Posteado por: Scaglione Héctor Edgardo | Septiembre 23, 2008

 
Capitán Oca Balda
Capitán Oca Balda

El buque oceanográfico y de investigación pesquera “Capitán Oca Balda”  tiene su base en en el puerto de Mar del Plata. Fue plasmado en un realismo casi mágico por el artista plástico Mariano Pavicic, amigo y compañero de trabajo en el mismo barco. Juntos y el resto de la tripulación domamos tormentas a lo largo y ancho de nuestro extenso litoral marítimo desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo de Hornos incluyendo las Malvinas, Isla de los Estados y Gerogias del Sur. Convencidos en la lucha por la conservación de las especies y la no contaminación. Soñándo que las generaciones futuras puedan disfrutar de un mundo mejor y más limpio.                                                                                                         

Héctor Scaglione

Posteado por: Scaglione Héctor Edgardo | Octubre 25, 2009

UNA CARTA

Susana tomó la esquela aún cerrada y la agitó como si empuñara un arma. Marcelo la miraba asombrado.

— ¡Descubrí ésta carta! ¡Está dirigida a mamá! De un tal Martín no sé cuanto. Esperé que estuvieras presente para averiguarlo juntos.

— ¿Quién lo conoce  a este tipo?  ¡Mirá la vieja! ¿A vos te parece  recibir cartas de extraños?    — dijo el hermano muerto de risa.

— Bueno vamos a abrirla de una vez así nos enteramos  — le contestó Susana. 

Observaron el tipo de papel, el trazo de la letra y un perfume desvaído que parecía emanar viejos recuerdos.                                                                                   Carta breve, letra prolija y rasgo vigoroso. Tomando la posta sin esperar el consentimiento de Marcelo que ya se había apoltronado en un sillón. Comenzó a leer en voz alta, a medida que desarrollaba la lectura los sorprendió el estilo intimista y de lacónico final:                           

Querida Ofelia:

Para vos quizás haya sido un recuerdo lejano y hermoso que no quisiste compartir con nadie. A pesar de haberlo mantenido en secreto desde siempre, hoy debe salir a la luz y sabrán de mí tus hijos, nietos y los que te quieren. No te alarmes. Tenía que encontrarte. En la ardua tarea de averiguar tu paradero con seguridad y no correr tras una quimera, asumí el riesgo sin involucrar a terceros; fue mi compromiso y mi secreto.  Muchas veces te tuve muy cerca, pero solo en una oportunidad casi aparezco ante tus ojos; estabas tan feliz con tus hijos pequeños que no quise empañar esa ternura tan tuya. Solo me deleitó mirarte.

Después de tu reciente viudez no me atreví a enfrentarte, pensando que podía ser rechazado o peor aún, herir tus sentimientos. Después el tiempo pasó demasiado rápido.

Con la esperanza siempre latente, retorné a menudo a la costa al mismo sitio donde nos conocimos, con la esperanza de volver a encontrarte y vivir esa magia en estado puro que compartimos. Los antiguos duendes siguieron ocultos o tal vez el destino no me fue propicio. Tu imagen joven y plena quedó detenida para siempre en mis pupilas, crecías en mis pensamientos, estabas dentro de mi cabeza. Ahora, cuando los años comienzan a pesar, entendí el viejo axioma “un instante una vida” El tiempo transcurrido fortaleció ese sentimiento y sirvió para sostenerme en éstos años, ya ni sé cuántos.                                                                               

Haberte perdido fue una desdicha y me costó aceptar tu ausencia. Después sí,  un hilo de plata me unió a vos para siempre y en sueños recurrentes tu sonrisa iluminaba un camino sinuoso que nos encontraba en el  final. Tu irrevocable ausencia física me bastaba y elegí quedar solo, ninguna mujer pudo ocupar ese vacío…

…Morir es un hecho natural y un destino común. La última imagen que llevaré en mis retinas al despedirme de ésta vida, será tu figura cuando juntos corríamos por  la arena y la urgencia del deseo nos puso alas y volamos como ángeles, como gaviotas sobre un mar encrespado. En nuestra única noche de amor bajo las estrellas la rompiente marina sonó como música de fondo arrullándonos. Cuando asomó el sol al despedirnos, la lobreguez de esa luz y el sonido perezoso del mar nos lastimó el alma.                                                                                                                                              Ofelia no quiero entristecerte pero cuando recibas ésta carta ya habré partido, no me pesa, será una liberación y puedo aceptarlo ahora.

Me he atrevido nombrarte heredera universal de mis bienes; y será un honor que los aceptes y disfrutes como te plazca y algo de dinero para que viajes donde quieras. Y…¿por qué no? Cuando vuelvas a la playa, a nuestra playa, allí nos encontremos…            

No debo dramatizar ni ponerme trágico, pero mi albacea te informará los pasos a seguir.                                                                                                                            Querida Ofelia, sin despedidas, tuyo para siempre. Martín.

Se miraron conmovidos.  Él, cruzado de brazos, un nudo en la garganta le impedía hacer comentarios. Ella, con el papel entre sus manos y sus ojos enrojecidos por el llanto contenido, como si le exigiera respuestas, que continúe hablando, saber más. Pero la carta amarillenta por el paso del tiempo trasuntaba soledad muda, sin respuestas.

