Había zarpado del puerto de Mar del Plata un 12 de abril de 1990, en el pesquero
de altura “Joluma”, rumbo al encuentro de los cardúmenes de merluza situados a diez horas
de navegación. A esta distancia por las noches, se percibía el resplandor de las luces de
la ciudad y a los tripulantes nos quedaba la sensación de cercanía de nuestros seres
queridos, nuestro hogar.
El informe meteorológico a los navegantes, daba aviso de temporal, pero mientras las autoridades no tomaran la medida precautoria de cerrar el puerto, los buques de altura continuaban haciéndose a la mar.
Al iniciar la jornada de trabajo a la mañana siguiente, el barómetro había bajado líneas en forma pronunciada; una calma chicha absoluta y otras señales del fenómeno climático que se avecinaba. El horizonte no podía distinguirse, el cielo confundido con el mar igualaban sus tonalidades. El océano semejaba un espejo y Los barcos que alcanzaban a observarse en la zona, parecían suspendidos, flotando en el espacio en impresionante ilusión óptica. El cielo fulguraba en relámpagos y el olor a ozono descendía nítido desde la alta atmósfera, presagiando la dureza climática que se cernía.
El capitán pegado a la radio escuchando los partes meteorológicos, emitidos por “Costera Mar del Plata” en forma continua. Ya habían cerrado el puerto cuando los vientos huracanados comenzaron.
De común acuerdo los capitanes decidieron suspender las tareas de pesca, sacar del agua las artes de pesca y estibarlas. Preparando a los buques “a son de mar” amarrar objetos sueltos y clausurar herméticamente todas las aberturas al exterior, portas y escotillas. Los buques comenzaron a tomar distancia rápidamente para evitar el peligro de colisionar entre sí y ponerse a la capa.
Todos pensábamos que sería una tormenta pasajera con vientos locales de corta duración, estábamos en pleno mes de abril y no se daban fenómenos de esta naturaleza. Razón por la cuál, dos de las embarcaciones de menor porte; el “Angelito” y el “Amapola” que estaban en la zona no dieron demasiada importancia al fenómeno en ciernes, y sus capitanes optaron por quedarse y resistir, para no perder la cercanía de los cardúmenes cuando se aplaque la tormenta.
El comienzo de los vientos fue repentino desplegando fuerza rápidamente. En un par de horas generaron olas de más de diez metros de altura, que al romper, sobrepasaban las superestructuras de los buques golpeándolos con violencia.
Los tripulantes libres de guardia se refugiaban en sus camarotes acomodándose trabajosamente en las literas para no salir despedidos, otros (los menos) prefirieron quedarse en el puente de mando para ver el comportamiento del mar y sentirse acompañados.
Ya nadie pensaba que la tormenta fuera a ser de corta duración, y con el correr de las horas empeoraba hasta un punto en que el piloto automático no podía mantener el rumbo y hubo que gobernar manualmente, el capitán decidió para tal fin, organizar guardias de timonel entre la marinería.
Anochecía rápidamente y el panorama se mostraba lúgubre, la oscuridad soplante era boca de lobo, que amedrentaba al marino más veterano. Las montañas líquidas amenazaban con sepultar la nave y las olas rompían en un tumulto de espuma sobre la cubierta y los costados del buque, provocando un ruido atronador. Las toneladas de agua embarcadas barrían la cubierta y escapaban por las bocas de tormenta, sabiamente instaladas. En cada arremetida de mar, el buque tremaba y quedaba sumergido, pero afloraba triunfalmente, demostrando sus cualidades marineras.
Con cada bandazo rogábamos que los parabrisas del puente siguieran intactos, y no se produjesen daños en algún punto vital que pudiera comprometer aún más nuestra relativa seguridad.
El tiempo pasaba y las olas eran cada vez mayores, ya de quince metros. En estas circunstancias los marineros que empuñaban la rueda de timón comenzaron a bajar los brazos y declararse incapaces de continuar (muchos de ellos, faltos de índole marinera tal vez por deformación del oficio de pescador) no era el momento para cuestionar esta falencia y en una reunión de oficiales, el capitán, jefe de máquinas y el primer oficial decidimos timonear por turnos de dos horas para poder mantenernos a la capa. Estábamos completamente solos en nuestros turnos, aferrados a la rueda de cabillas, con la vista clavada en el girocompás y la pantalla del radar; ésta última totalmente inútil, los falsos ecos que producía hacía imposible detectar obstáculos o a otro buque, teníamos solo la posición geográfica que nos brindaba el GPS.
Las comunicaciones con otras embarcaciones, las hacíamos por VHF, sin soltar la rueda de timón y con el micrófono a la altura de la mano. Dar unos pasos en esas condiciones equivalía a hacer una caminata lunar o terminar estampado contra un mamparo, perder el sentido y dejar el buque sin gobierno.
