzo titánico por saltar donde yo estaba. Pude respirar tranquilo, la imposibilidad física logró disuadirlo y continuó:
-Voy a comunicarle un secreto de Estado y no olvide que, por haberme robado la imagen, usted me debe un servicio.
Me dio una orden tajante de neto corte militar:
-¡Usted será mi vocero!
El asombro que me causaba no impedía que siguiera escuchando, y le dije, por decirle algo:
-Ustedes perdieron la guerra y todavía son un país ocupado por los aliados.
-La guerra nunca terminó, quedó inconclusa.
-No sea delirante, por favor -el diálogo de locos me impacientaba
A continuación, clara y pausadamente me dijo:
-Usted deberá correr la voz, que todo el mundo se entere.
Parecía taladrarme con los ojos y, con un grito destemplado:
-¡El Fhűrer no ha muerrrto!
Semejante confesión me dejó sin habla. Con un ademán de rechazo alejé la foto. Ahora el teutón gesticulaba impotente. Su extrema delgadez le acentuaba una mirada patética que parecía emanar desde cuencas vacías, irreales y fantasmagóricas. Las palabras ya no me llegaban, ni quería escucharlas.
Su figura se recortaba contra un cielo ennegrecido por los incendios. Las aguas sucias del lago y la ciudad tapada de escombros a sus espaldas, acentuaban su patetismo.
Tratando de encontrar la forma de romper esa especie de hechizo, deposité la foto en la parte más alta donde están los libros que no leo ni consulto. Pensaba deshacerme de ella más tarde, quemarla fuera de casa y arrojar sus cenizas lejos, no sé, desaparecerla en el olvido. Me sobresaltó ver pasar una sombra por la puerta del living, y quedé erizado a la espera de lo que fuera a suceder. Respiré aliviado al ver a mi hijo mayor que recién llegaba de la calle. Al notarme raro, como atacado por extraña enfermedad, me preguntó:
-¿Te sentís bien? ¡Estás transpirando!
-Perfecto, estoy bien ¿por…?
Él, mirándome inquisitivo, no respondió.
-Estuve caminando, recién llego -le mentí.
-¿Le notas algo extraño a la foto del alemán? -me animé a preguntarle.
-No, lo de siempre, el viejo amargado que te amenaza con una caña de pescar ¿Hay algo que yo no veo, además del vidrio roto?
Sin contestarle tomé de nuevo el retrato entre mis manos, vi que estaba igual que siempre. Le quité el armazón inútil y lo devolví a la pila de fotos viejas. Pero la curiosidad no me iba a abandonar con tanta facilidad y, estaba plenamente convencido de que no la iba a destruir.
Nuevamente solo me dejé llevar a lo desconocido por la fascinación que parecía poseerme. El contacto visual producía un efecto invocador en la foto, y el teutón comenzaba a moverse urgido por continuar hablando. La imagen emanaba una fuerza irresistible e intentaba poseer mi voluntad, fundirse en mi cuerpo para vivir en la dimensión real. Temí convertirme en su esclavo y no poder escapar. A pesar de intentarlo no lograba encontrar la forma de romper el hechizo. Aproveché que estaba desarmado y no podría dispararme, lo vi permeable, tal vez accesible. Con sarcasmo fingiendo el mayor de los cinismos y para romper el juego, sorprenderlo, le hice una pregunta a ‘boca de jarro’:
-¿Usted es judío?
Sin contestar se descubrió el brazo derecho para mostrarme su identificación tatuada en un número de cinco cifras. Pareció aliviarse quedó en paz conmigo yo con él. La imagen se desdibujó. Tornó a aparecer el viejo congelado en el tiempo. No volvió a manifestarse.

 Mención de Honor “Juninpais 2008″

                                                             Héctor Scaglione

Desangelado

Desangelado

Merodeaba en los alrededores de la plaza. Todos lo conocían pero nadie sabía su nombre, si tenía familia o desde dónde había llegado. Era uno de esos personajes oscuros y de edad indefinida que suelen vivir en la intemperie, cerca de donde puedan conseguir un poco de piedad y algún mendrugo de comida. De lo primero, poco, nada a decir verdad. De lo segundo, algo de quienes despertara la caridad o escarbando en los contenedores de desperdicios, pero el hambre continuaba retorciéndole las tripas.

A veces parecía llegar a las capas profundas de su conciencia y entonces, alguna evocación lo retornaba al mundo brumoso que lo envolvía, jugándole bromas pesadas y tenía miedo, un miedo que brotaba desde el laberinto de los recuerdos olvidados o de estar sepulto en vida, entonces emanaba un hedor de espanto.