Susana la había encontrado entre los objetos atesorados por la madre, quien había preferido ignorar el contenido conservándola cerrada por propia decisión. Con el propósito de tenerla entre sus manos e imaginar las palabras deslizarse amorosas sobre el papel. Fue suficiente para ella. Siguieron buscando entre la pila de cartas atesoradas, prolijamente atadas con una cinta rosa. Releídas tantas veces por Ofelia y salpicadas por alguna lágrima que renacía del pasado intensamente vívido.

En el fondo del arcón entre viejas fotos monocromáticas, había un sugestivo sobre marrón dirigido también a la madre, cerrado y lacrado con el sello intacto. El membrete anunciaba en grandes letras el nombre de una agencia de seguros. La nota en su interior indicaba los requisitos para acceder a la póliza legada a Ofelia Estigarribia por quién en vida fuera Martín Cornejo.

 Marcelo viró de la tristeza a la indignación:

— ¿Pero che…la vieja no pensó en nosotros? 

Susana, sin contestarle, lo traspasó con la mirada, pero no muy convencida le respondió:

— Debemos respetar la voluntad de mamá.

 Como si dejaran algo inconcluso, las dos cartas fueron a parar al rincón de un cajón del escritorio y los hermanos se despidieron.

Para Susana la madre volvía a vivir; se presentaba con fuerza como la persona extraordinaria que había sido, que los había criado y, el esmero dedicado al padre hasta los últimos momentos de su vida.                                     Había amado y fue amada intensamente. Eso lo descubría ahora. Y ese sentimiento profundo inspirado por su madre, la inundaba de una increíble paz. Pero la curiosidad urgía conocer la identidad de ese tal Martín, quién había sido, si tenía familia, saber todo sobre él. El secreto guardado con tanto celo, por esas cosas del destino, pudo vencer el paso del tiempo y ahora volvía vibrando pleno de vida.

Pasado un tiempo se propuso investigar. Primero fue a la escribanía donde había hecho el testamento y después a la aseguradora. En la primera la recibieron con una sonrisa y cuando intentó saber más de Martín Cornejo, un rotundo ¡No! Fue la respuesta.

En la agencia de seguros se dio a conocer, pidió hablar con el gerente. Éste al verla montó en cólera:

 —Señora, días pasados vino su hermano y le expliqué lo mismo que voy a repetirle: La póliza no la puede cobrar nadie que no haya sido la beneficiaria directa ¿me escuchó bien? ¡Nadie! 

 El gerente, sordo a las explicaciones exigidas por Susana, sin mirarla dio un portazo desapareciendo de su vista.

 Roja de furia, una lágrima avergonzada resbaló por sus mejillas. Las cartas quemaban en sus manos como una inexcusable culpa.                             Al llegar a casa, se sentó frente a donde la madre guardaba sus tesoros, como si fuera un santuario. Delicadamente cerró los sobres atándolos con la vieja cinta rosa y los depositó en el fondo del arcón.

Quién fue Martín nuca lo supieron. Así debía ser.

                                           Héctor Scaglione                                

                                                                                                                                          

                                                                                  

                                                                               

 

 

 

 

  

 

 

 