El huracán generaba olas de más de veinte metros y el viento superaba los 200 kms. por hora. Resonaban en los cables de la arboladura, mástiles y antenas de radio. Era un lamento enervante que taladraba los oídos y el chiflete helado se filtraba por todos los resquicios de la estructura, haciéndonos tiritar de frío.
El barco trepaba las gigantescas olas como si escalara montañas, una vez en la cúspide, quedaba suspendido. De pronto volaba, la proa y la popa asomaban al vacío. La hélice giraba enloquecida fuera del agua. Luego, en vertiginoso descenso por el tobogán fantástico orlado de espuma, se deslizaba hasta el fondo del seno donde impactaba en tremendo choque contra la masa líquida, el estruendo hacía retemblar el casco, que descomponía el agua del mar en millares de gotas que se desparramaban por efecto del viento y golpeaban el frente del puente como perdigones disparados por un arma descomunal. El ciclo se repetía sin solución de continuidad. Mareo y vértigo eran nuestros amos y señores, pero tercamente nos aferrábamos a la rueda de cabillas, sabiendo que de esa acción dependía la vida de todos, no queríamos pensar que cada golpe de mar podía ser el último y sobrevendría el desastre.
La vista panorámica desde el puente, mostraba un cuadro dantesco; crestas fosforescentes que desprendían espuma de sus penachos por el soplido infernal, y las incorporaba a la atmósfera saturada de agua en suspensión que dificultaba la poca visión que teníamos.
A nuestro pesar, era un paisaje de rara belleza con efecto narcótico que serenaba los espíritus y nos convertía en espectadores privilegiados de primera fila, más aún cuando percibíamos que la embarcación se comportaba en forma más deseada que previsible.
En el interior del buque, se sentían los efectos del vendaval. Rolidos y cabeceos hacían volar objetos mal amarrados que se convertían en armas peligrosas y podían provocar cortaduras o golpes violentos. Los oficiales con nuestra formación en primeros auxilios, debíamos suturar o entablillar. Después de bastante experiencia acumulada, no nos salía tan mal y los pacientes agradecidos.
La solidaridad brotaba siempre entre los hombres de mar como una necesidad intangible, la mano amiga del compañero extendida para curar o consolar.
En nuestro buque, también nuestro universo, solos de toda soledad, como una hoja al viento, donde la tecnología puesta al servicio del hombre como herramienta, servía de muy poco, sometida a la prueba límite y los que teníamos la responsabilidad de mantener la nave a flote, debíamos jugarla como una partida de ajedrez, estar muy serenos y no cometer errores.
Las tripulaciones de los demás buques estaban en idénticas condiciones, con los efectos del “mal de mar” y la sensación de tragedia que se cernía sobre todos.
Yo, como tantos, estaba decidido a pelear hasta el último esfuerzo, era la premisa. Nuestras familias en tierra también luchaban, pero con oraciones, para vernos regresar sanos y salvos.
En lo peor de la tormenta la radio salió de su letargo con los primeros pedidos de auxilio. Eran ocho los buques con problemas en máquinas, que al embarcar agua por las chimeneas, hacían detener los motores y su estabilidad se comprometía al no poder mantener el rumbo y quedar atravesados peligrosamente a merced de las olas, la situación de estas embarcaciones se tornaba delicada.
Ningún buque estaba en condiciones de prestar ayuda a otro. Todos en pugna, no teníamos otra disponibilidad.
El “Amapola” embarcaba agua en forma peligrosa y su capitán comenzó emitir pedidos de auxilio. Estaba sin máquinas ni energía eléctrica… Se hundía.
El capitán del “Angelito” (del mismo porte) decidió adoptar una actitud heroica; -ayudar al hermano en desgracia- y optó por intentar tomarlo a remolque, maniobra que implicaba enormes riesgos.
Al aproximarse las dos naves, quedaban una en la cúspide y la otra el seno de la ola. Subían o bajaban en movimientos constantes e imprevisibles, fuera de control, hasta que las dos naves se tocaron accidentalmente, provocando un rumbo en la obra viva del “Amapola” su situación empeoraba.
Después de varios peligrosos intentos, alcanzaron a pasarle el cable de acero para remolcarlos, logro de una verdadera hazaña. Todos seguimos los detalles de estas maniobras a través de las radios, alentándolos para que la suerte los ayude y pudieran lograr lo imposible.
A los pocos minutos los del “Amapola” no pudieron controlar la inundación y comenzó a hundirse. El cable de acero del remolque se tensaba sobre las cornamusas a las que estaba amarrado, apretándose cada vez más por efecto de la tensión extrema.