En lucha con sus fantasmas siempre perdía y se burlaban de él. Los chicos, cuando lo encontraban durmiendo en algún cantero de la plaza, le tiraban piedras, le ataban petardos a los andrajosos pantalones o se los metían en los bolsillos. Él corría para escapar, pero las risas lo seguían junto al ruido infernal que explotaba en los oídos y le quemaba la piel. Entonces, escondido detrás de las plantas se quedaba muy quieto esperando a que se fueran. Pero el corazón era un animal que se le escapaba por la garganta haciéndolo bramar de dolor.

  Había un amor secreto, diferente, solo de él y que nadie se lo podría quitar. La otra, la que lo dejó, a veces llega por las noches para hablarle al oído y él huele el perfume de su aliento mientras suspira abrazado a ella. Cuando tirita de frío, sus caricias lo hacen entrar en calor, y entre los pliegos neblinosos de la mente, ella vuelve a ser real y puede soñar, sueñan juntos, pero en seguida se le escapa, hace piruetas extrañas para recuperarla, se eleva, salta para intentar atraparla, cae y vuelve a saltar pero cuando casi la alcanza, se le escurre entre los dedos, se evapora en el aire, entonces llora mal, sin lágrimas, a los gritos.

  Después de repetir escenas que por lo grotescas alteraban el orden público, los hombres sensatos mandaron a aprehenderlo. Tenía las manos heridas. La ropas hecha jirones y manchadas  con sangre. Al verlos llegar se abrazó fuertemente a su amada, tanto que a los guardianes vestidos de blanco les costaba trabajo arrancarlo. Cuando lo lograron, de su garganta rota brotó un alarido espantoso que pudo ser escuchado en los alrededores de la plaza. Finalmente se lo llevaron abrazado a un chaleco de fuerza con los pies a la rastra mientras lanzaba patadas al aire clamando por su amor. 

  Ella con los senos desnudos, el pubis y gran parte de la piel salpicados por  gotas  púrpura, pareció conmoverse. De sus párpados entrecerrados asomó una línea de luz e hizo un leve movimiento en su dirección… pero no, el rostro permanecía inescrutable y no se movió del lugar en que estaba. Él, cuando giró la cabeza para despedirse, por las mejillas de su amada corrió el rocío de la noche como si fuesen lágrimas, eran lágrimas.

   El tiempo pasó demasiado rápido, él se fue desvaneciendo en el olvido, pero ella, desde su proverbial pasividad pareciera seguir esperando por ese amor extraviado. Continúa en el mismo sitio donde se encuentra tal cuál estuvo siempre, exhibiendo una torneada y perenne figura de piedra.  

                                          Héctor Scaglione

Primer premio certamen cuento CJOMN 2010

                                        

Una Carta

UNA CARTA

Susana tomó la esquela aún cerrada y la agitó como si empuñara un arma. Marcelo la miraba asombrado.
— ¡Descubrí ésta carta! ¡Está dirigida a mamá! De un tal Martín no sé cuanto. Esperé que estuvieras presente para averiguarlo juntos.
— ¿Quién lo conoce a este tipo? ¡Mirá la vieja! ¿A vos te parece recibir cartas de extraños? — dijo el hermano muerto de risa.
— Bueno vamos a abrirla de una vez así nos enteramos — le contestó Susana.
Observaron el tipo de papel, el trazo de la letra y un perfume desvaído que parecía emanar viejos recuerdos. Carta breve, letra prolija y rasgo vigoroso. Tomando la posta sin esperar el consentimiento de Marcelo que ya se había apoltronado en un sillón. Comenzó a leer en voz alta, a medida que desarrollaba la lectura los sorprendió el estilo intimista y de lacónico final:
 