Posteado por: Scaglione Héctor Edgardo | Octubre 6, 2008

Viejo Teutón

Vestía un gabán mustio con el cuello levantado y una gorra descolorida cubría su cabello blanco. La pipa mordisqueada parecía formar parte del rostro anguloso,  gastado, de profundas arrugas. No obstante, la hosquedad del gesto no se condecía con su mirada azul. Con pasos cansinos buscó un lugar a la vera del lago, dando la impresión de ser un solitario, de esa soledad que no busca ni desea compañía, y armó parsimoniosamente su caña de pescar, como si fuera un ritual o una rutina.
Por su edad y actitud esquiva, consideré que podría haber sido uno de los actores que participara en la segunda guerra mundial.
En ese atardecer de octubre del `76, en Hamburgo a orillas del lago Alster, la paz circundante parecía no existir para él, que tal vez habría perdido todo, hasta su  Fhűrer que no pudo cumplir promesas de mil años de felicidad. La muerte del 
personaje y después la derrota de su querida patria, eran estigmas que cargaba sobre sus espaldas y la guerra continuaría para él.
Quise inmortalizar ese perfil curtido, con pasado, y al leer ese rostro grabado a  fuego, tenía la sensación de que lo había visto todo y vivido lo peor. Para lograr el ángulo apropiado y garantizar el éxito, me acerqué a él con disimulo para no desaprovechar la mínima oportunidad. Puse cara de nada para alejarlo de mi atención, y demostré  interés en las pequeñas embarcaciones que navegaban en el espejo de agua. De esta forma logré quedar muy cerca. Si el viejo llegaba a descubrir la cámara adivinaría mis  intenciones y no habría imagen. Cuando consideré el momento ideal giré 180 grados, y apoyando mi cintura sobre la baranda que daba al agua, eché el cuerpo hacia atrás   todo lo que pude hasta casi perder el equilibrio. El viejo me miró como pensando, otro loco que se quiere suicidar. Me pareció más humano y hasta pensé que podría charlar con él, pero siguió en lo suyo sin ganas de entablar conversación y mantuvo su mirada perdida en la boyita esperando el pique. Sin dudar apunté el objetivo y oprimí el  disparador de mi vieja “Pentax” un disonante clic-clac en medio del silencio apacible de ese atardecer sonó como el disparo de un fusil. El viejo dio un respingo, giró su pesado cuerpo en mi dirección y en acto reflejo, condicionado por su probable pasado bélico, enarboló una de sus cañas para golpearme. Gracias a mi juventud, rápidamente, tomé distancia del bambú que zumbaba muy cercano a mi cabeza. Mientras me alejaba, seguí disparando el obturador hasta que el ruido ya no se escuchaba, ni siquiera tuvo importancia. Algún especialista podrá opinar que la obra carece de valor artístico o tal vez documental. Para mí es historia, y ahora tengo la misma edad que tendría el viejo teutón cuando le robé la foto.
                                                                            º
Pasaron los años. Al retrato desleído por el tiempo lo exhibía en mi biblioteca, no con orgullo, sí como una especie de trofeo. Era llamativo el gesto de enojo que mostró en el momento de inmortalizar la imagen. Estaba observándolo en detalle frente al lugar donde escribía el relato de la historia. Al llegar al final noté un cambio en la imagen, se veía diferente. De los pocos instantes en que el teutón enfrentó mi cámara para inmortalizarse,  y tal cual lo recordaba, ahora parecía más joven. Con el retrato en mis manos, fijé la vista para memorizar aquel instante, y sentí un escalofrío: el viejo papel con la figura impresa cambiaba el color, del esfumado viejo a un brillante intenso. Se rejuvenecía y mostraba una dinámica de imágenes. Ahora era un joven soldado de la Whermacht luciendo con soberbia su uniforme de oficial, y daba vibrantes voces de mando, que eran acatadas ciegamente por sus subalternos. Inflado de orgullo patrio, se lo veía formando parte del selecto grupo de las juventudes hitlerianas. Parecía sentirse uno de los elegidos y ser número de un ejército de invencibles. Pero la guerra se extendía en el tiempo y los ‘invencibles’ comenzaban a bajar su moral de lucha. El estrés producía estragos en las tropas que combatían en los frentes, y el triunfo apetecido se constituía inalcanzable. Después, como saliendo de una nebulosa apareció con un casco de combate; había dejado de ser el gallardo soldado. Dio un giro completo buscando enemigos. Ante mi sorpresa, me apuntó con su viejo Máuser. Instintivamente me eché hacia atrás, y en el momento que estallaba el disparo, el portarretratos escapó de mis manos y se estrelló contra el suelo. No sentí dolor, tampoco al palparme encontré herida alguna. Al levantarlo, a través de las astillas del vidrio roto se veía al oficial enterrado en la nieve hasta las rodillas ahora era un desesperado que luchaba por sobrevivir, estaba demacrado y parecía una fiera acorralada al ver morir a su gente presa del frío y de los francotiradores rusos. Era el asedio a Moscú, principio del fin de la aventura militar.