Del “Angelito” trataron de cortarlo con los elementos que tenían, pero no les alcanzó el tiempo. El gran peso del buque siniestrado, en camino al fondo marino, unido firmemente al que le había tendido la mano amiga… se hundía también entre las olas tumultuosas.
Después de una eternidad, la gran tensión y el grito desgarrador del último instante; siguió un prolongado silencio. Las radios enmudecieron, nadie osaba hablar ni podía salir del estupor. Mutismo general, elevado y ofrecido como Responso a los que partieron rumbo a las profundidades envueltos en las olas, y el soplar del viento como música de fondo a manera de saludo respetuoso, ya no estaban. Su partida dejaba un vacío indescriptible.
Conocíamos a los tripulantes. Eran todos hijos de familias marplatenses que vivían en el puerto, muchos amigos, la mayoría padres de familia o novios a punto de casarse, procedían de la banquina chica, hombres de chacotear con todo el mundo, de hablar a los gritos, de hacer bromas, de risa fácil.
A los que continuábamos en la lucha por mantenernos a flote, aunque secos y a resguardo, un sentimiento de culpa nos atenaceaba el pecho. Seguíamos vivos y con la impotencia de no haber podido ayudarlos; solo manteníamos la esperanza que el temporal bajara su fuerza y que pudieran haber alcanzado a abordar las balsas salvavidas. Los que no, seguro habrían tenido una muerte rápida y misericordiosa.
El viento furioso, siguió bramando como si el Hacedor quisiera demostrarnos quién mandaba y que él podía hacer su voluntad con todas las criaturas. Nos dejaba un gusto amargo y la pregunta sin respuesta: ¿Dios es omnipotente, justo o compasivo?
Al término de mi turno de guardia antes de retirarme a descansar, quise hacer un repaso del buque para inspeccionar los compartimientos. Comenzando por el extremo de popa. Al llegar a la zona del cuarto de maquinaria del timón; me costaba trabajo abrir la porta estanca, presagio que me encontraría con una sorpresa desagradable. Al lograrlo, lo confirmó la catarata de agua que estalló con fuerza sobre mí e hizo que cayera y fuera rebotando contra los mamparos del pasillo. Me incorporé como pude, sobreponiéndome de golpes y cortaduras, mientras el agua helada se escurría entre mis ropas y tomándome de lo que tenía a mano para restaurar el equilibrio, acudí a buscar ayuda entre la marinería.
-¡Muchachos, tenemos un compartimiento inundado! levántense a ayudar…Por favor…
Nada ni siquiera se movieron. Victimas de desazón y del mal de mar, muchos con los ojos enrojecidos por el llanto contenido a duras penas. Estaban en un sopor, shockeados por la reciente desgracia, tumbados y vestidos en sus literas, alguno con el chaleco salvavidas colocado, parecía no importarles que el buque siguiera a flote o no.
-¡Levántense carajo, maricones de mierda! -me enfurecí para movilizarlos y darme ánimos.
Los hombres curtidos por las penosas tareas de la intemperie, se fueron levantando para incorporarse a un pasamanos de baldes y poder achicar el compartimiento inundado. Lo que al principio comenzó con un poco de vergüenza y miradas torvas, de soslayo, culminó con un abrazo solidario. A más de uno se nos escapó una lágrima silenciosa, sin pudor o en la soledad de los camarotes.
Amaneció y la tormenta comenzó lentamente a ceder. Quedaba la resaca y el mar de fondo que se fue serenando cerca del mediodía. Dejábamos atrás la noche más larga y triste de mi vida.
Todas las embarcaciones nos abocamos a las tareas de búsqueda de náufragos, sumándose buques patrulleros y aviones de La Armada y Prefectura. Al paso de las horas se perdieron las esperanzas de encontrar sobrevivientes. Solo aparecieron las balsas, unas bien armadas y sin ocupantes, otras, no alcanzaron a inflarse, algunos chalecos salvavidas y otros despojos, pero ningún cuerpo.
Otra vez el puerto de Mar del Plata amaneció de luto, y siguió por muchos días. Los familiares de los náufragos se resistían a aceptar el fin de la búsqueda y deambulaban lastimosamente por los muelles en busca de alguna esperanza, que alguien les diera una explicación y ellos poder entenderla. Solo obtuvieron miradas de conmiseración y un nudo en la garganta como muda respuesta.
Están ahí, el desmesurado Atlántico los cobija, a pocas horas de navegación de Mar del Plata. Quedaron para siempre en el inmenso sepulcro marino -¿Solos?-…¡No!…Acompañados por el ulular del viento y el recuerdo respetuoso de los que los conocimos… En el corazón de sus familias y en la memoria colectiva de nuestra querida ciudad.
Héctor Edgardo Scaglione