Querida Ofelia:
Para vos quizás haya sido un recuerdo lejano y hermoso que no quisiste compartir con nadie. A pesar de haberlo mantenido en secreto desde siempre, hoy debe salir a la luz y sabrán de mí tus hijos, nietos y los que te quieren. No te alarmes. Tenía que encontrarte. En la ardua tarea de averiguar tu paradero con seguridad y no correr tras una quimera, asumí el riesgo sin involucrar a terceros; fue mi compromiso y mi secreto. Muchas veces te tuve muy cerca, pero solo en una oportunidad casi aparezco ante tus ojos; estabas tan feliz con tus hijos pequeños que no quise empañar esa ternura tan tuya. Solo me deleitó mirarte.
Después de tu reciente viudez no me atreví a enfrentarte, pensando que podía ser rechazado o peor aún, herir tus sentimientos. Después el tiempo pasó demasiado rápido.
Con la esperanza siempre latente, retorné a menudo a la costa al mismo sitio donde nos conocimos, con la esperanza de volver a encontrarte y vivir esa magia en estado puro que compartimos. Los antiguos duendes siguieron ocultos o tal vez el destino no me fue propicio. Tu imagen joven y plena quedó detenida para siempre en mis pupilas, crecías en mis pensamientos, estabas dentro de mi cabeza. Ahora, cuando los años comienzan a pesar, entendí el viejo axioma “un instante una vida” El tiempo transcurrido fortaleció ese sentimiento y sirvió para sostenerme en éstos años, ya ni sé cuántos.
Haberte perdido fue una desdicha y me costó aceptar tu ausencia. Después sí, un hilo de plata me unió a vos para siempre y en sueños recurrentes tu sonrisa iluminaba un camino sinuoso que nos encontraba en el final. Tu irrevocable ausencia física me bastaba y elegí quedar solo, ninguna mujer pudo ocupar ese vacío…
…Morir es un hecho natural y un destino común. La última imagen que llevaré en mis retinas al despedirme de ésta vida, será tu figura cuando juntos corríamos por la arena y la urgencia del deseo nos puso alas y volamos como ángeles, como gaviotas sobre un mar encrespado. En nuestra única noche de amor bajo las estrellas, la rompiente marina sonó como música de fondo arrullándonos. Cuando asomó el sol al despedirnos, la lobreguez de esa luz y el sonido perezoso del mar nos lastimó el alma. Ofelia no quiero entristecerte pero cuando recibas ésta carta ya habré partido, no me pesa, será una liberación y puedo aceptarlo ahora.
Me he atrevido nombrarte heredera universal de mis bienes; y será un honor que los aceptes y disfrutes como te plazca y algo de dinero para que viajes donde quieras. Y…¿por qué no? Cuando vuelvas a la playa, a nuestra playa, allí nos encontremos…
No debo dramatizar ni ponerme trágico, pero mi albacea te informará los pasos a seguir. Querida Ofelia, sin despedidas, tuyo para siempre. Martín.
Se miraron conmovidos. Él, cruzado de brazos, un nudo en la garganta le impedía hacer comentarios. Ella, con el papel entre sus manos y sus ojos enrojecidos por el llanto contenido, como si le exigiera respuestas, que continúe hablando, saber más. Pero la carta amarillenta por el paso del tiempo trasuntaba soledad muda, sin respuestas.
Susana la había encontrado entre los objetos atesorados por la madre, quien prefirió ignorar el contenido conservándola cerrada por propia decisión. Con el propósito de tenerla entre sus manos e imaginar las palabras deslizarse amorosas sobre el papel. Fue suficiente para ella. Siguieron buscando entre la pila de cartas atesoradas, prolijamente atadas con una cinta rosa. Releídas tantas veces por Ofelia y salpicadas por alguna lágrima que renacía del pasado intensamente vívido.
En el fondo del arcón entre viejas fotos monocromáticas, había un sugestivo sobre marrón dirigido también a la madre, cerrado y lacrado con el sello intacto. El membrete anunciaba en grandes letras el nombre de una agencia de seguros. La nota en su interior indicaba los requisitos para acceder a la póliza legada a Ofelia Estigarribia por quién en vida fuera Martín Cornejo.
Marcelo viró de la tristeza a la indignación:
— ¿Pero che…la vieja no pensó en nosotros?
Susana, sin contestarle, lo traspasó con la mirada, pero no muy convencida le respondió:
— Debemos respetar la voluntad de mamá.
Como si dejaran algo inconcluso, las dos cartas fueron a parar al rincón de un cajón del escritorio y los hermanos se despidieron.
Para Susana la madre volvía a vivir; se presentaba con fuerza como la persona extraordinaria que había sido, que los había criado y, el esmero dedicado al padre hasta los últimos momentos de su vida. Había amado y fue amada intensamente. Eso lo descubría ahora. Y ese sentimiento profundo inspirado por su madre, la inundaba de una increíble paz. Pero la curiosidad urgía conocer la identidad de ese tal Martín, quién había sido, si tenía familia, saber todo sobre él. El secreto guardado con tanto celo, por esas cosas del destino, pudo vencer el paso del tiempo y ahora volvía vibrando pleno de vida.
Pasado un tiempo se propuso investigar. Primero fue a la escribanía donde había hecho el testamento y después a la aseguradora. En la primera la recibieron con una sonrisa y cuando intentó saber más de Martín Cornejo, un rotundo ¡No! Fue la respuesta.
En la agencia de seguros se dio a conocer, pidió hablar con el gerente. Éste al verla montó en cólera:
—Señora, días pasados vino su hermano y le expliqué lo mismo que voy a repetirle: La póliza no la puede cobrar nadie que no haya sido la beneficiaria directa ¿me escuchó bien? ¡Nadie!
El gerente, sordo a las explicaciones exigidas por Susana, sin mirarla dio un portazo desapareciendo de su vista.
Roja de furia, una lágrima avergonzada resbaló por sus mejillas. Las cartas quemaban en sus manos como una inexcusable culpa. Al llegar a casa, se sentó frente a donde la madre guardaba sus tesoros, como si fuera un santuario. Delicadamente cerró los sobres atándolos con la vieja cinta rosa y los depositó en el fondo del arcón.
Quién fue Martín nuca lo supieron. Así debía ser.
                                                                                                                      Héctor Scaglione