¿Estaría perdiendo la razón? Deposité el retrato sobre el escritorio y traté de no mirarlo, fijé mi atención en otras cosas. Obsesionado, antes de salir no pude dejar de dirigirle una mirada con disimulo. Me tranquilizó no encontrar nada extraño. Esa noche soñé raro, como si también hubiese participado de la guerra. La sensación de inseguridad se borró al abrir los ojos y acomodarme a la realidad, todo volvía a estar bien. Dejé pasar unos días mientras me dedicaba a otra historia. Pero fue imposible no podía escribir nada, el síndrome de la página en blanco me deprimía. Pensé darle un corte y volví a mirar el retrato con detenimiento, entonces la foto comenzó a vibrar en mis manos, tenía vida. La guerra parecía haber terminado y el teutón inerme intentó inspirar misericordia. Tenía el pelo rubio prematuramente encanecido, su figura desgarbada y falto de higiene. Movía la boca y hacía señas buscando mi atención para comunicarse. Al acercar el retrato a mis oídos su acento no era de Hamburgo tal vez de Bremen, ambas ciudades formaban parte de la liga hanseática de comercio, junto a los países escandinavos del Mar del Norte. Gente buena y de trabajo esforzado, relacionados con la actividad marítima y comercial.
Recordaba que antes de acabar la guerra, el acoso a los judíos por parte de los alemanes, se había extendido dentro de sus FF.AA. llegando hasta a algunos de los miembros más encumbrados del partido Nazi para descubrir nidos de traidores. Rastreaban las genealogías hasta la tercera o cuarta generación. Eran los últimos estertores del régimen y cautivos de una delirante manía persecutoria apartaban a los ‘contaminados’ los enviaban a campos de concentración o directamente los eliminaban ante la imposibilidad física de mantenerlos.
                                                                             º
Con mi rudimentario alemán mechado con inglés básico, pudimos entendernos.
    -¡Usted me robó la foto por eso le disparé! -dijo cortante, casi a los gritos.
    -Nunca creí que pudiera interesarle tanto, además fue una travesura de muchacho.
    -¡Usted tuvo miedo y escapó cuando lo iba a atacar! 
Me hablaba irritado y con los puños crispados.
     -Si escapé es porque no quise golpearlo, yo era más joven y usted podía tener razón -le contesté.
Sentí un rechazo visceral hacia el personaje y lo que de él emanaba, su voz cortante sonaba cascada, de ultratumba. A mi pesar siguió el extraño dialogo. La curiosidad me empujaba a mantener la conversación y ver hasta dónde podíamos llegar.
      -¡Tomó la foto sin mi consentimiento!…Y si pudo escapar es porque se lo permití
-insistió con rencor.
Parecía querer traspasar el tiempo, con sus manos se tomó fuerte del marco roto e hizo un esfuerzo titánico por saltar donde yo estaba. Pude respirar tranquilo, la imposibilidad física logró disuadirlo y continuó:
       -Voy a comunicarle un secreto de Estado y no olvide que, por haberme robado la imagen, usted me debe un servicio.
Me dio una orden tajante de neto corte militar:
        -¡Usted será mi vocero!
El asombro que me causaba no impedía que siguiera escuchando, y le dije, por decirle algo:
       -Ustedes perdieron la guerra y todavía son un país ocupado por los aliados.
       -La guerra nunca terminó, quedó inconclusa.
       -No sea delirante, por favor -el diálogo de locos me impacientaba
A continuación, clara y pausadamente me dijo:
      -Usted deberá correr la voz, que todo el mundo se entere.
Parecía taladrarme con los ojos y, con un grito destemplado:
      -¡El Fhűrer no ha muerrrto!
Semejante confesión me dejó sin habla. Con un ademán de rechazo alejé la foto. Ahora el teutón gesticulaba impotente. Su extrema delgadez le acentuaba una mirada patética que parecía emanar desde cuencas vacías, irreales y fantasmagóricas. Las palabras ya no me llegaban, ni quería escucharlas.
Su figura se recortaba contra un cielo ennegrecido por los incendios. Las aguas sucias del lago y la ciudad tapada de escombros a sus espaldas, acentuaban su patetismo.
Tratando de encontrar la forma de romper esa especie de hechizo, deposité la foto en la parte más alta donde están los libros que no leo ni consulto. Pensaba deshacerme de ella más tarde, quemarla fuera de casa y arrojar sus cenizas lejos, no sé, desaparecerla en el olvido. Me sobresaltó ver pasar una sombra por la puerta del living, y quedé erizado a la espera de lo que fuera a suceder. Respiré aliviado al ver a mi hijo mayor que recién llegaba de la calle. Al notarme raro, como atacado por extraña enfermedad, me preguntó:
     -¿Te sentís bien? ¡Estás transpirando!
    -Perfecto, estoy bien ¿por…?
Él, mirándome inquisitivo, no respondió.
     -Estuve caminando, recién llego -le mentí.
     -¿Le notas algo extraño a la foto del alemán? -me animé a preguntarle.
-No, lo de siempre, el viejo amargado que te amenaza con una caña de pescar ¿Hay algo que yo no veo, además del vidrio roto?
Sin contestarle tomé de nuevo el retrato entre mis manos, vi que estaba igual que siempre. Le quité el armazón inútil y lo devolví a la pila de fotos viejas. Pero la curiosidad no me iba a abandonar con tanta facilidad y, estaba plenamente convencido de que no la iba a destruir.
Nuevamente solo me dejé llevar a lo desconocido por la fascinación que parecía poseerme. El contacto visual producía un efecto invocador en la foto, y el teutón comenzaba a moverse urgido por continuar hablando. La imagen emanaba una fuerza irresistible e intentaba poseer mi voluntad, fundirse en mi cuerpo para vivir en la dimensión real. Temí convertirme en su esclavo y no poder escapar. A pesar de intentarlo no lograba encontrar la forma de romper el hechizo. Aproveché que estaba desarmado y no podría dispararme, lo vi permeable, tal vez accesible. Con sarcasmo fingiendo el mayor de los cinismos y para romper el juego, sorprenderlo, le hice una pregunta a ‘boca de jarro’:
        -¿Usted es judío?
Sin contestar se descubrió el brazo derecho para mostrarme su identificación tatuada en un número de cinco cifras. Pareció aliviarse quedó en paz conmigo yo con él. La imagen se desdibujó. Tornó a aparecer el viejo congelado en el tiempo. No volvió a manifestarse.

Mención de Honor “Juninpais 2008″
                                                             Héctor Scaglione

Posteado por: Scaglione Héctor Edgardo | Septiembre 28, 2008

La tormenta

Había zarpado del puerto de Mar del Plata un 12 de abril de 1990, en el pesquero
de altura “Joluma”, rumbo al encuentro de los cardúmenes de merluza situados a diez horas
de navegación. A esta distancia por las noches, se percibía el resplandor de las luces de
la ciudad y a los tripulantes nos quedaba la sensación de cercanía de nuestros seres
queridos, nuestro hogar.
El informe meteorológico a los navegantes, daba aviso de temporal, pero mientras las autoridades no tomaran la medida precautoria de cerrar el puerto, los buques de altura continuaban haciéndose a la mar.

Al iniciar la jornada de trabajo a la mañana siguiente, el barómetro había bajado líneas en forma pronunciada; una calma chicha absoluta y otras señales del fenómeno climático que se avecinaba. El horizonte no podía distinguirse, el cielo confundido con el mar igualaban sus tonalidades. El océano semejaba un espejo y Los barcos que alcanzaban a observarse en la zona, parecían suspendidos, flotando en el espacio en impresionante ilusión óptica. El cielo fulguraba en relámpagos y el olor a ozono descendía nítido desde la alta atmósfera, presagiando la dureza climática que se cernía.
El capitán pegado a la radio escuchando los partes meteorológicos, emitidos por “Costera Mar del Plata” en forma continua. Ya habían cerrado el puerto cuando los vientos huracanados comenzaron.

De común acuerdo los capitanes decidieron suspender las tareas de pesca, sacar del agua las artes de pesca y estibarlas. Preparando a los buques “a son de mar” amarrar objetos sueltos y clausurar herméticamente todas las aberturas al exterior, portas y escotillas. Los buques comenzaron a tomar distancia rápidamente para evitar el peligro de colisionar entre sí y ponerse a la capa.

Todos pensábamos que sería una tormenta pasajera con vientos locales de corta duración, estábamos en pleno mes de abril y no se daban fenómenos de esta naturaleza. Razón por la cuál, dos de las embarcaciones de menor porte; el “Angelito” y el “Amapola” que estaban en la zona no dieron demasiada importancia al fenómeno en ciernes, y sus capitanes optaron por quedarse y resistir, para no perder la cercanía de los cardúmenes cuando se aplaque la tormenta.
El comienzo de los vientos fue repentino desplegando fuerza rápidamente. En un par de horas generaron olas de más de diez metros de altura, que al romper, sobrepasaban las superestructuras de los buques golpeándolos con violencia.
Los tripulantes libres de guardia se refugiaban en sus camarotes acomodándose trabajosamente en las literas para no salir despedidos, otros (los menos) prefirieron quedarse en el puente de mando para ver el comportamiento del mar y sentirse acompañados.
Ya nadie pensaba que la tormenta fuera a ser de corta duración, y con el correr de las horas empeoraba hasta un punto en que el piloto automático no podía mantener el rumbo y hubo que gobernar manualmente, el capitán decidió para tal fin, organizar guardias de timonel entre la marinería.
Anochecía rápidamente y el panorama se mostraba lúgubre, la oscuridad soplante era boca de lobo, que amedrentaba al marino más veterano. Las montañas líquidas amenazaban con sepultar la nave y las olas rompían en un tumulto de espuma sobre la cubierta y los costados del buque, provocando un ruido atronador. Las toneladas de agua embarcadas barrían la cubierta y escapaban por las bocas de tormenta, sabiamente instaladas. En cada arremetida de mar, el buque tremaba y quedaba sumergido, pero afloraba triunfalmente, demostrando sus cualidades marineras.
Con cada bandazo rogábamos que los parabrisas del puente siguieran intactos, y no se produjesen daños en algún punto vital que pudiera comprometer aún más nuestra relativa seguridad.
El tiempo pasaba y las olas eran cada vez mayores, ya de quince metros. En estas circunstancias los marineros que empuñaban la rueda de timón comenzaron a bajar los brazos y declararse incapaces de continuar (muchos de ellos, faltos de índole marinera tal vez por deformación del oficio de pescador) no era el momento para cuestionar esta falencia y en una reunión de oficiales, el capitán, jefe de máquinas y el primer oficial decidimos timonear por turnos de dos horas para poder mantenernos a la capa. Estábamos completamente solos en nuestros turnos, aferrados a la rueda de cabillas, con la vista clavada en el girocompás y la pantalla del radar; ésta última totalmente inútil, los falsos ecos que producía hacía imposible detectar obstáculos o a otro buque, teníamos solo la posición geográfica que nos brindaba el GPS.
Las comunicaciones con otras embarcaciones, las hacíamos por VHF, sin soltar la rueda de timón y con el micrófono a la altura de la mano. Dar unos pasos en esas condiciones equivalía a hacer una caminata lunar o terminar estampado contra un mamparo, perder el sentido y dejar el buque sin gobierno.
El huracán generaba olas de más de veinte metros y el viento superaba los 200 kms. por hora. Resonaban en los cables de la arboladura, mástiles y antenas de radio. Era un lamento enervante que taladraba los oídos y el chiflete helado se filtraba por todos los resquicios de la estructura, haciéndonos tiritar de frío.
El barco trepaba las gigantescas olas como si escalara montañas, una vez en la cúspide, quedaba suspendido. De pronto volaba, la proa y la popa asomaban al vacío. La hélice giraba enloquecida fuera del agua. Luego, en vertiginoso descenso por el tobogán fantástico orlado de espuma, se deslizaba hasta el fondo del seno donde impactaba en tremendo choque contra la masa líquida, el estruendo hacía retemblar el casco, que descomponía el agua del mar en millares de gotas que se desparramaban por efecto del viento y golpeaban el frente del puente como perdigones disparados por un arma descomunal. El ciclo se repetía sin solución de continuidad. Mareo y vértigo eran nuestros amos y señores, pero tercamente nos aferrábamos a la rueda de cabillas, sabiendo que de esa acción dependía la vida de todos, no queríamos pensar que cada golpe de mar podía ser el último y sobrevendría el desastre.
La vista panorámica desde el puente, mostraba un cuadro dantesco; crestas fosforescentes que desprendían espuma de sus penachos por el soplido infernal, y las incorporaba a la atmósfera saturada de agua en suspensión que dificultaba la poca visión que teníamos.
A nuestro pesar, era un paisaje de rara belleza con efecto narcótico que serenaba los espíritus y nos convertía en espectadores privilegiados de primera fila, más aún cuando percibíamos que la embarcación se comportaba en forma más deseada que previsible.
En el interior del buque, se sentían los efectos del vendaval. Rolidos y cabeceos hacían volar objetos mal amarrados que se convertían en armas peligrosas y podían provocar cortaduras o golpes violentos. Los oficiales con nuestra formación en primeros auxilios, debíamos suturar o entablillar. Después de bastante experiencia acumulada, no nos salía tan mal y los pacientes agradecidos.
La solidaridad brotaba siempre entre los hombres de mar como una necesidad intangible, la mano amiga del compañero extendida para curar o consolar.
En nuestro buque, también nuestro universo, solos de toda soledad, como una hoja al viento, donde la tecnología puesta al servicio del hombre como herramienta, servía de muy poco, sometida a la prueba límite y los que teníamos la responsabilidad de mantener la nave a flote, debíamos jugarla como una partida de ajedrez, estar muy serenos y no cometer errores.
Las tripulaciones de los demás buques estaban en idénticas condiciones, con los efectos del “mal de mar” y la sensación de tragedia que se cernía sobre todos.
Yo, como tantos, estaba decidido a pelear hasta el último esfuerzo, era la premisa. Nuestras familias en tierra también luchaban, pero con oraciones, para vernos regresar sanos y salvos.
En lo peor de la tormenta la radio salió de su letargo con los primeros pedidos de auxilio. Eran ocho los buques con problemas en máquinas, que al embarcar agua por las chimeneas, hacían detener los motores y su estabilidad se comprometía al no poder mantener el rumbo y quedar atravesados peligrosamente a merced de las olas, la situación de estas embarcaciones se tornaba delicada.
Ningún buque estaba en condiciones de prestar ayuda a otro. Todos en pugna, no teníamos otra disponibilidad.
El “Amapola” embarcaba agua en forma peligrosa y su capitán comenzó emitir pedidos de auxilio. Estaba sin máquinas ni energía eléctrica… Se hundía.
El capitán del “Angelito” (del mismo porte) decidió adoptar una actitud heroica; -ayudar al hermano en desgracia- y optó por intentar tomarlo a remolque, maniobra que implicaba enormes riesgos.
Al aproximarse las dos naves, quedaban una en la cúspide y la otra el seno de la ola. Subían o bajaban en movimientos constantes e imprevisibles, fuera de control, hasta que las dos naves se tocaron accidentalmente, provocando un rumbo en la obra viva del “Amapola” su situación empeoraba.
Después de varios peligrosos intentos, alcanzaron a pasarle el cable de acero para remolcarlos, logro de una verdadera hazaña. Todos seguimos los detalles de estas maniobras a través de las radios, alentándolos para que la suerte los ayude y pudieran lograr lo imposible.
A los pocos minutos los del “Amapola” no pudieron controlar la inundación y comenzó a hundirse. El cable de acero del remolque se tensaba sobre las cornamusas a las que estaba amarrado, apretándose cada vez más por efecto de la tensión extrema.
Del “Angelito” trataron de cortarlo con los elementos que tenían, pero no les alcanzó el tiempo. El gran peso del buque siniestrado, en camino al fondo marino, unido firmemente al que le había tendido la mano amiga… se hundía también entre las olas tumultuosas.
Después de una eternidad, la gran tensión y el grito desgarrador del último instante; siguió un prolongado silencio. Las radios enmudecieron, nadie osaba hablar ni podía salir del estupor. Mutismo general, elevado y ofrecido como Responso a los que partieron rumbo a las profundidades envueltos en las olas, y el soplar del viento como música de fondo a manera de saludo respetuoso, ya no estaban. Su partida dejaba un vacío indescriptible.
Conocíamos a los tripulantes. Eran todos hijos de familias marplatenses que vivían en el puerto, muchos amigos, la mayoría padres de familia o novios a punto de casarse, procedían de la banquina chica, hombres de chacotear con todo el mundo, de hablar a los gritos, de hacer bromas, de risa fácil.
A los que continuábamos en la lucha por mantenernos a flote, aunque secos y a resguardo, un sentimiento de culpa nos atenaceaba el pecho. Seguíamos vivos y con la impotencia de no haber podido ayudarlos; solo manteníamos la esperanza que el temporal bajara su fuerza y que pudieran haber alcanzado a abordar las balsas salvavidas. Los que no, seguro habrían tenido una muerte rápida y misericordiosa.
El viento furioso, siguió bramando como si el Hacedor quisiera demostrarnos quién mandaba y que él podía hacer su voluntad con todas las criaturas. Nos dejaba un gusto amargo y la pregunta sin respuesta: ¿Dios es omnipotente, justo o compasivo?
Al término de mi turno de guardia antes de retirarme a descansar, quise hacer un repaso del buque para inspeccionar los compartimientos. Comenzando por el extremo de popa. Al llegar a la zona del cuarto de maquinaria del timón; me costaba trabajo abrir la porta estanca, presagio que me encontraría con una sorpresa desagradable. Al lograrlo, lo confirmó la catarata de agua que estalló con fuerza sobre mí e hizo que cayera y fuera rebotando contra los mamparos del pasillo. Me incorporé como pude, sobreponiéndome de golpes y cortaduras, mientras el agua helada se escurría entre mis ropas y tomándome de lo que tenía a mano para restaurar el equilibrio, acudí a buscar ayuda entre la marinería.
-¡Muchachos, tenemos un compartimiento inundado! levántense a ayudar…Por favor…
Nada ni siquiera se movieron. Victimas de desazón y del mal de mar, muchos con los ojos enrojecidos por el llanto contenido a duras penas. Estaban en un sopor, shockeados por la reciente desgracia, tumbados y vestidos en sus literas, alguno con el chaleco salvavidas colocado, parecía no importarles que el buque siguiera a flote o no.
-¡Levántense carajo, maricones de mierda! -me enfurecí para movilizarlos y darme ánimos.
Los hombres curtidos por las penosas tareas de la intemperie, se fueron levantando para incorporarse a un pasamanos de baldes y poder achicar el compartimiento inundado. Lo que al principio comenzó con un poco de vergüenza y miradas torvas, de soslayo, culminó con un abrazo solidario. A más de uno se nos escapó una lágrima silenciosa, sin pudor o en la soledad de los camarotes.
Amaneció y la tormenta comenzó lentamente a ceder. Quedaba la resaca y el mar de fondo que se fue serenando cerca del mediodía. Dejábamos atrás la noche más larga y triste de mi vida.
Todas las embarcaciones nos abocamos a las tareas de búsqueda de náufragos, sumándose buques patrulleros y aviones de La Armada y Prefectura. Al paso de las horas se perdieron las esperanzas de encontrar sobrevivientes. Solo aparecieron las balsas, unas bien armadas y sin ocupantes, otras, no alcanzaron a inflarse, algunos chalecos salvavidas y otros despojos, pero ningún cuerpo.
Otra vez el puerto de Mar del Plata amaneció de luto, y siguió por muchos días. Los familiares de los náufragos se resistían a aceptar el fin de la búsqueda y deambulaban lastimosamente por los muelles en busca de alguna esperanza, que alguien les diera una explicación y ellos poder entenderla. Solo obtuvieron miradas de conmiseración y un nudo en la garganta como muda respuesta.
Están ahí, el desmesurado Atlántico los cobija, a pocas horas de navegación de Mar del Plata. Quedaron para siempre en el inmenso sepulcro marino -¿Solos?-…¡No!…Acompañados por el ulular del viento y el recuerdo respetuoso de los que los conocimos… En el corazón de sus familias y en la memoria colectiva de nuestra querida ciudad.

                Héctor Edgardo Scaglione

 

Posteado por: Scaglione Héctor Edgardo | Noviembre 3, 2007

MARCELINA DE CIRIZA

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             “El barco fantasma” Se le ocurrió salir a navegar solo, ayudado tal vez por los viejos duendes del mar.

Posteado por: Scaglione Héctor Edgardo | Junio 30, 2007

BARCO FANTASMA Autor: Héctor Scaglione

Desde la rotonda de Constitución y el boulevard Marítimo, un poco más allá de la rompiente de la playa, podían  verse todavía los restos oxidados de un buque que había encallado años atrás. Lo que quedaba del viejo casco, carcomido, apocado por la acción implacable del mar, prolongado en el tiempo y que había completado su trabajo de destrucción;  desintegrándolo…hasta  hacerlo desaparecer.Al principio, cuando estaba entero era una atracción para turistas y marplatenses, que concurrían  masivamente para ver cómo el oleaje al chocar contra el casco, provocaba surtidores de agua que salían con fuerza por sus grietas. El mar ganaba, lento pero seguro, royendo y agrandando los boquetes, para intentar expulsarlo como si fuera un intruso y la mole de hierros corroídos se reducía a ojos vista. Nadie pensaba que ese buque  tenía una historia como todos los viejos barcos que ya no navegan. Había surcado gallardamente los mares del mundo  con los tripulantes laborando en sus entrañas como parte de su vida y  razón de ser;  herramienta de trabajo y también hogar, vibraba en existencia plena que excedía lo inanimado, tenía espíritu. Había sido interdicto por la Justicia, once años atrás, amarrado en el puerto de Mar del Plata y en custodia. Al principio fue cuidado y atendido por personal especializado, con el mantenimiento al día y alistado para zarpar. Pero los años pasaron, la empresa quebró y en el abandono comenzó a ser saqueado sistemáticamente; todos se llevaban algún recuerdo o algo para vender. Quien más quien menos, habíamos pisado sus cubiertas o navegado en él y lo contemplábamos con un dejo de bronca y mucha pena.Al pobre le faltaba todo pero flotaba, como si recordara su antigua gallardía… no se entregaba… no quería pertenecer al cementerio de buques de la escollera sur, donde  había sido confinado. “Marcelina de Ciriza” se llamaba y había sido construido en un astillero alemán, como buque pesquero factoría. Fue robusto y marinero como pocos, de probadas cualidades en el mar Cantábrico o en el Cabo de Buena Esperanza donde había navegado, notables por su temperamento borrascoso. Un  19 de junio de 1991, azotó a Mar del Plata la cola de un huracán que produjo cuatro muertos y decenas de heridos, muchos techos volados y casas precarias destruidas.Esa noche al “Marcelina de Ciriza” se lo veía más imponente que nunca, removiéndose inquieto entre los demás buques confinados. Cuando arreciaba el temporal… cortó amarras… libre al fin, enfiló en dirección al antepuerto, pasó por la embocadura de la estación marítima, y ya en el canal navegó frente a la ciudad, recorriendo su franja costera, sin sufrir varadura alguna y a la altura de Cabo Corrientes, donde el canal apunta al mar abierto, él prefirió continuar recorriendo la costa y  demostrar a los que habitábamos la ciudad y a los que por nuestra profesión conocíamos del tema, que él aún era capaz de domar tormentas y, a modo de homenaje, navegó su última singladura con la dignidad de los grandes. Esa noche nadie salió de sus casas, la ciudad era una boca de lobos, los vientos rugientes y las calles a oscuras por los apagones. Alguien desde un auto, vio a través de la bruma y la lobreguez  de esa noche de locos, el desplazamiento de un buque a oscuras. Creyó ver personas en cubierta y algo así… como una luz que titilaba, producida tal vez por el reflejo de las luces de los coches, sobre los vidrios de los ojos de buey que se habían salvado de la rapiña. Este testigo llamó a las radios para que certificaran la novedad.A la mañana siguiente, las noticias de los medios  periodísticos, sorprendieron a los marplatenses con la historia del barco fantasma que se podía contemplar a través de la resaca que había dejado el temporal, y con el viento  helado del sur  que seguía soplando.Nunca se pudo dar una explicación racional de lo ocurrido, todas fueron hipótesis que rondaban entre lo escueto del informe periodístico o el más volado y descabellado de algún comentarista.El barco detuvo su marcha frente a la rotonda de Constitución, al tocar fondo en un bajío cercano a la playa. Ahí quedó, murió de pié como los grandes, después de hacer su última navegación, triunfal…Solo…ayudado tal vez por los espectros que lo habitaban.Los ladridos lastimeros de un perro surgieron de la mole imponente que apuntaba con su proa a la avenida Constitución. Único testigo, que alguien, conmovido, desde una pequeña embarcación se encargó de rescatar. 

 Publicado en Editorial Martin “Sucedió en Mar del Plata” año 2005

Posteado por: Scaglione Héctor Edgardo | Marzo 20, 2007

ROSA NEGRA Autor: Héctor Scaglione

Al llegar, un camino de pétalos de rosas rojas acariciaban tus pasos. Sobre el lecho, una rosa roja fresca recién cortada, rozaba tu piel y mezclaban sus perfumes. El discurrir del tiempo no existía. Percibíamos la sucesión de soles y lunas sin orden ni concierto. En la calle, las personas pasaban a nuestro lado como anónimos viajeros, ignorantes de nuestra alucinación. Aquel atardecer de esa desapacible tarde lluviosa. Venías con tu paraguas, pero igual te detuviste al abrigo que daban las marquesinas de la vereda. Un rayo traspasó nuestras miradas y el amor invasor, flamante, absoluto, sin réplica, se hizo presente. Formábamos parte de un todo como piezas que se ensamblan. En tu mirar asombrado estaban todos los interrogantes sin respuesta, que la sabiduría del amor encontraría. Una tarde destemplada y también lluviosa, como un presagio, te fuiste llevándote la magia. Tu ausencia dejó un vacío irremediable, impertinente y frío que invadió nuestro refugio. El fuego, sofocado se apagó ¿Traición? ¿Indiferencia? Hoy una rosa negra cotidiana ocupa tu lugar. Otro volvió a poner rosas rojas en tu lecho y a reinventar el amor en tus oídos, en tu piel. Aunque puedo percibir esa lágrima clandestina que escondes tras una cortina de cabellos. Sonríes fingida para evitar preguntas. Sobre la forma impresa  que dejó tu cuerpo; esperándote, una a una las rosas negras se fueron marchitando entre las sábanas.  El olvido no fue posible, soy una figura borrosa que no reflejan los espejos. Deambulo en una sucesión de lunas, soles y gente sin significado. Floto libre en el espacio y, no puedo tenerte.             

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